En una sucesión de sketches interconectados, Pantomima Full se ocupan de diseccionar el arquetipo social contemporáneo mediante un claro pacto cómico con el público: querida muchachada, lo que vais a ver aquí no son personajes, vamos a ofreceros un espejo.
Esta podría ser una suerte de sinopsis del show «Hecho a mano« que, creado por Rober Bodegas y Alberto Casado, nosotros pudimos ver en el Teatro Capitol, en Madrid.

La primera declaración de intenciones es inminente: Bodegas y Casado (que parece el nombre de una denominación de origen), se nos presentan vestidos de artesanos reivindicando las hechuras de su nuevo show en el que, alejados ya del formato de video corto (con el que han alcanzado miles de seguidores en redes sociales), se plantan en un escenario para desgranar un espectáculo en directo. Tensión no resuelta en el ambiente. ¿Y si lo que nos gusta de ellos son sus vídeos? No cambiará todo al verles en otro marco? De entrada, el temor es más bien relativo e infundado porque este es el tercer tipo de show que realizan en teatros. ¿Acaso es posible que su fórmula funcione todavía y no se agote hastiándonos sin remedio en lo previsible de cada chiste trillado? Echemos un vistazo.
El espectáculo se prolonga casi dos horas y media y podemos decir que el ritmo logrado en la sucesión de skectches, con sus interludios correspondientes, no defrauda. A nosotros no. Nos alejamos aquí de los chistes moralizantes, de esa carga ideológica y ese punch down que vimos en otros espectáculos de otros cómicos (nótese el de Ángel Martín) y nos acercamos más a un humor que no se ríe de minorías, de colectivos vulnerables, de trabajadores precarios, de mujeres, de migrantes. Aquí no se ríen del trans, sino del tío hipócrita que presume de ser inclusivo, del que presume de ser feminista, de aquel al que se le nota que está actuando como bienqueda (y, en realidad, es un imbécil que no entiende nada). Ese es el blanco real. Algo parecido a cuando en la serie «The office» uno de los personajes realiza comentarios torpes sobre personas racializadas, personas LGTBIQ+ o sobre personas con discapacidad. El guion de la serie nos plantea que el chiste no es sobre esas personas: el chiste es acerca del personaje intentando demostrar que no es racista, ni homófobo, ni capacitista y metiendo la pata hasta el fondo.

Lo que se ridiculiza en este «Hecho a mano» es la performatividad progre vaciada de contenido, la futilidad de los idiotas. Estamos, afortunadamente, frente a un humor progresista (y no conservador, que buena falta nos hace en estos tiempos degradados). Por el show, estructurado en escenas que dialogan de una manera indirecta, encontraremos a toda una fauna que va desde el divorciado alegre (que nos vende que la vida de divorciado rejuvenece, mola mazo y da para montarse un podcast) hasta la sátira de algunos deportes que pueblan las urbes y que se han hecho moda o casi una secta (runners, crossfiteros). El mundo del crossfit gana por goleada en las críticas/ironía/mofa/sarcasmo desplegado y lo más interesante es que saben que entre su público existen, con toda seguridad, bastantes mujeres y hombres de entre treinta y cinco y cincuenta acostumbrados a poblar los gym (confiamos que sin caer en esa toxicidad de los gymbross).
Toda vez identificados los «tipos» alrededor de los cuales generar el sketch, Bodegas y Casado (que suena asimismo a firma de bufete sindicalista), dibujan la escalada de manías de ese perfil concreto buscando el auto-reconocimiento del público. Y cómo no lograrlo cuando nos hablan de un grupo de ciclistas, ya de una cierta edad, que se marcan una ruta, cada domingo, un ritual casi litúrgico, (con sus bicicletas caras, su equipación técnica, sus gafas aerodinámicas, capaces de hablar de desniveles o de vatios como si fuesen auténticos profesionales) cuando, en realidad, tal y como nos señalan los Pantomima Full, el verdadero objetivo, la verdadera ceremonia, es la comida posterior: el menú de cuchara o el cachopo, la cerveza, el postre de sobremesa.
Y junto a este arquetipo, aparecen otros fácilmente reconocibles por el público: el runner obsesivo, el crossfitero evangelizador, el emprendedor de derechas e hijo de papá que pone nombres canallitas a sus locales de restauración, el divorciado reinventado, el hipster moralista, el foodie elitista, etcétera. En todos ellos se satiriza la performatividad identitaria de cada uno, poniéndose especial interés, hay que reconocerlo, en el mundo de los crossfiteros con toda la lectura cómico-sociológica que los Pantomima Full son capaces de entregarnos: ¿es el hombre o la mujer crossfitera alguien entregado a una secta o a un culto?
Diremos que no se satiriza el deporte, sino un modelo que se construye alrededor del mismo: el de alguien inseguro que busca parecer más joven, cuyo capital principal es su cuerpo (lo de men sana es ya secundario); alguien que se ve seducido por una autoexigencia casi militar que le otorgará el estatus de pertenencia a una tribu, un militante seducido por la épica y que casi siempre sobreactúa su propia fortaleza. Esto que es válido para la tribu crossfitera, vale para la tribu de los divorciados reinventados, para la tribu de los emprendedores pijos, los vendedores de pisos que ellos mismos nunca podrían comprarse, para los modernos de pueblo, los ovolacteovegetarianos, los feministas de cartón-piedra, etc.

Estamos seguros de que entre el numeroso y variopinto público del Teatro Capitol habría una representación de muchos de los tipos retratados y satirizados en el escenario y aquí reside la clave de bóveda de la potencia del humor que sostiene todo el espectáculo: lograr que el público se ría de sí mismo sin sentirse atacado.
El éxito y la inteligencia de los Pantomima Full se encuentra en no ridiculizar identidades sino comportamientos, obsesiones, neuroticismos, rituales. No se ríen de lo que uno es, sino de lo que uno hace. No moralizan y encuentran un lugar que todos podemos habitar y en el que todos nos podemos reconocer que es el de «fijaros cómo todos podemos hacer el ridículo». De ahí que ningún espectador se sienta expulsado porque se genera complicidad. Para rematar todo el conjunto, y a diferencia de otros cómicos que hemos visto en escena, en «Hecho a mano» el humor es progresista en su mirada, pero no en su exigencia al no pedir al público un posicionamiento ideológico.
Nosotros pasamos un gran rato y sentimos que el engranaje funcionó razonablemente bien al conseguir moverse dentro del marco, deliberado y meditado, de la catarsis de la vergüenza compartida (que no de la humillación).
Las caras del público manifestaban claramente un mensaje: «De acuerdo, me río porque es verdad» o «yo conozco a uno así/yo soy un poco así».
«Hecho a mano», con su humor de minuciosa observación participante, se convierte finalmente en un muestrario o catálogo artesanal de las taras, las obsesiones, la épica cotidiana, la reinvención afectiva, la ironía como refugio, las inseguridades disfrazadas o las necesidades latentes de validación de cada uno de los arquetipos (o figuras talladas a partir de comportamientos reales) que desfilan por el escenario.
PANTOMIMA FULL. HECHO A MANO
PUNTUACIÓN: 3 CABALLOS (Sobre cinco).
Se subirán a este caballo: Quienes deseen pasar un rato muy divertido formando parte de una catarsis de vergüenza compartida.
Se bajarán a este caballo: Quienes todavía vivan en un mundo de armarios y ropa con aroma a alcanfor.
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Ficha artística
Idea, creación, dirección e interpretación de Pantomima Full (Rober Bodegas y Alberto Casado)
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Una crítica de Mi Reino Por Un Caballo
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