SIX. Una girlband dispuesta a re-imaginar la Historia

Seis mujeres se sitúan en el escenario para cantar/contar la historia de sus vidas. Las seis tienen un nexo común: haber sido esposas del rey Enrique VIII y haber tenido distintos sinos: dos decapitadas, dos divorciadas, una enterrada y otra salvada.

Esta podría ser una suerte de sinopsis del musical «Six» que, creado por Toby Marlow y Lucy Moss, nosotros pudimos ver en el Teatro Gran Vía de Madrid.

Alguien del Grupo S Media, con buen tino, viajó a Londres y asistió a alguna de las representaciones del musical «Six» que tienen lugar en el Vaudeville Theatre, en pleno West End. Con buen criterio apostaron por traer el musical a Madrid, a uno de sus teatros y el resultado de la adaptación de los libretos, la música y todo lo que gira alrededor de este artefacto Tudor-Pop, es lo que nosotros vimos en escena hace bien poco.

No es sencillo apostar por un musical cuyas formas son muy atractivas, pero cuyo fondo puede parecer un contenido demasiado arbitrario o desfasado: la historia de las seis esposas de Enrique VIII. En España se conoce bien poco; tal vez el nombre que más acude a la cabeza, nunca peor dicho, es el de Ana Bolena, pero hasta ahí a no ser, claro, que seas un erudito en la dinastía Tudor que gobernó Inglaterra desde 1485 (Enrique VII) hasta 1603 (Isabel I).

Lo más interesante es que el contenido del musical se hace muy apetecible al estar relatado desde una perspectiva contemporánea, feminista y diremos que estilizadamente performativa que ubica a las seis reinas en el foco del escenario dispuestas a competir, en modo diva-pop, por decidir quién de ellas fue la peor tratada por Enrique VIII. Así, este musical se transforma más en una especie de talent-show con canciones donde la interacción con el público se da desde el minuto uno partiendo de un sencillo esquema: cada reina va a contarnos (cantarnos) su historia y el público deberá decidir cuál sufrió más. Y, hete aquí, lo crucial de este juego es presentarnos a las seis mujeres invisibilizadas en su relación con un poderoso hombre que las eclipsaría durante siglos. Es tan alargada la sombra de Enrique VIII sobre sus seis esposas que en las escuelas del Reino Unido se redujo a estas seis mujeres a una frase que los estudiantes escuchaban con frecuencia casi a modo de clave nemotécnica para aprender quién era cada esposa en la cronología de mujeres casadas con Enrique VIII: «divorced, beheaded, died; divorced, beheaded, survived”; o sea: «divorciada, decapitada, enterrada; divorciada, decapitada, salvada».

Detrás de cada uno de esos adjetivos reduccionistas se encuentran, en este orden: Catalina de Aragón, Ana Bolena, Jane Seymour, Ana de Cléveris, Catalina Howard y Catalina Parr.

«Six» nació en 2017 fruto de un proyecto universitario en Cambridge. Un proyecto a través del cual dos estudiantes (Toby Marlow y Lucy Moss) buscaban formas de contar la historia de las seis esposas de Enrique VIII sin caer en el academicismo solemne ni en el melodrama histórico tradicional convirtiendo a las seis reinas en seis estrellas pop y dejando que sus voces fueran escuchadas y no contadas desde la perspectiva del Rey.

El musical debutaría en el Edinburgh Fringe Festival y, pese a su presupuesto mínimo, fue un éxito que se propagó por el boca a boca que hablaría de la rareza luminosa que es. Más tarde llegaría su salto al West End londinense donde se consolidaría y donde recibiría un repertorio de entusiastas críticas en positivo.

En este musical-concierto, las diferentes reinas se invisten con diferentes vibes propios de iconos musicales contemporáneos de tal forma que, atention please: Catalina de Aragón (en escena interpretada por una fabulosa Clara Lanzani) se inspira en el R&B y el pop de diva (una Beyoncé), Ana Bolena (en escena una divertida Udara Zubillaga) en el pop británico descarado (una Lily Allen); Jane Seymour (en escena una estupenda Beatriz Santana) en las baladas poderosas (pensemos en una Adele); Ana de Cléveris (en escena una enérgica Liz Tatis) en el hip‑hop y el rap (¿Una Nicky Minaj, qué lástima como referente), Catalina Howard (en escena una pletórica Arianna Galletti) en el pop sensual y comercial (hete aquí Britney Spears) y Catalina Parr (en escena una poderosa Alba Egilo) en el pop soul y el empowerment (evocando a Ariana Grande). Todas ellas comparten el denominador común de mezclar humor, ironía, dolor y reivindicación en dosis semejantes.

