TANZ. Volar con las alas inmóviles, no es volar

Un grupo de mujeres practican una serie de movimientos de ballet clásico guiadas por Beatrice Schoenherr, la primera bailarina que interpretó desnuda, dirigida por John Neumeier en el año 1972, «La consagración de la primavera» de Igor Stravinsky y Vaslav Nijinsky.

Este podría ser un intento de sinopsis de la obra «Tanz» que, con concepto, performance y coreografía de Florentina Holzinger, nosotros pudimos ver en los Teatros del Canal, en Madrid.

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Qué importancia dar cabida, y más en un estupendo contenedor cultural como son los Teatros del Canal, a propuestas que llegan del resto del mundo. En este caso desde Austria, en forma de coproducción entre diferentes teatros europeos.

Todo, en la teoría, se sostiene. Hasta el diseño de un aparato inventado. Hasta aquel prototipo que llevó a Ícaro a acercarse tanto al Sol que se jorobó el invento. Porque el paso de la teoría a la acción es un salto cualitativo. En teoría también se sostiene, sobre el papel, la idea de Holzinger:  ofrecer a los espectadores un simulacro de ensayo en el que las bailarinas quedan sometidas a la disciplina de dominar sus movimientos, repetirlos las veces que hagan falta, domesticándose a sí mismas, casi en una suerte/desgracia de estudio sílfico in vivo. Pero ojo, porque en escena, redoble de tambores, la coreógrafa desnuda por completo a sus bailarinas. Todas terminan en pelota picada (qué expresión tan fabulosa del lenguaje). Mujeres de diferentes edades, todas atentas a las directrices de la experta que les va guiando, arteramente, con frases como: «así, muy bien, que belleza, qué belleza» o «¿No tenéis calor, chicas? Quitaros la ropa. La ropa, fuera». Un ejercicio de transmisión de la experiencia, por un lado, y de vacío voyeurismo por el otro. Porque los desnudos, que a nadie escandalizarán (no sabemos si el objetivo es ese o, al contrario, el de normalizar el desnudo como un acto vulgar y ordinario), aquí se convierten en una plataforma vacía. No engrandecen la propuesta, ni la multiplican, ni la ensanchan, ni la dotan de una aureola de misticismo, poética, ni siquiera de voluptuosidad carnal significante. Lo que termina por suceder es que la obra se empequeñece, queda absorbida por un sinsentido penetrante y falto de cualquier carisma. Qué bajón.

Dice Holzinger, o quien sea, en el programa de mano que quienes bailan, «aprenden cómo utilizar sus habilidades en un tipo de espectáculo que se enfrenta a criaturas sobrenaturales, y utilizan la articulación del cuerpo del bailarín como una herramienta para adentrarse en el espacio y así ganar conocimiento acerca de la posibilidad de volar».

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No esperen encontrar en la propuesta nada relacionado con lo elevado. Nada que nos pueda remitir a otras maneras de interpretar los desnudos en la danza como «Les Indes Galantes» de Jean-Philippe Rameau, vista en la Ópera de Burdeos o la última pieza de la «Trilogía de la Imperfección» del coreógrafo Daniel Léveillé, por no hablar de la más reciente (vista por nosotros en el marco del Festival de Otoño) «Transverse Orientation» de Dimitris papaioannou. Nada que ver. Aquí, el juego es otro. Es al despiste. Al despiste del público que espera que la pieza evolucione hacia un lugar diferente al propio de una producción de final de curso de un instituto al que hubiesen servido, antes de salir a escena, una sopa de hongos alucinógenos.

A lo largo de la propuesta tendremos tiempo de pasar por varios delirios: ver a varias mujeres ejecutando pasos de ballet (qué aburrimiento) sin mayor percance/aliciente que el hecho de ver cómo se van despelotando y van siendo grabadas por una compañera que sujeta una videocámara cuyas imágenes, como no, pasan a ser retransmitidas en una pantalla gigante para ampliar zonas concretas y ángulos de visión que el público no podría ver sin unos binoculares: unas nalgas, una vulva, unos pechos. Muy bien. Tendremos tiempo, amigos y amigas, de ver a una de esas mujeres, interpretando a una «bruja» (por no decir a una pazguata) moviéndose por el escenario con sus risotadas falsas, sin ningún sentido ni  otro propósito conocido que el de desbaratar todavía más la pieza; mujeres orinando en unos cubos, mujeres subiéndose a dos motocicletas, suspendidas de un gancho, y haciendo piruetas (adivínenlo: sí, en pelotas). Tiempo para un parón entre primera parte y segunda parte para que una de las chicas, con actitud contestataria se dirija al público para pedir dinero para un proyecto de plantación de árboles (¿pero qué diantres es esto?). Un miembro del público dio cuarenta euros que, amablemente, la chica que hacía de bruja vino a cobrar con un datáfono hasta su butaca. Por supuesto, la chica fue en pelotas hasta el donante y soltó otra de sus falsas risotadas al cobrar.

