EL SÍNDROME DEL COPILOTO. Y se marchó… y a su velero le llamó Peter Pan

Una mujer se hace a la mar, sola, en un velero, para cumplir el último deseo de su pareja: cruzar el estrecho de Gibraltar y echar sus cenizas en Tánger. Pero la mujer no es una experta en pilotar embarcaciones por lo que la travesía, de ocho jornadas, la pondrá a prueba contra los elementos y contra sus propios recuerdos. 

Esta podría ser una sinopsis de la obra «El síndrome del copiloto» que, escrita y dirigida por Vanessa Montfort, y protagonizada por Cuca Escribano y Miguel Ángel Muñoz, nosotros hemos podido ver en los Teatros del Canal, en Madrid.

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Apunta fuerte, en sus referentes, la escritora Vanessa Montfort que, adaptando su propio libro «Mujeres que compran flores», señala, en el programa de mano, que su obra: 

«(…) es heredera del espíritu de “El viejo y el mar”, “La Odisea” y “Cinco horas con Mario”. 

Nos ha faltado «Moby dick», de Melville. Con semejantes referentes, a uno, como espectador teatral, puede hacérsele la boca agua. La pregunta es: ¿se hibridarán las esencias de tantos talentos en lo que sucede luego en escena? La respuesta breve y concisa es: no. A nuestro juicio, por supuesto.

Si por Hemingway, la autora quiere enlazar con la mujer frente a los elementos y esa lucha contra la naturaleza, pues no hay mucho tino porque Marina, la protagonista de esta propuesta, debe soportar una serie de vicisitudes, pero nada del otro mundo: un aprender a hacerse con las velas, con el timón, con los nudos; un poco de tolerancia a la frustración con el salitre y el sol y saber aguantar el oleaje y, lo más complicado, sortear una tormenta, recordemos, en el estrecho de Giblaltar, cerca de la costa, no precisamente en el Cabo de Hornos.

Si algo hay de «El viejo y el mar«, es eso: mar. Es decir: el océano como un personaje que está implícito y explícito. Una referencia mucho más pertinente (y de la que no se habla en el programa de mano) podría ser la de Rafael Alberti en la explotación que, del mar, hace el poeta andaluz como agente femenino: el mar no es el mar es «la mar». Y de «la mar» a «Marina». Marina que es también mujer y a la que veremos aguantar sus zozobras, más psicoemocionlaes que las propias de la travesía en la que se ha enrolado. 

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Si la referencia a «El viejo y el mar» se nos queda en humo y espejos, la de «La Odisea» nos parece ya rizar el rizo. Comprendemos que, lejanamente, muy lejanamente, una reminiscencia al poema de Homero pueda vincularse con la idea de travesía, de tránsito, de viaje, pero, mire usted, nada más. O al menos no somos capaces de encontrar otros paralelismos. ¿Es Tánger una especie de Ítaca para Montfort? ¿Es, acaso, Marina una Penélope rediviva con connotaciones que se nos escapan o es, al contrario, Marina, un Odiseo/Ulises con alucinaciones en torno a su difunta pareja, Óscar?

En lo que nos ocupa, Marina más podría estar pilotando un Pequod antes que un Argo (embarción, esta última, emparentada con «La Odisea») y su gran bestia, bajo las aguas, en lugar de una colosal ballena blanca, bien podría ser un duelo pendiente de realizar. Pero, olvídense de sesudos análisis: aquí todo es más prosaico y propenso a la impronta de Campanilla y Peter Pan. (Así se llama el velero en la obra, como el personaje creado por James Matthew Barrie. ¿Porque no saldrá en el programa de mano?). 

Ya con relación a la referencia a Delibes, tal vez se haya atinado… ¿algo más? Ummm. Bueno, a ver, sí: hay aquí un trabajo de soliloquio, de diálogo de ausentes similar al del ritual de paso de Carmen Sotillo, pero esta vez en la mar, en un velero, rumbo al lugar en el que habrán de ser echadas las cenizas del finado. Hasta ahí. 

