EL ÚLTIMO RINOCERONTE BLANCO. Una antorcha que humea, pero no ilumina

Tras la muerte accidental de su único hijo Eyolf, Rita y Alfred sienten tal remordimiento que caen en la deriva de la auto destrucción. Asaltados por sentimientos de culpa reparan en algo en lo que no habían reparado antes del trágico suceso: han estado absolutamente absortos en sus veleidades y egoísmos, tanto que, quizá, se olvidaron de amar a su hijo.  Su historia es el relato del descubrimiento de esas verdades que habían dejado a un lado, esas que harán que sus demonios interiores comparezcan para torturarles o redimirles.

Esta podría ser una suerte de sinopsis de la obra «El pequeño Eyolf» de Hernrik Ibsen y sobre la que se sustenta toda la dramaturgia de la pieza El último rinoceronte blanco que escrito por José Luis Mora y dirigida por Carlota Ferrer nosotros hemos podido ver en la sala negra de los Teatros del Canal.

Acudimos a ver la pieza con las ganas de acercarnos a un Ibsen más desconocido, alejado del habitual realismo de sus obras más conocidas. En esta intervención que Mora hacía sobre el texto del escritor Noruego podríamos, eso esperábamos, hallar una poderosa imaginería: los glaciares, la muerte, la desolación de los diálogos, el más allá. Todo parecía ser posible en una de esas obras de alquimia que posee Ibsen. Además, acudíamos con ganas dado que la última pieza que habíamos mano a mano entre Mora y Ferrer (Los cuerpos perdidos) nos había convencido.

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Por desgracia, en esta ocasión, el tiro se fue muy lejos del centro de la diana. Nos recuerda, no precisamente en su lado halagüeño, a aquella película que en 2009 llevaría a Aitana Sanchez-Gijón y Tristán Ulloa a Noruega para rodar a las órdenes de Ferran Audi «The Frost»: película que también intervenía y se basaba en el sustrato Ibseniano de El pequeño Eyolf. La cinta recogió críticas nada buenas.

Tomemos, no obstante lo que hemos visto en los Teatros del Canal. Desde varios frentes. Por un lado su texto, después la dirección y por último las interpretaciones.

Firma aquí José Manuel Mora un acercamiento nada mal traído. Podríamos decir que el texto sabe apropiarse de los elementos necesarios para resultar potente, emocionante. Es un texto alambicado, estilizadísmo, cercano a lo Bergmaniano. Quizá leído, su impacto sea eficaz, mucho más que tras su paso a la escena. No nos cabe duda. Hay una intriga subterránea, un aire noir que atraviesa la propuesta. El texto tiene buena musculatura y maneras. Entendemos que su capacidad de evocación, negro sobre blanco, invita al montaje. Valoremos esa audacia: la de intervenir a Ibsen 120 años a posteriori. Pero valorémosla con cautela pues el paciente puede morir pese a que la operación salga bien.

Todo el trabajo de Mora se sostiene sobre esa palabra: intervención. No es una adaptación al uso. Es pillar el texto y cambiar algunas cosas para dotarlo de nueva savia postmodernista. (Si es que esa savia existe). Leemos que Mora intenta rebajar el presunto tono melodramático (nos ha fastidiado, el texto fu escrito hace más de 100 años). O.K. Podemos percibir su bisturí haciendo cortes finísimos y sutiles que dejen poca huella, pero la suficiente impronta como para darle una capa diferente. Todo, a priori, os parece adecuado. Bienintencionado. Pero ya se sabe, el camino al infierno está pavimentado de buenas intenciones. 

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Si, de entrada el texto no nos parece demasiado errado e incluso tiene mucho de ambicioso, ¿donde está el problema?

