LA ESCOPETA NACIONAL. Dios los cría y ellos, en una cacería, se juntan

Un empresario catalán viaja a Madrid con la idea de cerrar un negocio de porteros automáticos. Para conseguirlo, necesitará el apoyo de un ministro. La aristocracia madrileña organiza una cacería en su finca para reunir a políticos, clero y empresarios y será en ese lugar donde el empresario cree que podrá presentar su producto. Por desgracia para él, la cacería se convertirá en un caos de favores, hipocresías y corrupción. Un caos en el que todo se reduce a intereses personales, dinero y apariencias.

Este es un intento de sinopsis de la obra «La escopeta nacional» que, con autoría de Luis García-Berlanga y Rafael Azcona, adaptación de Bernardo Sánchez Salas y dirección de Juan Echanove, nosotros pudimos ver en la sala principal del Teatro Español, en Madrid.

Todo fluirá con gozoso divertimento las casi dos horas que se prolonga el montaje estupendamente dirigido por Echanove. La adaptación de la obra de Berlanga mantiene en escena (y en esencia) el ejercicio de radiografía que realizaron Berlanga y Azcona respecto de una España que emergía, a su manera, tras años de dictadura franquista. Aquella España, por desgracia, sigue pareciéndose demasiado a del presente 2026 en lo que tiene relación con el retrato de las élites económicas, políticas y religiosas. Si todas ellas estaban bien conectadas y engrasadas mediante redes clientelares, favores, nepotismos varios y una flagrante corrupción estructural, cabe preguntarse cuánto hemos mejorado en el presente al que el término berlanguiano se le podría aplicar a una gran cantidad de episodios de nuestra política actual y de nuestra sociedad.

Pensemos en el final de franquismo y de la dictadura: de acuerdo, en aquella España reptaban aún las viejas élites que seguían redivivas. Solo se le había cortado el rabo a la lagartija. El país enfrentaba, además, una transición incierta, arrastrando un gran número de inercias. Era el caldo de cultivo idóneo para que fermentase un capitalismo castizo rampante en el que un gran número de empresarios competían por ganar poder relacionándose con quienes tenían influencias. La iglesia, para más inri, actuaba como intermediadora en los negocios en aquella España de finales de los setenta en la que la burocracia era leonina y los trámites se mezclaban con cadenas de favores e intermediarios. ¿El resultado?: una moral hipócrita donde los discursos conservadores solamente encubrían las mismas prácticas inmorales que denunciaban. La meritocracia era una invención y, en realidad, todo se lograba mediante contactos.

La adaptación de «La escopeta Nacional» está muy bien traída porque todos los resortes que desvelaban/revelaban Berlanga y Azcona siguen, mutatis mutandis, casi intactos. Solo hay que citar una serie de cuestiones que siguen vigentes a día de hoy en esta España que no se puede quitar el traje que le confeccionaría Berlanga en su momento: la corrupción en tantas estructuras de poder, la persistencia de la relación entre el poder económico y religioso, el postureo hueco y despreciable de las élites, los amiguismos políticos, las puertas giratorias, la España que presume de modernidad, pero que, al mismo tiempo, no deja de hacer subir en las encuestas a los herederos ultras del franquismo o del nacional catolicismo (De hecho, Berlanga quiso titular a su película «Los nacional-católicos», pero entendemos que la censura movió sus hilos). Este país sigue poblado y habitado por esos esbirros de una dictadura que echo raíces demasiado profundas.

Echanove sabe leer la atemporalidad de la obra de Berlanga y Azcona y la sube a los escenarios para seguir retratando a España, con una precisión incómoda, desde la sátira (y la inteligente socarronería).

La cacería, emblema de la película y de la presente adaptación teatral, es el eje transversal de la historia: todos los protagonistas se reúnen en torno a una cacería de perdices que costea el empresario catalán que ha venido a Madrid a hacer negocios y a intentar colocar su producto: los porteros automáticos. La verdadera cacería que despunta en la historia no es la de unas perdices, si no, como el propio Berlanga afirmaba: «es una cacería de españoles». Unos y otros se pelean, buscan resarcirse de antiguas cuitas, meter a otros en problemas para salvarse a sí mismos. Prima el «que cada palo aguante su vela» o el «hoy por mí y mañana también» en una sociedad egoísta, atrasada, mediocre y frustrada que era la del tardofranquismo (y que probablemente lo siga siendo aún más la de hoy en día).

Por otro lado, la idea de los «porteros automáticos» que el empresario catalán quiere poder vender para hacer negocio y enriquecerse, no deja de ser proféticamente metafórica: los «porteros automáticos» significan el cambio, el progreso, la evolución de una sociedad (pasar del portero presencial o del sereno a la emancipación, a la ruptura de una dependencia) y en este cuadro costumbrista y satírico que nos ofrece Echanove, ese progreso parece ser mirado con recelo, con desconfianza por muchas de las élites porque todo aquello que huela a avance o a democratización, puede venir acompañado de una pérdida de privilegios.

