¿Hemos dejado de ser, los humanos, animales torpes, impulsivos y profundamente contradictorios? Aunque vayamos disfrazados de racionalidad, tecnología o buenas intenciones. Aunque nos apoyemos en la IA, en los móviles más caros del mercado y a pesar de todos los avances en el escenario digital.
Esta podría ser una suerte de sinopsis del monólogo «Somos monos» que, escrito, dirigido e interpretado por Ángel Martín, nosotros pudimos ver en el Teatro Fígaro, en Madrid.

Entre el público, nosotros podríamos ser probablemente de los pocos que no habían estado antes en un show del cómico. Se palpaba en el ambiente que la mayoría era seguidora de Martín o que venía entregada a la causa. Lo que estaba a punto de aparecer en escena era un espectáculo capaz de combinar autobiografía (que eso de la auto-ficción lo inventaron los cómicos de stand up, oiga), una perspicacia para hilar fino en la observación social y una postura de provocación preparada para generar un cierto grado de incomodidad en el patio de butacas.
Lo primero que nos llamó la atención fue el discurso modo Luis Moya, a toda velocidad, con la asombrosa habilidad para respirar sin generar apenas pausas. La fuerza de la primera parte residiría en su ritmo frenético y en la capacidad del cómico para convertir situaciones cotidianas en detonantes que llevasen a la carcajada. Todo fluiría con solvencia, con eficacia y las ideas que se iban desgranando eran rápidamente identificadas por el público. Cosas que funcionaban: que Martín se tomase a sí mismo como referencia y hablase desde sus torpezas o reconociese de forma auténtica, situaciones en las que otras personas meten la pata. La tecnología y el homo digitalis servían de caldo de cultivo para su anecdotario.
Pero, sorpresa, dentro de esa fluidez aparecería una fisura discursiva que no sería moco de pavo: primero nos alerta sobre los peligros de hablar, sobre la necesidad de medir las palabras, sobre cómo un comentario torpe puede hundirte socialmente. Y lo ejemplifica con la anécdota que cuenta sobre una fiesta privada a la que fue invitado y en la que confundió a una mujer gorda con una embarazada. (oh, dios mío, que anécdota tan poco trillada: confundir a una mujer gorda con una embarazada. Bueno, al menos situó la acción en una fiesta privada y no en el metro de Madrid al cederle su asiento a una «falsa embarazada»). Pese a lo trillado, este primer tramo del show funciona porque aflora y germina desde la autocrítica: el cómico es el que se nos presenta como el torpe, él es el que mete la pata, él es el que desea que la tierra lo trague. Es este un humor que golpea hacia dentro, no hacia fuera. Sin embargo, más adelante, avanzado el monólogo, Martín introduce un bloque que tensiona todo su discurso al soltar una frase como la siguiente: “antes no había mujeres con polla y barba”.
Ese comentario, presentado por él como una “verdad incómoda”, contradice frontalmente la tesis inicial sobre la prudencia al hablar. Si al principio defendía que una frase mal dicha puede hundirte, aquí, él mismo incurre en una afirmación que simplifica una realidad compleja y, ahora, golpea ya no hacia adentro o hacia arriba, sino hacia abajo. Y, sí, ahí aparece su sobredosis de incoherencia: no puedes pedir cuidado con las palabras y acto seguido usar las palabras como arma contra un colectivo vulnerable. Ese debería ser su verdadero “tierra trágame”.
No es la primera vez que un comediante se mete en jardines similares. Habría que rastrear desde dónde hablan y a quiénes se dirigen los y las que hacen comedia cuando deciden meterse en tales jardines porque, al hacerlo, al elegir ese camino, todo suele ir más allá de una cuestión de humor y termina convirtiéndose en otra cosa: en usar ese humor para deslizar opiniones completamente personales y peyorativas sin hacerse cargo de ellas.
Martín no llega, obviamente, a la altura de un Ricky Gervais en cuanto a repercusión, pero las conexiones y las polémicas que les rodean se parecen: «chistes» sobre mujeres trans y justificación de ese humor con un argumentario del tipo «libertad de expresión», «son solo chistes», «aprendamos a reírnos de todo».
En algunos de sus shows más recientes, el cómico Ricky Gervais se burlaba explícitamente de mujeres trans imitando voces, ridiculizando sus cuerpos o presentando sus demandas como absurdas lo que le generó críticas desde medios tan importantes como «The Guardian», «The Independent» o «The New York Times». La mayor parte de esas críticas, que nosotros extendemos hasta Ángel Martín, guardan relación con una idea muy sencilla de entender: esos «chistes» tránsfobos u homófobos, queridos cómicos/as, no provocan al poder, no van dirigidos hacia los poderosos (qué cobardía), sino hacia colectivos vulnerabilizados lo suficiente como para que los dejéis en paz de una puñetera vez.
Martín nos ofrece la misma envolvente o la misma estrategia de bomba de humo al defenderse en escena afirmando, como Gervais, que la gente ya no tiene «sentido del humor» (cuando en realidad deberíamos aceptar que algunos cómicos ya no tienen sentido común). Martín trata de insistir en que es consciente de la incomodidad que genera, deliberadamente, y nos lanza un discurso vacuo y mediocre, convertido en una mezcla de humor y manifiesto ideológico, para defender una opinión personal sobre la identidad trans que bien podría haber defendido Arévalo.