Marina tiene eso que en trastorno por duelo se conoce como «sensación de presencia» y se le aparece su pareja muerta: Óscar. Pero aquí, así lo exige la narración, se va más allá y el muerto se ajusta a las reglas de las novelas del realismo mágico y conversa con su mujer. Es en ese tira y afloja, en esas conversaciones entre el difunto y la que sigue viva, donde se apuntala y sujeta toda la arquitectura de esta historia: un relato en torno al saber dejar marchar y en torno al anticipado horror vacui que se asume que vendrá luego. 

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Con todo, nosotros no hemos leído la novela de la autora que es adaptada en esta dramaturgia. No podemos saber cuántos matices esconde la obra original porque lo que juzgamos es lo que vemos  y oímos en escena. Nuestro máximo respeto, siempre, a la escritura. Bendito oficio. 

Y de lo que vemos y oímos en escena, nos quedamos, para bien, con el más que satisfactorio diseño de escenografía de Curt Allen Wilmer y Leticia Gañán que se comporta de un modo muy visual, muy interesante, a la hora de recrear una embarcación y la mar por la que el velero surca rumbo a Tánger. Tiene sentido y nos parece que añade vuelo poético y fuerza a la propuesta. Sin duda.

Por desgracia, el texto no llega a parecernos demasiado inspirador ni edificante sino, antes bien, se nos queda en una trama previsible y con un punto harto sensiblero. 

Pero si algo pierde más brillo en escena, eso reside en el apartado interpretativo: ninguno de los dos personajes que componen Cuca Escribano y Miguel Ángel Muñoz, nos parece que salgan demasiado airosos de este lance.

El personaje de ella se instala en un rol de mujer que quiere ir ganando empoderamiento a menudo que navega las aguas del Mediterráneo y las aguas de sus propias inseguridades, pero se queda en personaje por explorar, superficial, rasante, sin dar tiempo al espectador a hacer cualquier otro juicio que no sea el de tomar por errática y tornadiza su interpretación. En la misma línea se conduce el personaje de Muñoz que es lo contrario a lo poliédrico (diríamos monocorde), pusilánime y funciona casi a modo de un trasunto de aquel popular Jonathan Smith que interpretaba Michael Landon en «Autopista hacia el cielo»: una cursilería ni siquiera apta para todos los públicos. 

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Concluyendo (y viniendo): Tánger no es Ítaca. Marina no tiene la mala leche de Carmen Sotillo. A Óscar le daría igual llevar ochenta y cuatro u ochenta y cinco días sin pescar nada porque no es «el viejo» de Hemingway. Y solo Montfort sabrá si las aguas por las que navega la adaptación teatral de su novela son las que a ella le gustan o no.

Nosotros solo podemos decir que para este viaje en barco no hacen falta alforjas ni biodraminas. ¿Por qué?, se preguntarán ustedes. Pues porque estas aguas están en calma. Demasiado en calma. 

EL SÍNDROME DEL COPILOTO

PUNTUACIÓN: 2 CABALLOS y 1 PONI (Sobre cinco).

Se subirán a este caballo:  Quienes gusten de dramas con aguas en calma. Demasiado en calma. 

Se bajarán de este caballo: Quienes salgan de este viaje mareados y no por la intensidad sino por la insustancialidad del mismo.

 

***

FICHA ARTÍSTICA

Texto y dirección: Vanessa Montfort

Reparto: Cuca Escribano y Miguel Ángel Muñoz

Ayudante de dirección: Alexandru Stanciu
Escenografía: Estudio Dedos. Curt Allen Wilmer y Leticia Gañán (AAPEE)
Iluminación: Valentín Álvarez (AAI)
Música: Fernando Velázquez
Espacio Sonoro: Javier Almela
Movimiento escénico: Isabel Vázquez
Vestuario: Virginia Serna
Coordinación de producción: Elena Martínez
Coordinación Técnica: Alberto de las Heras
Prensa: María Díaz
Diseño gráfico: 16 Escalones
Redes: Concha Martín
Distribución: Elena Martínez/Sandra Avella
Dirección de producción: Cuca Escribano

Es una producción de Avanti Teatro, en coproducción con: Teatros del Canal de la Comunidad de Madrid – Madrid Cultura y Turismo S.A.U., 16 Escalones Producciones, Concha Busto Producción y Distribución, y María Díaz Comunicación.

En colaboración con: Junta de Andalucía-Consejería de Cultura y Patrimonio Artístico. Teatro Cervantes de Málaga.

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Una crítica de Mi Reino Por Un Caballo

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