FLAMENC OH. Mucho zapateado, poca risa

El patriarca de una familia de flamencos con pedigrí mantiene a raya las costumbres y la tradiciones más ortodoxas hasta que la contratación de un guitarrista nuevo cambie todas las dinámicas y viejos patrones de la familia al aportar otros estilos y otras músicas más allá del flamenco.

Esta podría ser una suerte de sinopsis del espectáculo «Flamenc Oh» que con creación y dirección de Yllana, nosotros pudimos ver en La Estación-Gran Teatro Caixabank Príncipe Pío, en Madrid.

La marca Yllana está apuntalada y consolidada. Es casi ya una «marca registrada» en términos de identidad. Suponemos que, como nosotros, muchos otros espectadores acudieron a ver su nuevo espectáculo esperando ese estilo tan característico del grupo: su humor gestual y físico al más puro estilo slapstick, su oficio para crear comedia sin necesidad de emplear apenas palabras, sus exageraciones y situaciones llevadas al absurdo, su ritmo con gags que se van encadenando, etcétera. Todo eso era lo deseable y esperable, a priori, en «Flamenc Oh», pero digamos que este nuevo montaje no encaja tanto dentro de esas categorías y, por mucho que se le inserte la marca Yllana, el resultado en términos de humor se alejó bastante de nuestras coordenadas. Eso pasa por tener expectativas elevadas.

«Flamenc Oh» es un espectáculo sin demasiadas objeciones en la parte técnica, aunque con unos cuantos «peros» en la parte de comedia (donde no termina de cuajar). No podemos decir que el espectador medio no termine sonriendo (o incluso que alguno rompa en carcajada), pero les aseguramos que hay más gato que liebre en este montaje que se nos vende en clave de comedia.

Partiendo de la iconografía del mundo del flamenco, (es decir, el zapateado, la solemnidad, el quejío, la guitarra sufriente, la jondura) la idea es llevar todo ese imaginario hasta una transformación posible en material cómico. Nadie discute que sobre el papel esta idea se sostenga y aparente tener potencial, pero «Flamenc Oh» diluye bastante todo ese material en un océano de lo que pudo ser y no fue.

La comedia tarda en aparecer y cuando aparece se presenta con discutible tono: pivotando entre lo naïf y lo poco atrevido. Pongamos un ejemplo: hay una intrahistoria que sucede con la llegada del nuevo guitarrista a la familia tradicional flamenca. Una de las hijas cae «prendá» de su sensualidad y virilidad. Este planteamiento se desarrolla a lo largo del montaje en numerosas ocasiones: el guitarrista se suelta la melena, toca melodías apartadas del flamenco, lanza claveles a las mujeres del público, ajeno siempre al flirteo de la hija del patriarca que se esfuerza en hacer aspavientos para ser vista. La gracia, en estos sketches, brilla por su ausencia o, si acaso existe, es tan tontorrona que termina provocando una respuesta más bien tibia y bostezante por parte del patio de butacas. Otra intrahistoria es la del relevo generacional: el patriarca ha de ceder su bastón a su hijo o su hija. Claramente se nos cuenta que el hijo es un tipo poco dotado para el flamenco y rivaliza con su hermana por hacerse con el cariño y el elogio de su padre. La historia del bastón y la expectativa acerca de sobre quién recaerá está, de nuevo, bastante desprovista de atractivo.

Uno de los momentos más llamativos del montaje tiene que ver con la expresión de género de un personaje masculino. Y conviene aclararlo con rigor: una cosa es el travestismo (expresión), y otra el transexualismo (identidad). El espectáculo parece confundir ambos planos, o al menos los mezcla sin matiz, y eso ya genera un «aysss«. Pero el problema principal no está ahí. No. El problema es dramatúrgico. Expliquemos por qué: en un universo tan rígido como el del flamenco tradicional (de códigos férreos, roles muy marcados o masculinidad hiperbólica), introducir un gesto de exploración de género podría ser una idea poderosa pues humanizaría al personaje y rompería la caricatura; introduciría vulnerabilidad y abriría una grieta en el espectáculo. En otro tipo de obra, un momento así podría ser el más valioso, pero no aquí. Porque en este montaje apenas se nos prepara para ese giro. No se le concede espacio para que quede desarrollado y, por ende, va a quedar mal integrado en la lógica del espectáculo. Cuando llegamos a ese momento, venimos de atravesar un montón de sketches ligerísimos, peso pluma, y de golpe, esta escena se introduce como un gag más. Un momento emocionalmente intenso se reduce a un gesto que no dialoga apenas con nada de lo anterior ni nada de lo posterior. La obra no tiene la profundidad necesaria para sostenerlo. Lo mejor, pese a todo: la respuesta del público que alienta, anima e impulsa al personaje masculino a perseguir su libertad, a cumplir su sueño de vestirse con un traje de flamenca.