Catalina de Aragón da inicio al espectáculo con una declaración de resistencia: ella fue la primera, la legítima, la que nunca cedió. Catalina era culta, hablaba varios idiomas y tenía una profunda formación religiosa. Mantuvo correspondencia con humanistas y defendió la educación de las mujeres. Su hija María heredará esa mezcla de fervor religioso y sentido de legitimidad dinástica. La imagen de Catalina en la historiografía ha oscilado entre la de esposa sufriente y la de figura política clave en la transición del reino. Hoy se la reivindica como una mujer que sostuvo el peso de un sistema patriarcal y religioso que la utilizó y la descartó, pero que nunca consiguió quebrar su sentido de dignidad.

Ana Bolena, la más mitificada de las seis, entra descaradamente punk, jugando con la idea de ser la “otra”, la que desencadenó la ruptura con Roma. Su historia es más conocida por que le cortaron la cabeza, En 1533 se casa con Enrique en secreto, y poco después se hace pública la unión. Es coronada reina en una ceremonia fastuosa, pero su gran problema es que el hijo que nace de esa unión es, agárrense, una niña: Isabel (la que sería una de las grandes monarcas de la historia inglesa, Isabel I). En 1536, en un brutal plot twist, Ana es arrestada y acusada de adulterio, incesto con su hermano George Bolena y de traición. Los cargos son, en gran medida, fabricados. Los testimonios son contradictorios, las fechas no cuadran, pero el proceso avanza. El juicio es un espectáculo político: se trata de destruir no solo a Ana, sino a su red de apoyo. Es condenada a muerte y ejecutada por decapitación con espada, un gesto “de gracia” frente al hacha habitual. (Lo de Lady Di y Camila, al lado de Ana Bolena, podría resultarnos incluso insustancial). Su decapitación es uno de los momentos más oscuros del reinado de Enrique VIII y su figura ha sido reinterpretada como símbolo de cómo el poder patriarcal puede encumbrar y destruir a una mujer en función de sus intereses. En escena, el drama se atenúa, se vuelve comedia (tragedia + tiempo, que diría Woody Allen).

Jane Seymour canta desde la vulnerabilidad y la devoción, reivindicando el amor que Enrique sí le dio. Quizá sea la parte más añoñada del espectáculo y Seymour la que «peor» nos cae conociendo su contexto: fue dama de compañía de Catalina de Aragón y luego de Ana Bolena. Su familia, los Seymour, no tenía el brillo cosmopolita de los Bolena, pero sí una habilidad notable, como trepas, para posicionarse en la corte. Jane es presentada a menudo como el contrapunto de Ana Bolena: más discreta, más sumisa, menos polémica. Aunque, entendemos que esa imagen de la pobre Seymour es, seguramente, una construcción interesada. Tras la ejecución de Ana Bolena en mayo de 1536, Enrique se casa con Jane apenas días después, aún con la cabeza de su mujer palpitante. El mensaje del patriarcado era claro: la maquinaria matrimonial no se iba a detener (Ay, las monarquías y sus fascinantes propensiones hacia la sociopatía).

La tercera, Ana de Cléveris transforma su “fracaso” matrimonial en una celebración de independencia y riqueza. Cuando Ana llega a Inglaterra en 1540, el encuentro con Enrique es un desastre. Él se queja de que no le gusta físicamente, la describe como “yegua flamenca” y afirma que no siente deseo. Enrique VIII solo conocía previamente a Ana de Cléveris por un retrato realizado por Hans Holbein y se cuenta que el retrato la mostraba más atractiva de lo que era en persona. Este retrato pintado por la casa Holbein da lugar a una de las canciones más pegadizas de toda la función («Haus of Holbein»), aunque en general todo el libreto y las canciones que se desgranan en el musical lo son. Enrique VIII no mantendría mucho tiempo su matrimonio con Ana de Cléveris (el típico: me has mentido con la foto de perfil, pero versión Siglo XVI). Ana, lejos de resistirse como Catalina, aceptaría la anulación con pragmatismo pues, aquí viene lo bueno, a cambio recibiría una compensación enorme: casas, rentas o el título de “hermana del rey”. Así, de Cléveris se instalaría en una posición singular: no es reina, pero vive con un estatus alto, independencia económica y cierta libertad. Digamos que, en cierto sentido, es la única esposa que sale ganando del vínculo con Enrique VIII.