La última parte del monólogo se adentra, así pues, en esa dimensión llamada «el victimismo del cómico«: esto es, la manera en que el propio cómico se convierte en protagonista moral del discurso y no solo en narrador de anécdotas. El cómico se coloca en el centro del relato como figura lúcida, observadora, moralmente despierta o especialmente consciente, y desde ahí salta a juzgar, interpretar o diagnosticar el mundo. ¡Qué peligro!: él ve la verdad que la sociedad no quiere ver. (The moral underdog, que dirían los anglosajones).
Lo que cuestionamos aquí es la dirección del golpe. ¿Se está riendo de Putin, de Netanyahu, de Trump? ¿De los que acuden al palco V.I.P. del Real Madrid? (por poner algunos ejemplos de poderosos). No. Lo que hace es un punching down, un golpear hacia abajo haciendo humor a costa de quienes no detentan el poder social. Y cuando un cómico elige esa senda, ay, amigos/as, ya nos está revelando más de sí mismo que del colectivo al que ridiculiza. Si el cómico quisiera ser verdaderamente provocador, golpearía hacia arriba. He aquí algunas ideas que podemos sugerir: los fondos buitres, las puertas giratorias, la industria armamentística, los grandes poderosos, los tecno-feudalismos, la gran banca, la extrema derecha, la manipulación informativa, etc. Golpear hacia abajo es, simple y llanamente, pura comodidad ideológica. Por desgracia, la perla contra las identidades trans no es la única. Aparecerá también su capacidad de ofrecernos moralina encubierta gracias a los cuentos infantiles tipo «Blancanieves» y su asociación con el consentimiento o el feminismo: toca reírse, atención, de quienes cuestionan el beso del príncipe. El gag parece gracioso, pero encierra, de forma insidiosa, una cosmovisión que caricaturiza cuestiones complejas como el consentimiento (un tema serio sobre modelos afectivos y educación). ¿Tenemos en Ángel Martín a un Dave Chappelle versión ibérica? Chappelle, cómico estadounidense, generó su propia controversia al defender a la autora (y, wingardium leviosa, tránsfoba declarada) J.K. Rowling, cuando en su espectáculo cómico «The Closer«, Chappelle afirmó que «el género es un hecho» y ridiculizó abiertamente a mujeres trans. Otro cómico, Louis C. K., tras admitir conductas sexuales inapropiadas, realizaría un regreso «triunfante» con un monólogo donde ridiculizaba a víctimas, al movimiento #MeToo y a adolescentes trans. (otro wingardium leviosa aquí).
¿Humor sin censuras o humor sin conciencia? Opinamos que lo segundo. En el humor todo vale, defenderán algunos (habría que valorar quién, claro). No lo creemos así. No todo vale. En el humor deben existir reglas (un pacto ficcional, una dirección del golpe). Sin reglas, el humor es ruido, vocerío sin criterio. Sin reglas, estaríamos eliminando el género del humor al convertirlo en acto arbitrario. El humor requiere un pacto social implícito: no es libre, es contextual y relacional. Si «todo vale», le negamos la naturaleza social al humor y cualquier buen cómico/a sabe perfectamente que, a no ser que infravalore a su público, cada parte de la audiencia tiene un cerebro que va a evaluar seguridad, intención, relación, incomodidad. Un poco de filosofía moral, a lo Nussbaum: no es lo mismo reírse del rey que del mendigo. No porque esté prohibido, sino porque el significado cambia.
El argumento de la no censura, del «todo vale», es solo coartada (no hay teoría alguna detrás) y cuando un/a cómico/a lo esgrime (ya sea Gervais, Chappelle o Ángel Martín), es porque solo se está defendiendo a sí mismo y su derecho a no ser criticado, su derecho a no revisar sus sesgos, a golpear a los vulnerables en un punching down sin consecuencias. Retórica pura y dura.
Nosotros nunca rechazaremos el humor. Ángel Martín es diestro, brillante, acerado, ágil, pero en «Somos monos» incurre en una incoherencia importante: pide cuidado con las palabras, pero usa las suyas para golpear hacia abajo. Pide que nos riamos de todo, pero no se ríe de quienes ostentan el poder. No nos gusta la moralina disfrazada de «chiste».
Ahora bien, debemos reconocerle a Martín su ritmo narrativo, su ingeniería en los gags usando referencias circulares con eficacia, sabiendo emplear remates ágiles que combina con aguda observación cotidiana. Sabe sostener al espectador incluso en aquellos momentos, que ya hemos comentado, en los que el contenido pierde el foco. Además, la tesis de que todos somos monos, es potente: los humanos somos contradictorios, actuamos por impulsos, es sencillo que nos precipitemos por un barranco intentando hacernos un selfie, es francamente visible hasta qué punto las nuevas tecnologías nos han lobotomizado y, con estos mimbres, Martín se muestra desbordado en un mundo frente al que no adopta una postura misántropa o destructiva al cien por cien, sino una mirada sarcástica, de perplejidad, ofreciéndonos (de este modo), toda una medida del estado de tensión que atraviesa el humor español contemporáneo: una mezcla entre arrogancia y vulnerabilidad, entre provocación y prudencia que debemos acoger como indudable documento cultural.
SOMOS MONOS
PUNTUACIÓN: 2 CABALLOS Y 1 PONI (Sobre cinco).
Se subirán a este caballo: Quienes busquen un monólogo de humor con unos cuantos momentos de «tierra trágame».
Se bajarán a este caballo: Quienes busquen un humor menos moralizante y deseen evitar el victimismo del cómico.
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Ficha artística
Texto, dirección y presentación: Ángel Martín.
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Una crítica de Mi Reino Por Un Caballo
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