Podemos decir que todos los intérpretes tienen nivel técnico estupendo: los zapateados son precisos, la guitarra está ejecutada con destreza y el cante suena holgadísimo en la voz de David Bastidas, pero aquí casi nadie ha venido a ver el show por el flamenco, sino por su capacidad para liarse la manta a la cabeza y hacernos reír. El resultado: los números, aunque bien hechos, quedan algo fríos. El público los observa, pero no estamos seguros de que los sienta porque está siempre al acecho de dónde está el guiño, la caricatura; dónde el mordiente de la risa.

El espectador se preguntará, en algún que otro momento, si está ante una parodia del flamenco, ante un homenaje, ante un musical, ante un show de variedades o ante un mero espectáculo para turistas o para un público del norte de Europa antes que de Madrid.

Llegados al fin de fiesta, nosotros salimos con la duda de que «Flamenc Oh» fuese concebido más como un producto estrictamente exportable y trazado desde la columna vertebral del baile flamenco (al tratarse también de una coproducción con el Sadler’s Wells de Londres) antes que desde el contundente epicentro del humor (signo distintivo de Yllana). Tal vez sea así y el espectáculo funcione mejor en circuitos internacionales, donde el flamenco es iconografía exótica y la comedia gestual, de mínimos, es accesible. ¿Todo está más diseñado para ser reconocido, antes que para ser comprendido?

Creemos que pese a ser un montaje esforzado, altamente técnico, se queda en un terreno bastante ambiguo: entretiene a ratos, pero no permanece; se reconoce, sí, pero no deja impronta.

Estamos ante un espectáculo que brilla cuando se mueve, pero no cuando se ríe. Mucho zapateado, poca risa. Y con esa falta de humor, el montaje se queda en la superficie, como si temiera que la carcajada rompiera el barniz del virtuosismo, tal vez sin ser demasiado conscientes de que los espectadores estábamos esperando algo más que una sobredosis de iconografía frente a una dosis muy corta de carcajadas.

FLAMENC OH.

PUNTUACIÓN:  2 CABALLOS (Sobre cinco).

Se subirán a este caballo: Los/as fans incondicionales de Yllana dispuestos/as a pasar por el aro.

Se bajarán a este caballo: Quienes, pese a haberse reído anteriormente con otros montajes de Yllana, no descubran en este el carisma del humor visto en otras ocasiones.

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Ficha artística


Yllana son: Marcos Ottone, Juan F. Ramos, Joe O´Curneen,
Fidel Fernández y David Ottone
Creación y dirección: Yllana


Dirección artística: David Ottone y Juan Ramos
Dirección ejecutiva: Marcos Ottone
Intérpretes: David Bastidas, Raquela Ortega, Raúl Ortega, Anabel Moreno y Luis Gallo
Dirección musical: Juan Cañas, Daniel Rovalher y Miguel Magdalena
Coreografía: Carlos Chamorro
Diseño de escenografía: Carlos Brayda
Diseño de vestuario: Tatiana de Sarabia
Diseño de maquillaje: Sixto Valdés Scull
Diseño de iluminación: Juani González Vega
Diseño de sonido: Luis López Segovia
Técnico regidor: José Luis Taberna
Asesor de magia Willy Monroe
Produccion ejecutiva: Mabel Caínzos
Producción senior: Daniela Scarabino
Producción: Fran Álvarez y Jara Ramos
Directora de comunicación: Rosa Arroyo
Marketing: María Crespo
Redes Sociales: Julia Ottone
Diseño Gráfico:Daniel Vilaplana
Fotografía: Javier Naval
Logística en gira: Erika Carballedo

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Una crítica de Mi Reino Por Un Caballo

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