La quinta esposa sería Catalina Howard. Ella convierte su historia (tradicionalmente leída como un relato de frivolidad y escándalo) en una narrativa donde aflorarán el abuso, la explotación y la violencia sexual (hashtag #MeToo). Llega a palacio como dama de compañía de Ana de Cléveris y el cuarentón Enrique VIII se siente atraído por la jovencita Howard (probablemente adolescente). Se casan en 1540, poco después de la anulación con Ana de Cléveris. La corte celebra la unión como un renacimiento del rey, pero la realidad es más oscura. Catalina es presentada como frívola, sensual, irresponsable. Sin embargo, si se mira su biografía con perspectiva contemporánea, se ve una chica que ha sido sexualizada y utilizada desde muy joven por hombres con poder. Durante su breve matrimonio, mantiene o retoma relaciones con Dereham y, según las acusaciones, con Thomas Culpeper. Cuando estas relaciones salen a la luz, la reacción es brutal: se la acusa de adulterio y traición. En 1542, adivinen, es ejecutada en la Torre de Londres (segunda mujer decapitada de las cinco esposas que ha tenido ya el despiadado Enrique). El caso de Catalina Howard ha sido históricamente presentado como ejemplo de “moralidad femenina desviada”, pero debemos señalar que son más las voces acreditadas que destacan cómo invisibilizó la violencia estructural que rodeó a la joven. Historiadores recientes han insistido en que Catalina no puede entenderse solo como “adúltera”, sino como víctima de un sistema que la colocó en situaciones de vulnerabilidad extrema.

La última esposa, Catalina Parr, aportará la voz intelectual y política: la mujer que sobrevivió porque supo pensar, negociar y escribir (y esto fue lo que la salvó). Cuando se casa con Enrique en 1543, el rey está ya envejecido, enfermo y marcado por décadas de conflictos. Catalina no entra en la corte como joven objeto de deseo, sino como compañera, cuidadora y figura política. Tiene una relación compleja con la religión: simpatiza con el reformismo, pero vive en un entorno donde las acusaciones de herejía pueden ser letales. En un momento dado, se prepara un caso contra ella por sus ideas religiosas, pero consigue reconducir la situación, argumentando que sus debates con el rey eran para estimular su mente y no para contradecirle. Es un ejemplo de cómo una mujer inteligente debe modular su discurso para sobrevivir.

En escena el musical/concierto avanza en modo competición entre las seis mujeres hasta un cierre final en el que tal competición se revela absurda. ¿Por qué decidir quién “perdió o sufrió más” cuando todas fueron moldeadas, usadas o destruidas por la misma maquinaria del poder? El final conduce al rechazo de esta narrativa de competición y las seis reescriben sus historias unidas, empoderadas, sabedoras de que han tenido que luchar contra el mismo Leviatán.

El espectáculo es conciso, breve, está repleto de ritmo, de buen humor, de mordacidad y podemos afirmar que debería ser un must en la cartelera madrileña porque todo funciona, entretiene, es contagioso, pegadizo, tiene furia, energía, un corazón pop latiendo hasta el último momento y un broche final de cierre festivo a modo de celebración sin depender de escenografías monumentales, ni de grandes efectos y sosteniéndose en la fuerza de un excelente casting/elenco en español, música en directo a cargo de cuatro mujeres y en la originalidad de las canciones con las que cualquier espectador/a conectará seguro.

Nosotros les decimos: háganse ya con una entrada. He aquí una girlband dispuesta a re-imaginar la Historia.

SIX: EL MUSICAL.

PUNTUACIÓN:  4 CABALLOS (Sobre cinco).

Se subirán a este caballo: Quienes se decidan a pasar un rato estupendo de música en directo con contenido más que interesante, excelente elenco de voces en escena y canciones más que pegadizas.

Se bajarán a este caballo: Quienes crean que la Historia de las seis mujeres de Enrique VIII no puede ser vibrante.

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Ficha artística

Damas de Compañía (musicas en escena): Sofía Kherroubi (Directora Musical), Emma Weil (Guitarra), Monica Vicente (Batería) e Iranzu García (Bajo).

  • Mireia Federico: Directora Musical Asistente
  • Lucy Moss y Jamie Armitage: Dirección
  • Carrie-Anne Ingrouille: Coreografía
  • Emma Bailey: Diseño de Escenografía
  • Gabriella Slade: Diseño de Vestuario
  • Tim Deiling: Diseño de Iluminación
  • Paul Gatehouse: Diseño de Sonido
  • Tom Curran: Orquestación
  • Joe Beighton: Supervisor Musical Internacional

SIX Madrid

  • Lindsay McAllister: Directora Asociada
  • Nicole Bondzie: Coreógrafa Asociada
  • Jennifer Deacon-Say: Supervisora Musical Asociada
  • Jaimie Todd: Diseñador de Escenografía Asociado
  • Justin Allin: Supervisor de Vestuario
  • Phoebe Brazier: Supervisora de Caracterización
  • Charlie Smith: Diseñador de Sonido Asociado
  • Gara Roda: Directora Residente
  • Davinia Tornero Lorenzo: Coreógrafa Residente

Productores Ejecutivos:
Vadim Ordovsky-Tanaevsky y Mariana Gómez Cora

Productores Originales:
Kenny Wax, Wendy & Andy Barnes y George Stiles

Productores:
Julia Gómez Cora y Dmitry Bogachev

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Una crítica de Mi Reino Por Un Caballo

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