Tempesta, la hija adoptiva del Capitán Garfio, se ha criado bajo las órdenes, la disciplina y la sombra de su padre siendo educada para obedecer y luchar. Sin embargo, cuando la joven llega hasta la isla de Nunca Jamás, donde las normas convencionales no aplican, entra en contacto con Peter Pan, las hadas y los Niños Perdidos, descubriendo un mundo diferente repleto de libertad, juego y peligro. En esa encrucijada y en su propio viaje de aprendizaje, Tempesta deberá decidir si continuar con la vida errante de los piratas o cambiar el rumbo de su destino y quedarse en la isla.
Esta podría ser una suerte de sinopsis del espectáculo «The island of Neverland» que nosotros pudimos ver en el Espacio Ibercaja Delicias, en Madrid.

El teatro contemporáneo de gran formato libra una batalla constante entre el despliegue técnico masivo y la preservación del latido dramático. ¿Es posible conciliarlo? En The Island of Neverland, la superproducción concebida conjuntamente por la firma española LETSGO (dirigida por Iñaki Fernández y responsable de hitos como Tim Burton’s Labyrinth o Naturaleza Encendida) y la corporación internacional Balich Wonder Studio (liderada por Marco Balich, cuya firma está especializada en ceremonias olímpicas y grandes acontecimientos globales), observamos de qué modo la idea de espectáculo a gran escala no opera como un mero envoltorio ornamental, una burda cáscara, sino como la arquitectura misma de la propuesta. Con un elevado presupuesto y la transformación integral de más de 7.000 metros cuadrados en el Espacio Delicias del distrito madrileño de Arganzuela, el montaje se sitúa deliberadamente en esa frontera donde el circo contemporáneo, el teatro inmersivo, la acrobacia aérea y el relato de formato gran formato logran converger e hibridarse.
Se trata de reinventar o refundar el concepto y modelo de espectáculo bajo carpa sin exhibir, únicamente, números de destreza física, sino bajo el objetivo de construir un destino escénico autosuficiente que absorba al espectador desde treinta minutos antes del show principal. Para todo ello se vertebra un núcleo dramatúrgico (a cargo de Simone Ferrari y Lulu Helbaek) que esquiva la mera reproducción del texto clásico de J.M. Barrie para adentrarse en las zonas no cartografiadas del mito. ¿Cuáles son exactamente estas zonas no cartografiadas? Pues la elección de un periplo o de una peripecia que no gravite ya en torno al choque maniqueo entre Peter Pan y el Capitán Garfio, sino en torno a la irrupción de Tempesta, la hija del célebre pirata, nacida en mitad de una tempestad y criada a bordo del barco Jolly Roger bajo un régimen de férrea disciplina, mandatos patrilineales y una obediencia ciega.

Esta idea de una dramaturgia que rompa con la ortodoxia de Peter Pan (dejando a este personaje en un lugar más periférico) y trace su itinerario narrativo desde la elección de una figura femenina, es original, poderosa y necesaria. Tempesta pasa a convertirse en centro desde el que se construye la historia que se concentra en una propuesta con una tensión existencial actualizada a los tiempos que vivimos y que es la siguiente: frente a la exigencia paterna de asumir el mando pirata y «hacerse mayor» bajo el signo de la autoridad, y frente a la tentación de una eterna infancia desvinculada de toda responsabilidad junto a los Niños Perdidos, Tempesta articula la apertura de una tercera vía de crecimiento. Ferrari y Helbaek, con su dramaturgia, vienen a decirnos que madurar no exige renunciar al juego ni, por supuesto, al vuelo, sino que consiste en integrar la responsabilidad con la capacidad de maravillarse (no perder el asombro a medida que nos hacemos adultos). Este conflicto de identidad no solo transforma a la protagonista, sino que quiebra la rigidez del propio Capitán Garfio, humanizando la figura del antagonista tradicional.
Por desgracia, y pese a ser Tempesta una figura recurrente en esta dramaturgia y en todo el show, su papel no convence del todo y es, de todo el elenco, tal vez la que menos logra transmitir. No sucede lo mismo con el Capitán Garfio (Eduardo Ferrés) que se lleva toda nuestra atención por su comicidad clown y su mordacidad así como por su capacidad para lograr captar, fabulosamente, la atención de todos los presentes: niños/as y adultos/as.