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De la segunda parte es mejor no hablar. Dos horas de propuesta vacía y mediocridad sin lugar a dudas que no tenía nada de punk, ni de punch, ni de actual, ni de urgente, ni de «in yer face«, ni de activista, ni de política, ni de documento, ni de testimonial, ni de ceremonial, ni de poética, ni de edificante, ni de perturbadora. Todo era aburridamente descarado o, mejor, descaradamente aburrida.

Mención aparte para ese momento, hacia el final, que parece un ritual sobrevenido: el de una mujer suspendida corporalmente de unos ganchos fijados en su piel. Ojalá en ese acto de entrega pudiésemos intuir o reflexionar acerca de los atributos del cuerpo como los dispositivos de vigilancia y control de los que hablaba Foucault, pero no. Solo vemos un acto que debe hacer sufrir bastante dolor a la chica suspendida de los ganchos. Un acto que no podemos anudar y vertebrar con todo lo anterior de un modo coherente y significativo más allá de un totum revolutum de cuerpos que no protestan, cuerpos que se disciplinan, que sufren, que intentan volar, de aquella manera, y parecen destinados, sí o sí, a flaquear en sus intentos dentro de esta propuesta que, desde el principio sabemos que convertirá a todas sus integrantes en Ícaros/as que no podrán sustraerse de unas premisas y cimientos francamente desnortadas y frágiles.

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Volar, lo que se dice volar, Holzinger, aquí, no vuela. Porque las alas de su creación están extendidas e inmóviles. Y ni con esas no solo no vuela, sino que tampoco logra tomar una corriente de aire y planear.

TANZ

PUNTUACIÓN: 2 CABALLOS (Sobre cinco).

Se subirán a este caballo:  Los y las voyeurs teatrales.

Se bajarán de este caballo:  Quien huya de propuestas vacías y revoltijos sin vuelo poético alguno.

***

FICHA ARTÍSTICA

Concepto, performance y coreografía: Florentina Holzinger
Performance realizada por y con la participación de Renée Copraij, Beatrice Cordua, Evelyn Frantti, Lucifire, Lydia Darling, Annina Machaz, Netti Nüganen, Suzn Pasyon, Laura Stokes, Veronica Thompson, Josefin Arnell, Florentina Holzinger
Diseño de vídeo y cámara: Josefin Arnell
Diseño de sonido y técnico de sonido: Stefan Schneider
Diseño de luces y director técnico: Anne Meeussen
Asistente técnico: Koen Vanneste
Diseño de escena: Nikola Knezevic
Asistente de escena: Camilla Smolders
Dramaturgia: Renée Copraij,Sara Ostertag
Ojo externo: Michele Rizzo, Fernando Belfiore
Asesor musical: Almut Lustig
Asesoramiento: Ghani Minne, Dave Tusk
Asesor de acrobacias: Haeger Stunt & Wireworks
Instructor de acrobacias: Stunt Cloud GmbH (Leo Plank, Phong Giang, Sandra Barger)
Teoría e investigación: Anna Leon
Asesor de vestuario/sastre: Mael Blau
Prótesis y máscaras: alumnos de Wigs
Maquillaje y efectos especiales de maquillaje: Theaterakademie August Everding Munich, Marianne Meinl
Coproducido por: Tanzquartier Wien (Vienna – AT), Spring Festival (Utrecht – NL), Theatre Rotterdam (Rotterdam – NL), Mousonturm (Frankfurt – DE), Arsenic (Lausanne – CH), Münchner Kammerspiele (Munich – DE), Take Me Somewhere Festival (Glasgow – UK), Beursschouwburg (Brussels, BE) deSingel (Antwerp – BE), Sophiensaele (Berlin – DE), Frascati Productions (Amsterdam – NL), Theater im Pumpenhaus (Muenster – DE), asphalt Festival (Düsseldorf – DE) Con el apoyo del Instituto Goethe de Madrid

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Una crítica de Mi Reino Por Un Caballo

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