UN HOMBRE DE PASO. La imposible equidistancia

Una periodista entrevista a un antiguo miembro de la Cruz Roja que visitó los campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial. En esa entrevista está presente también, a modo de testigo, el escritor y superviviente de Auschwitz, Primo Levi.

Esta podría ser una suerte de sinopsis de la obra «Un hombre de paso» que, con texto de Felipe Vega (adaptado de la obra «Un vivant qui passe» de Claude Lanzmann), dirección de Manuel Martín Cuenca e interpretada por Antonio de la Torre, María Morales y Juan Carlos Villanueva, nosotros hemos podido ver en las Naves del Español, en Madrid.

Un hombre de paso by Belen Vargas 7

No sabemos si Felipe Vega se basó más en la película de Lanzmann («Un vivant qui passe», 1997) o si recurrió a la propuesta teatral que se pudo ver hace bien poco en el Celestins de Lyon sobre esa misma película y que desde hacía tiempo tenía ganas de llevar a escena Nicolas Bouchaud.  

En la experiencia trasladada a España se involucra un plantel de actores y actriz junto a una dirección realmente interesantes. Todo, sumado a un texto que convoca a Primo Levi, parecían alicientes de sobra para no perderse esta pieza.

Por desgracia, en escena, las cosas no suceden del mismo modo.

Por un lado, el texto no termina de ser recibido con interés una vez que se pone en marcha: desde el momento en que uno se para a pensar en qué diantres pinta Primo Levi reducido a convidado de piedra en la entrevista que tiene lugar en el bar del hotel Roma, en Turín. Sí, entendemos que Levi debería funcionar como revulsivo moral desafiante ante el tono relativizador del miembro de la Cruz Roja, pero, pese a desear que sea así, no ocurre.

Primo Levi, que vivió las terribles consecuencias psicológicas de haber estado en Auschwitz y que terminó sus días necesitando escribirlo todo, relatando y poniendo palabras a sus vivencias, antes de terminar arrojándose por el hueco de las escaleras en el apartamento en que vivía en Turín (aunque muchos nieguen el suicidio y hablen de un fatal accidente), queda aquí relegado a una semblanza descafeinada de la persona y reducido a un papel que no cuadra con el de limitarse a escuchar en un frío ejercicio que provoca esa sacudida de la forzada equidistancia.

Sabemos que el texto, así lo entendemos, intenta no ser equidistante sino, al contrario, mostrar las miserias morales de quienes intentan serlo (nótese aquí el papel del miembro de la Cruz Roja). Sin embargo, la sensación que deja la obra es la de colocar a Levi en una dramática posición de ver, oír y callar que no termina de ser resistida desde el patio de butacas. Toda su pincelada de dignidad llega solo al final cuando suelta un pequeño discurso en torno a la necesidad, precisamente, de no mirar para otro lado.

Un hombre de paso by Belen Vargas

Rossel, el miembro de la Cruz Roja internacional, fuma y fuma sin parar, sentado en la butaca del hall del hotel mientras responde a las preguntas de la periodista que tampoco es que se inmute demasiado, ni se muestre demasiado beligerante, cuando poco a poco él va contando que él se sintió muy bien tratado en Auschwitz y que allí el no vio muchas de las cosas que se dijeron después de los campos de concentración.

Tal vez sea ese el deseo de la obra: hacer que nos movamos incómodos en las butacas al ver la serenidad, la tranquilidad con la que se habla del Holocausto, casi rayando con una versión revisionista y negacionista de la historia. Es el problema de las guerras por el relato, las guerras por las batallas culturales donde caben desde los exabruptos del terraplanismo a negar que existieron cámaras de gas en Auschwitz o qué sé yo, negar que Putin sea un criminal de guerra. Tiempos líquidos. Tiempos fósiles en los que la verdad se ha convertido en un pequeña libélula petrificada en el ámbar de nuestros días.

Pero, al margen de que el papel de Levi en la obra, a nosotros, nos parezca una infrarrepresentación de una de las versiones de la historia, por no decir la única versión legitimable de la historia, hay otras cuestiones que restan credibilidad.

