LECTURA FÁCIL. La vida no es un pictograma

Nati, Patri, Ángeles y Marga comparten piso, pero el piso que comparten es muy especial porque se trata de un piso tutelado. Las cuatro, amigas y familia, comparten también el vivir en una sociedad que no se lo pone fácil a las personas con diversidad funcional porque todas ellas tienen algún tipo de discapacidad. En concreto, Marga, una de ellas acaba de entrar en un proceso judicial en el que se decidirá su esterilización forzosa. Marga escapará del piso tutelado y sus amigas y la policía comenzarán a buscarla.

Esta podría ser una suerte de sinopsis de la obra «Lectura fácil» cuya dramaturgia, en versión libre de la novela homónima de Cristina Morales, dirige Alberto San Juan y nosotros hemos podido ver en el Teatro Valle-Inclán, de Madrid.

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La tesis de la obra de Morales se sostiene en torno al concepto de libertad vital. La libertad de unas chicas con discapacidad para trazar sus propósitos, vivir emancipadas, tomar sus propias decisiones. Es obvio que como mujeres, dentro de la sociedad, y como personas con discapacidad, su libertad estará más mermada que en el caso de otros subtipos de ciudadanía. Pero esa falta de libertad afecta sin duda a otros colectivos. Siendo equidistantes (qué espantosa palabra), nos atreveríamos a decir que la falta de libertad afecta a cualquiera. Sí, desde luego que esto es matizable, pero nos situamos ante una premisa genérica cuasi Popperiana. Era Karl Popper el que ejemplificaba la idea de la libertad adjuntado el concepto de límite:

«La libertad de movimiento de tus puños está limitada por la nariz de tu vecino».

Los límites lo impregnan todo a nuestro alrededor. La vida en comunidad está repleta de límites, más o menos sutiles. El concepto de libertad se podría observar desde tantos lugares: la libertad percibida, la libertad deseada y la libertad concedida. Desde cada uno de estos parámetros, cada uno de nosotros, podríamos valorar cuánta creemos tener. La pregunta es si debemos aceptar que la libertad es un constructo, un estado de animo que empieza o termina cuando algún determinante exterior cambia sin que podamos hacer nada para evitarlo (pues no podemos modificar nuestros entornos a nuestra voluntad más que hasta cierto punto) o si, al contrario, debemos esforzarnos por reivindicar más y más libertad y educarnos a nosotros mismos en la idea, inspiradora y a lo Thoreau, de que hay que escapar de las ataduras y aprender a vivir con la menor cantidad posible de hipotecas. 

La novela que escribió Cristina Morales tiende a instalarse en este último extremo. Tiende a ser acuñada de ácrata, beligerante, contestataria, inconformista. Bueno, toda esa retahíla de lugares comunes. En realidad, pensamos, la novela es una oda a chuparle toda la médula posible a la vida que nos es dada, parafraseando esa maravillosa frase de H. D. Thoreau cuando éste, en «Walden o la vida en los bosques», señalaba:

«Quería vivir profundamente y chupar toda la médula de la vida, vivir tan fuerte y espartano como para prescindir de todo lo que no era vida».

¿Se puede vivir de ese modo cuando eres un ser custodiado, tutelado, obligado a dar cuenta de cada movimiento ante una administración? No cuando vives en una cabaña en medio del bosque, junto a un lago, sino en un piso que paga la administración porque estás al cargo de esta; en un piso en el que van a venir a registrar si has hecho la cama, si haces un uso eficaz y eficiente del dinero asignado, si te acuestas a tu hora, si no metes a nadie  no autorizado en el piso, etcétera. Casi pareciera el modo de vida de cualquier adolescente o de cualquier adulto separado que retornase a vivir con sus padres. En este orden de cosas, la mala baba de algunas de las protagonistas de «Lectura fácil» es comprensible. Legitimable. Porque nos resulta reconocible todo ese control limitante, todo ese tedio de lo cotidiano, de lo rutinario, de la espiral de la vida en comunidad con el añadido de vivir en una sociedad que se apena, que siente lástima por ti porque, pobrecita, eres «retrasada», «subnormal», «disminuida», «te falta un hervor», «te faltan luces». Ante ese tipo de personas, con discapacidad, toda esa comprensión de los límites cotidianos (para algunos/as) salta por los aires puesto que enseguida le darán la razón a quienes afirmen que «hay quienes necesitan un plus de control, un plus de tutela». Irritante, pero cierto. Es entonces cuando observamos que la «libertad» (que bonito nombre tienes), se queda en espejismo. En amago. En conato.

