EL MAL DE LA MONTAÑA. La aclimatación tras una ruptura

Cuatro personajes desgranan una serie de relatos en medio del entorno desolador de un caserón semi vacío que los cobija, en un lugar que parece remoto. Sus historias, podrán llevarnos a establecer un hilo conductor en torno al asunto de las relaciones de pareja y, en particular, a las rupturas de las mismas. 

Esta podría ser una suerte de sinopsis de la obra «El mal de la Montaña» que, con texto de Santiago Loza y dirección de Francesco Carril y Fernando Delgado-Hierro, nosotros hemos podido ver en la sala Margarita Xirgu del Teatro Español, en Madrid. 

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Entendemos que Carril y Delgado-Hierro se hubiesen fijado en el texto de Loza tal vez advirtiendo un intimísimo juego poético en el lenguaje que enmarca la presente dramaturgia en esas escrituras que bien podríamos llamar «de la profundidad», «de la ensoñación» y que son capaces de vestirse de perro verde siendo, en el fondo, meros ejercicios de estilo. 

La obra contiene algunos pasajes que realmente resultan evocadores por lo prolijo de sus descripciones, amparadas en relatos en zig zag; una suerte de soliloquios que se rozan los unos con los otros en las bocas de los personajes y dan solución de continuidad. Estamos ante una escritura que no sabe muy bien a dónde quiere llegar, una escritura a la que no le importa demasiado el destino porque se regocija en la filigrana del paso a paso, del camino, que no de la meta. Hay disfrute en la labor del autor, y se nota, pero pronto, también, nos daremos cuenta de que la forma pesa más que el fondo. De que hay exceso de sortilegio e hiper poetización dejando abierta la puerta a toda exégesis. 

La palabra, el texto, es central porque no abandona nunca su afán de centralizar la propuesta que, debemos reconocer, los tres actores y la actriz saben regatear con destreza sin otros funambulismos más que aquellos propios de los temperamentos con los que han de revestir a sus personajes que parecen salidos de un imposible híbrido entre «amanece que no es poco» y «Una paloma se posó en una rama a reflexionar sobre la existencia», del sueco Roy Andersson. 

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El mal de la montaña  contiene, ya en su propio título, la metáfora de lo que, tal vez, para el autor haya servido se sustrato a la hora de pensar en la ruptura de pareja. ¿Acaso no viene el mal de la montaña o mal de altura con una retahíla de síntomas o señales muy parecidas al vértigo que provoca el final de una relación?: mareos, cefaleas, náuseas, falta de apetito, nerviosismo, trastornos del sueño, disnea nocturna, elevación del ritmo cardíaco. Habría que hacer un diagnóstico diferencial para lograr separar el mal de la montaña de una crisis de ansiedad. 

Los personajes que habitan esta obra de Loza también poseen esa angustia, (digamos que un tanto exagerada de más), esa angustia primermundista que lleva a uno de los personajes incluso a resultarnos un aporofóbico sin paliativos. Pero antes que la aporofobia, lo que se observa, sobremanera, es la agorafobia de quienes se han aislado y se encuentran en ese caserón del que una escenografía estupenda, en manos de Paola de Diego, nos da una buena cantidad de pinceladas: un lugar decadente, con esos sofás inflables ocupando el espacio, y toda esa vegetación que parece estar a punto de engullir la construcción. Podríamos estar perfectamente en un lugar cercano a la jungla, a la Amazonía. 

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Lo que han hecho los tres personajes, a su manera, para ubicarse de nuevo en el espacio que se abre tras una ruptura, y que se parece, temporalmente, a un vórtice, es intentar no sucumbir a la desesperación rellenando ese horror vacui con palabras, pero, amigos/as, ese vacío es la antesala de la locura, de la penetrante lógica de post trauma. 

En las explicaciones de la obra se nos dicen cosas como:

Los personajes de esta pieza desean profundamente estar en control de la realidad a través de sus propios relatos. Es la realidad la que debe acomodarse al relato y no al contrario. Podríamos decir que esta pieza se adelanta en su sensibilidad a los tiempos actuales en que las redes sociales determinan a unos individuos que han tomado una posición de relatores de sus propias vivencias en un marco virtual y en el que solo cabe aquello que es válido al filtro de su discurso, de su elaboración.

Y valoramos ese marco de referencia de las redes sociales y una cierta crítica al postureo y al fingimiento, donde queda expulsado aquello que no encaja en la foto ideal: un mendigo meando, unos pobres revolviendo entre cartones. Nos parece un elemento muy interesante, pero el problema es que, aquí, lo que se cuenta en la pieza no nos traslada inmediatamente a esa idea, no nos remite a esas coordenadas y pierde ese activismo en aras de una orfebrería del lenguaje, en aras de un sacrificarlo todo en base al embellecimiento de un texto que, por mucho que en teoría trate de criticar las conductas y digresiones de unos personajes, descarnados, sentimos que, en las formas se apiada sin fisuras de ellos. 

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Dicen que el mal de altura comienza a partir de los 2500 metros. Que es a partir de ese umbral cuando el cuerpo empieza a sentirse extraño en una gravedad que no le corresponde, llegando a la denominada «zona de muerte» en el entorno de lo 7500 metros de altitud. También dicen que lo único que puede hacerse frente a ese mal es aclimatarse que no es otra cosa, en estos casos, que ir adaptándose progresivamente a la hipoxia (por otro lado, como en toda ruptura de pareja. Sin duda).

En su mano queda, como espectadores, valorar si Loza, con su texto, y Francesco Carril y Delgado-Hierro, con su dirección, les han llevado hasta los 2500 metros o más bien hasta unos mortales 7500 metros de altura.

¿Nosotros? A ver, sentimos que aún nos estamos aclimatando, que no es poco. 

 

EL MAL DE LA MONTAÑA.

PUNTUACIÓN: 3 CABALLOS y 1 PONI (Sobre cinco).

Se subirán a este caballo: Quienes disfruten con historias sazonadas de de una buena dosis de absurdo y poesía.

Se bajarán de este caballo: Quienes no gusten de historias en las que el texto se eleva poéticamente, alejando los pies del suelo.

 

***

FICHA ARTÍSTICA

De: Santiago Loza

Dirección: Francesco Carril y Fernando Delgado-Hierro

Con: Ángela Boix, Francesco Carril, Fernando Delgado-Hierro y Luis Sorolla

Diseño de espacio escénico y vestuario: Paola de Diego

Ayudante de escenografía y vestuario: Guillermo Felipe

Diseño de iluminación: Paloma Parra

Diseño de sonido: Sandra Vicente

Ayudante de sonido: Beni Moreno

Ayudante de dirección: Raquel Alarcón

Residencia de ayudantía de dirección: Valle del Saz

Producción Buxman: Jordi Buxó, Aitor Tejada y Pablo Ramos Escola

Una coproducción de Teatro Español y Buxman Producciones

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Una crítica de Mi Reino Por Un Caballo

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