Para nosotros, esta vez, en una dirección propensa al caos y a lo errático. Hay momentos en esta pieza en la que no se entiende el casting y, desde luego, no se comprende el modo en que las interpretaciones quedan dirigidas, de tal forma que hacen desconectar por completo a quien asiste como espectador. Este ha sido nuestro caso. El texto merece una poderosísimo juego de concentración y, sin duda, de oficio en los intérpretes.

La dirección se pierde, aquí, en el mismo momento que el pequeño Eyolf en el fiordo y ya no regresa. Las coreografías comparecen desatinadas y no hay, apenas respiraderos a los que asomarse. No es que la intensidad de la obra nos deje sin respiración. Es, al contrario, que la gran mayor parte de lo que vemos es una larga performance monótona, quebradiza, aparatosa y tan aséptica como el suelo de un quirófano. Solo Verónica Forqué rompe un poco con buena dosis de tirantez y de postureo. Es a su interpretación y a un texto, al que no se le ha sabido sacar partido, a lo que nos agarramos.

Ni los bailes sin sentido escénico, ni las canciones en directo (afectadísima versión de Antony and The Jhonson’s  incluida a cargo de Carlos Beluga), ni una escenografía (que parece salida de una costosa imitación de una película de Carlos Vermut, niño incluido), ni un rinoceronte hinchable gigante nos redime en esta pieza. Esperamos el golpe, la embestida con la cornamenta que nos engatuse lo esperamos, como quien espera la salida de un cubo lleno de agua del fondo de un pozo. Pero nosotros nos quedamos con la boca seca.

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En las interpretaciones es Verónica Forqué quien se salva dentro de todo el repertorio. Los demás, pese a poner energía y toda su alma, se quedan muy lejos. Hay, sin duda, un sentimiento que parece encadenar la mayor parte de las interpretaciones y no es otro que el de la sobreactuación. ¿Por qué De la Purísima nos resulta excesivamente afectada por un todo dramático del que no logra desvincularse? ¿Por qué sentimos que al conjunto le faltan tablas y todo termina por presentarse antojadizo, artificioso in extremis?

Fallida escarcha emocional con cero vuelo poético. Una teatro veganizado que alcanza el zenit de la estética sin mensaje. Una antorcha que solo humea, pero no ilumina. Aunque, como diría Ibsen: «No apagues la antorcha que humea si no tienes otros fuegos que alumbren mejor».

 

EL ÚLTIMO RINOCERONTE BLANCO

PUNTUACIÓN: 2 CABALLOS Y 1 PONI

Se subirán a este caballo: Quienes busquen estética sin mensaje.

Se bajarán de este caballo: Quienes deseen un equilibrio entre palabra e interpretaciones.

***

FICHA ARTÍSTICA

Texto: José Manuel Mora. Inspirado en El pequeño Eyolf de Henrik Ibsen.

Dirección: Carlota Ferrer

Reparto: Verónica Forqué, Cristóbal Suárez, Julia De Castro, Carlos Beluga, Lucía Juárez, Alejandro Fuertes // Mateo Martínez y Emilia Lazo

Dramaturgia: José Manuel Mora y Carlota Ferrer

Ayudante de dirección: Enrique Sastre Escandón

Diseño de Iluminación: David Picazo

Diseño espacio sonoro: Sandra Vicente

Diseño de espacio escénico y vestuario: Carlota Ferrer

Ayudante de escenografía: Miguel Delgado

Ingeniería: Fernando Valero

Coreografía: Carlota Ferrer

Diseño gráfico: Luis Camafreita

Dirección Técnica Draft.inn: Josep Maria Comas

Sastrería: Eli Mora

Coordinación de producción: Gema R. Lirola

Producción Ejecutiva: Fernando Valero

Miguel S. Mota- Estudiante en Prácticas del Máster de la ESADCyL

Coproducción: Teatros del Canal, Draft.inn (Meine Seele Teatro),  PREVEE, Artífice Escénico

Distribución: Clara Pérez – info@claraperezdistribucion.com

Fotografía: Ilde Sandrín

Una crítica de Watanabe Lemans

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