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Solo alguna de las protagonistas de la obra valora una libertad que nunca ha tenido, aun estando en un piso tutelado, porque al comparar esa libertad con la que tenía en la residencia en la que antes vivían, todo es mucho más sencillo. Más cómodo. Menos restrictivo. Ahí está el caso del papel que interpreta la edificante, la estupenda, Anna Marchessi. Ay, nos gusta muchísimo esta actriz. En su personaje observamos cómo la libertad percibida lo es todo porque ese es el último bastión de la libertad personal: la libertad que creemos, sentimos, tener. Y ella es el ejemplo de la sobre adaptación. El ejemplo de no mentar la soga en la casa del ahorcado. Su actitud nos parece, en el fondo, la más aprovechable por cuanto le permite vivir con un sentido. Suena mal decirlo, pero, sí, ella quiere una vida como la del resto; ella anhela esa infelicidad común de la que hablaba Freud. Ser tan infeliz como el común de los mortales. Y dará la batalla para intentar que el resto de las familiares que viven con ella no desbaraten sus planes. Si la vida pudiese tomarse como una analogía de las herramientas de «Lectura fácil», podríamos decir que el personaje de Marchessi trata de no utilizar el modo subjuntivo y de vivir la vida con arreglo a un esquema de sujeto-verbo y predicado, al contrario que las demás que, al rebelarse frente a una comunidad poco accesible, se ven enfrentadas a más frustración e incomprensión.

Peliagudo el asunto de la esterilización y el proceso judicial al que se ve sometida otra de las protagonistas. En tal proceso, San Juan, pensando fuera de la caja, se atreve a crear un personaje nuevo que es el de una juez con discapacidad que se ocupará de sentenciar en el proceso de esterilización forzosa de Marga. Digamos que a Marga, que es una de las chicas con discapacidad que vive en el piso tutelado, le gusta mucho el sexo. Follar con quien le plazca. La socarronería está bien traída: la juez, con discapacidad, se convertirá en parte de ese sistema jerárquico implacable del bio-poder, que diría Foucault. No nos pasemos. ¿Acaso una juez no se ceñirá a un código jurídico estricto? El mundo tiene normas y reglas. Oh, sorpresa. Pero si es que las reglas, las normas y los códigos de convivencia ya existían en el Paleolítico, amigos y amigas.

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La obra de Morales se ve sin didactismos ni moralinas (gracias) aunque tal vez le falte algo más de punch que una escena de sexo en un galpón. Elogiamos, sin duda, el trabajo de dirección con las diferentes actrices y actores que están estupendas/os. Nosotros somo fans del buenrrollismo que transmite Marchessi en la escena. En la escenografía,  Beatriz San Juan, se las arregla para, dentro de la parquedad, crear una suerte de edificio con ventanas en lo alto que parecieran un panóptico (sería eficaz una disposición en forma de ruedo, que remitiese, todavía más, a lo carcelario o patibulario). Creemos que, en general, las interpretaciones están niveladas (aunque el peso lo llevan ellas pues las interpretaciones de ellos son más anecdóticas).

Adaptar una novela tan explícita y disquisitiva no ha debido de ser tarea sencilla, pero Alberto San Juan se ha apañado certeramente para poner sobre las tablas un ejercicio honesto, contestatario, a su manera, y reflexivo sin dejar de apuntalarlo, todo, con una buena dosis de comicidad desde lo autorreferencial de los personajes y sus vicisitudes, que no es poco.

La vida, vista desde los ojos y conciencias de Nati, Patri, Ángeles y Marga, se parecería a un pictograma. Un pictograma sencillo que viene a decir: «Desinhíbanse los espíritus libres». Para lo cual, sí, hace falta enfrentarse a la moral de cada época y, como le diría el mismísimo Don Quijote a Sancho: «aventurar la vida» pues la libertad individual bien vale tal empresa.

LECTURA FÁCIL

PUNTUACIÓN:  4 CABALLOS (Sobre cinco).

Se subirán a este caballo: Quienes busquen una historia con contenido social y bien traída a la escena.

Se bajarán de este caballo: Aquellos/as que esperasen más heterodoxia. Las expectativas son, a veces, mala compañía.

***

FICHA ARTÍSTICA

Dirección y dramaturgia

Alberto San Juan (Versión libre de la novela «Lectura fácil» de Cristina Morales).

Reparto

Desirée Cascales Xalma, Laura Galán (en sustitución de Carlota Gaviño los días 28, 29 y 30 de diciembre y 1, 3, 4, 6, 7 y 8 de enero), Carlota Gaviño, Pilar Gómez, Anna Marchessi, Marcos Mayo, Pablo Sánchez y Estefanía de los Santos

Voz Yifi

Nacho Marraco

Escenografía y vestuario

Beatriz San Juan

Iluminación

Raúl Baena

Composición musical

Fernando Egozcue

Percusión

Gabriel Marijuán

Vídeo

Arantxa Melero

Caracterización

Marta Pereira

Movimiento (Iniciativa Sexual Femenina)

Elisa Keisanen, Élise Moreau y Cristina Morales

Coaching interpretación, asesoría y apoyo en inclusión

Kube Escudero (AMÁS escena)

Ayudante de dirección

Anna Serrano

Ayudante iluminación

Eduardo Vizuete

Ayudante de escenografía y vestuario

Arantxa Melero

Ayudante de dirección temporada

Antonio de la Casa

Realización escenografía

Mambo Decorados

Diseño de cartel

Equipo SOPA

Coproducción

Centro Dramático Nacional y Bitò

Equipo Bitò

Jefa de producción

Macarena García

Director de producción

Josep Domènech

Adjunta dirección de producción

Blanca Arderiu

Gestión de producción

Eduardo Garre

Coordinación técnica

Pedro Pablo Pérez

***

Una crítica de Mi Reino Por Un Caballo
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