Si el desarrollo central del show nos interesa, debemos reconocer igualmente que el diseño de la experiencia (estructurada en 2 fases) falla en la primera de ellas. Esta primera fase consiste en la inmersión en la isla de Neverland. Al público se le ofrece la posibilidad de explorar una serie de áreas temáticas (como la Bahía de los Piratas con el Bar del Pulpo y la galería de la familia Hook, el Bosque de las Hadas, con cascadas florales y vidas en miniatura, el Árbol de los Niños Perdidos, lleno de inventos y frutas singulares, o la Roca de las Sirenas). Se supone que estas áreas temáticas deben sorprender y lograr que los espectadores se sumerjan en una previa al espectáculo central, pero algo falla: tal vez una dramaturgia más dirigida para esta primera fase en la que, hay que decirlo, los asistentes van un poco erráticamente por cada espacio sin tener una guía, una explicación de cada cosa que se encuentran a su paso. Echamos de menos una mayor organización en lo que respecta a ser guiados por estos espacios por algún maestro/a de ceremonias.
Pasada esa primera fase, se llega al corazón central del espectáculo. El show (de unas dos horas de duración) que se despliega en una arena central (de estructura circular) donde todo se unifica y en el que la historia de Tempesta cobra vida a través de acrobacias, circo, danza contemporánea. teatro físico y música en directo.
La apuesta escenográfica (diseñada por Stéphane Roy) es sólida, pese a quedar algo diluida en un más de lo mismo al que le falta su dosis de épica o de fábula. Los elementos cinéticos no causan demasiado asombro. Véase, por ejemplo, el cocodrilo, el barco de Garfio, la calavera gigante, las camas elásticas… todo encaja en la historia, de acuerdo, pero le falta una dosis extra de épica o grandeza. El espacio sonoro está correcto sin erigirse tampoco ningún momento concreto en central, nada chirría, pero para el nivel de producción del que se nos habla (composición y dirección musical a cargo de John Metcalfe, colaborador de Coldplay, Peter Gabriel y Max Richter Ensemble; con letras de Lulu Helbaek e ingeniería de sonido diseñada por Poti Martín de El Rey León o Los Miserables) sentimos que se nos queda por debajo del listón esperado.
No hay ninguna canción o letra que destaque sobremanera y que uno se lleve como parte imborrable del montaje y, francamente, debería haberla. En el apartado de iluminación, vestuario y caracterización, el mejor parado es Garfio (de nuevo, creemos que el que se hace con el montaje pese a no hacer ninguna acrobacia). La iluminación (en manos de Ivan Pierri) pretende ser cinematográfica y logra, por momentos, generar atmósferas valorables, pero echamos en falta más elementos que hagan que el público vibre con más intensidad desde lo que atañe al diseño de iluminación. Del apartado de vestuario (Nicolas Vaudelet) y caracterización/peluquería (José Sedano) no sabríamos qué destacar o celebrar: ¿Hay algo que nos disguste? No. Pero, ¿y algo que nos fascine? Tampoco.

Lo mejor se deriva de los elementos de acrobacia y movimiento donde Edesia Moreno (complementada por la dirección de movimiento de Gavin Maxwell) compone un relato coreográfico coherente y disfrutable (pese a contar con algunos números que pierden algo de fuerza por el tiempo que se prolongan en escena como el de cuerda floja). Destacan sobremanera, los números de vibrante mástil chino, el siempre atractivo de suspensión capilar o el de trampwall con sus efectos de ilusión óptica y su teatro físico ingeniosamente coreografiado.
El mejor parámetro para poner en valor este show familiar era uno inequívocamente: el de las caras de los niños y niñas que llenaban las gradas (también había adultos sin niños/as como acompañantes, por supuesto). Con todo ello, si medimos la fuerza del show por las caras de sorpresa, agrado, satisfacción y deleite de los espectadores infantiles, podemos tener un veredicto claro: todo les convenció y pareció funcionar.
Por nuestra parte, debemos reconocer nuestro disfrute con la parte más circense (en esta ambiciosa muestra de «teatro total») y señalar que como adultos nunca jamás debemos dejar que se pierda el niño/a/e que todos sabemos que llevamos dentro.
THE ISLAND OF NEVERLAND.
PUNTUACIÓN: 3 CABALLOS (Sobre cinco).
Se subirán a este caballo: Quienes valoren la coherencia entre el diseño inmersivo del espacio y la reescritura dramatúrgica del mito a través de la figura de Tempesta.
Se bajarán a este caballo: Quienes detecten que la gestión de los flujos de público desde las áreas inmersivas hasta el acomodamiento en la Arena central, son mejorables.
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Ficha artística
Equipo Creativo y de Producción
- Producción y Creación: LETSGO & Balich Wonder Studio
- Escritura y Dirección: Simone Ferrari y Lulu Helbaek
- Dirección de Creación: Oriol Tomas
- Composición y Dirección Musical: John Metcalfe (Letras: Lulu Helbaek)
- Diseño de Escenografía: Stéphane Roy (Asociado: Álvaro Molina)
- Coreografía y Diseño Acrobático: Edesia Moreno
- Dirección de Movimiento: Gavin Maxwell
- Diseño de Iluminación: Ivan Pierri
- Diseño de Sonido e Ingeniería: Poti Martín
- Diseño de Vestuario: Nicolas Vaudelet
- Diseño de Maquillaje y Peluquería: José Sedano
Reparto Principal y Especialidades
| Actor / Actriz | Personaje | Especialidad Escénica |
|---|---|---|
| Eduardo Ferrés | Capitán Garfio | Interpretación, clown y comedia física |
| Anna Saskia Stickler | Tempesta | Trapecio, cuerda floja y acrobacia multidisciplinar |
| Gabriel Lemière | Peter Pan | Mástil chino y correas aéreas |
| Cristina Cigüela | Campanilla | Aro aéreo y suspensión capilar |
| Inés Castrillo | Tiger Lily / Tigrilla | Alambre alto y bajo, equilibrios |
- Ensemble y Cuerpo Acrobático: Dillon Vance, Julian Callarí, Ricardo Herrera Muñoz, Sébastien Van de Walle, Niklas Letellier, Anthony Brew, Jonay Peña, Juan Antonio Pereira, Oskar Mauricio, Cristina Caballero, Euan Michael Realin, Marian Alquézar, Sara Gómez y Gwenaëlle Medjeumen (especializados en trampwall, trampolín, tumbling, Russian swing, teeterboard, danza contemporánea, urbana y española).
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Una crítica de Mi Reino Por Un Caballo
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