El papel de Rossel, que representa en escena el actor Antonio de la Torre no se nos presenta verosímil. Su manera de abordar su personaje es tan esquemática y tan poco profunda, tan a ras de texto y alejado de sentimiento que desconcierta. ¿Ha optado la dirección por privilegiar la desfachatez y mediocridad del personaje? Porque su relato nos resulta bobalicón, simplista, casi de mercenario y no olvidemos que era un representante suizo de la Cruz Roja Internacional. Sus ademanes y su forma de interpretarlo nos parecen desaprovechadas para la talla de un actor con mucho oficio. Una cosa es interpretar a un imbécil de la política local acostumbrado a hablar de volquetes de putas, comisiones y mamandurrias y otra a un tipo que se sienta junto a Primo Levi, años después de la Segunda Guerra Mundial, para contarle a una periodista su opinión sobre lo que vio en los campos de exterminio que él visitó. Es cierto que no habla desde las coordenadas de nuestra época, pero sí ha leído a Primo Levi y así se lo dice al conocerle en el bar del hotel. Y, por el amor de Dios, si hubiese leído a Primo Levi, no podría hablar como habla el personaje que enfrenta De la Torre frente a un Levi sentado cerca. Algo no encaja. Algo que debería llamar la atención del director para redefinir matices de los personajes.

Aunque, tal vez De la Torre solo interpreta a un hombre común, que como decía Primo Levi:

» (…) Los monstruos existen pero son demasiado pocos para ser realmente peligrosos; más peligrosos son los hombres comunes, los funcionarios dispuestos a creer y obedecer sin discutir (…)»

Un hombre de paso by Belen Vargas 4

Y tenemos tantos ejemplos a día de hoy de este tipo de monstruos de lo común. Sin duda. El personaje de Rossel podría ser el paradigma de ese hombre normal que oculta su monstruosidad bajo capas y capas de mediocridad recalcitrante; que camufla su desdén y su miseria bajo ademanes y aspavientos de banalidad del mal (la peor de las conductas humanas).

Con respecto a Levi, papel que cae en manos de Juan Carlos Villanueva, podemos decir que está más equilibrado; eso sí: el acento andaluz no termina de ofrecerle convicción a su personaje que más pareciera salido de una obra lorquiana. Ya aceptamos el código de que Levi hable en nuestro idioma, o. k, pero ¿con acento? Pues a uno lo quita del personaje, mire usted. 

María Morales, que encarna a la periodista, está correcta en un papel que tampoco depara ningún arco de personaje. En realidad, ninguno de los personajes logra romper con una linealidad que merma la propuesta. Todo se aferra demasiado a un teatro documento, cuasi didáctico, alejándose de una elección enriquecida con muchos más matices. En cualquier caso, un tema, el del Holocausto, el de la memoria, el del recuerdo de los devastadores errores humanos en la Historia de la humanidad, siempre necesario. Siempre.

Lo que más nos convence es tal vez la escenografía de Laura Ordás y Esmeralda Díaz que recrean el bar de un hotel con acierto. Sobra, eso sí, humo de cigarrillos.

Y falta mucha más emoción. Mucha más capacidad de atracción que apele con más vigor a una reflexión, para no convertirnos, también como espectadores, en espectadores de paso.

UN HOMBRE DE PASO.

PUNTUACIÓN: 3 CABALLOS (Sobre cinco).

Se subirán a este caballo: Quienes pongan en valor las obras, siempre necesarias, en torno al Holocausto.

Se bajarán de este caballo: Quienes echen de menos muchos más matices y no se sientan cómodos con una, tal vez no calculada, equidistancia.

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FICHA ARTÍSTICA

Dramaturgia: Felipe Vega basada en la obra Un vivant qui passe de Claude Lanzmann

Dirección: Manuel Martín Cuenca

Con: Antonio de la Torre, María Morales y Juan Carlos Villanueva

Diseño de iluminación: Juanjo Llorens

Diseño de espacio escénico: Laura Ordás y Esmeralda Díaz

Diseño de vestuario: Pedro Moreno y Rafael Garrigós

Diseño de sonido: Miguel Linares

Ayudante de dirección: Sara Illán

Una coproducción de EB Producciones, SEDA, Mansion Clapham producciones, Vania, Producciones OFF Manuel Martín Cuenca

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Una crítica de Mi Reino Por Un Caballo

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