Nos gusta especialmente cómo de actual sigue presentándose la crítica a todos aquellos personajes que son capaces de defender a muerte unos valores tradicionales o conservadores mientras que, en lo clandestino, se comportan de la manera mezquina que ellos/as mismos/as repudian. Hete aquí la España que Berlanga nos describía: aquella capaz de cambiar de régimen, pero no de costumbres. Una España grande y nunca libre de sus propias contradicciones.

De entre todo el elenco, coral y equilibrado, nos quedamos con algunas interpretaciones (por orden de aparición): la pareja de catalanes (el empresario Jaume Canivell y Mercè, su secretaria) que interpretan Pere Ponce y Marta Ribera, respectivamente. Ambos forman un estupendo tándem donde él parece más incapaz de comprender los códigos del Madrid al que acuden para encontrar una oportunidad de medrar. Mercè, más astuta, regatea de otro modo con toda la alcurnia y trata de hacer lo que sea por su jefe que se nos presenta como un capitalista tan ingenuo que aún cree en el mérito o en el esfuerzo. Ella luce estupenda cuando canta en su número final.

La tragedia de ambos será la de aprender que si no tienes padrino, no te bautizas. La sempiterna tragedia del mérito frente al caciquismo, aquella que nos enseña que por mucho talento que uno tenga, si no dispone de infraestructura que le permita desplegarlo, se queda en nada. Ambos, actor y actriz, están afinados, juguetones y convencen.

Otro papel destacado es el de Chus (casada con el hijo del marqués), que interpreta con carisma y desparpajo la actriz Luisa Martín: es ella la que se percata de toda la doble moral y no mira para otro lado pues, al contrario, deposita toda su mala baba en subrayar las vergüenzas de una aristocracia decadente y de linaje descompuesto, rancio y clasista. Luisa Martín ilumina con su personaje al que el hecho de ver por un solo ojo no le impide hacerlo mejor que los que tienen los dos intactos. Es también el personaje que perfila el tono de comedia erótica y juguetona que Berlanga siempre acostumbraba a introducir en sus obras con el fin de ridiculizar aún más a las élites, pues tenía claro que en el sexo y en la muerte todos éramos indistinguibles.

Entre todo el variopinto repertorio de personajes no queremos dejar de destacar la oportuna y divertida interpretación de Vera del Bosque que queda en manos de la actriz Elisa Matilla y a la que nos gusta ver en escena (en comedia o en drama) así como el papel de Patxi Freytez que se pone en el pellejo de Álvaro, el ministro de promesa fácil y compromiso nulo. Freytez está creíble y atractivo.

La dirección de Juan Echanove se muestra fértil y generosa a la hora de mover en escena a un retablo tan dispar (algunos cuya presencia se reduce a unas solas frases) y logra equilibrar el montaje y airearlo para que no se haga aburrido y, al contrario, el espectador se percate de la admiración que el director siente por la figura de Berlanga y por su capacidad de ofrecernos un muestrario de la España que fuimos y, nos consta, que seguimos siendo.

Una España en la que los falangistas fueron desplazados por los opusdeistas, donde los viejos nobles darían paso a los nuevos ricos, donde cada patología del sistema nos es revelada a modo de lección cómica de historia, pero lección al fin y al cabo. Lección valiosa sobre aquellos polvos que explican estos lodos. Apuesta clara por el sainete que servirá para echar mano deel refrán que dice (parafraseando): «dios los cría y ellos, en una cacería, se juntan».

LA ESCOPETA NACIONAL.

PUNTUACIÓN:  3 CABALLOS (Sobre cinco).

Se subirán a este caballo: Quienes sepan encontrar toda la cordura y sensatez que hay en el discurso berlanguiano.

Se bajarán a este caballo: Quienes prefieran pasar el rato comprando o vendiendo sus áticos.

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Ficha artística

Autor Luis García-Berlanga y Rafael Azcona
Adaptación Bernardo Sánchez Salas
Dirección Juan Echanove

Reparto (por orden alfabético)

Criado bandera: José Ramón Arredondo
Doña Laura: Chusa Barbero
Príncipe Korchovsky: Ángel Burgos
Luis José: Javi Coll
Percusionista: Salva Duyat
Álvaro: Patxi Freytez
Pianista: Ángel Galán
Vera del Bosque: Elisa Matilla
Chus: Luisa Martín
López Carrión: Javier Mora
Fotógrafa/Criada: Verónica Morejón
Castanis: Manuel Pico
Cerrillo: David Pinilla
Jaume Canivell: Pere Ponce
Mercè: Marta Ribera
Alsina: Chema Ruiz
Padre Calvo: Pedro Mari Sánchez
El Marqués de Leguineche: Enrique Viana
Segundo: Eugenio Villota


Escenografía Isi Ponce
Vestuario Tania Tajadura
Iluminación Miguel Ángel Camacho
Composición musical Ángel Galán
Caracterización Paloma Pérez Schmunk

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Una crítica de Mi Reino Por Un Caballo

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