SILENCIO. Y el Ágape se tornó palabra

Una actriz representa en escena el discurso de ingreso en la Real Academia de la Lengua de un dramaturgo.

Esta podría ser la sinopsis de la pieza «Silencio» que, con texto y dirección de Juan Mayorga e interpretado por Blanca Portillo, nosotros hemos podido ver en la sala principal del Teatro Español, en Madrid.

Silencio_Escena_Alta (23) (C)Javier Mantrana

Aunque lo primero que acuda a la mente sea la semejanza de este montaje con el «Informe para una academia» (obra de Kafka en la que un mono alcanza el estatus de educación media de un europeo y emite su informe para una academia de ciencias a la que da buena prueba de tal evolución), no concurren más que algunas similitudes en lo que respecta a la forma que no al fondo. En «Silencio» también hay un discurso articulado en modo de monólogo/soliloquio que un personaje dirige a una academia de expertos (y, más allá, al público; hecho más evidente en la pieza de Mayorga que en la de Kafka).

En el discurso que interpreta Blanca Portillo se hace uso del arte de la oratoria empleando la palabra para vertebrar una oda al silencio. Y fíjense ustedes en tremenda paradoja: la obra dura casi una hora y cuarenta minutos en los que la palabra lo llena todo (a excepción de unos cuatro minutos de reloj en los que el personaje calla su voz para hacer un guiño a una pieza de John Cage llamada 4’33»). Las palabras, siempre hermosas y edificantes de Mayorga, salen airosas excepto de algunos meandros en los que los tempos de la propuesta se estancan; fundamentalmente cuando se enganchan en cuestiones de matemática por mucho que se quieran rebajar tirando de auto ironía o autocrítica y, también, sí, en aquellos momentos en los que la ejemplificación de algunos cuadros de obras teatrales sobrepasa el sensato énfasis para caer de lleno en la redundancia o, al contrario, en lo esquemático.

BlancaPortillo_999b (C)Javier Mantrana

«Silencio» tiene esa capacidad de engendrar defensores y detractores a partes iguales. Por un lado, habrá quienes sostengan que la propuesta se aleja de lo teatral y se queda en una forma de hacer caja con un tándem dramaturgo/actriz a prueba de balas. Esos mismos podrán abundar en la necesidad de un aligerar la pieza con más recortes de partes que lastran su ritmo y la complicidad con el público (es la propia actriz en voz del autor la que apela a este mismo asunto al señalar en la función que hay partes que deberían haberse cortado; cosa que por otro lado el autor parece encajar desde la auto ironía). Esos detractores podrían esgrimir que le sobra academicismo y un cierto tono (consciente o inconsciente) de erudición disfrazada de amor a los clásicos del teatro: todo pensado para agradar a un grupo de académicos/as, no lo olvidemos (si uno se atiene a que el discurso que Mayorga escribió en su día, para su ingreso en la Academia, apenas ha variado). Podrían los detractores revolcarse en esos argumentos y ofenderse con aquello de que esto no es teatro, es otra cosa. Bueno. Respetemos a los que piensan eso. ¿Es nuestro caso? No exactamente. Nosotros acudimos con escepticismo, intentando dejarnos llevar por lo que veíamos y oíamos y, en ese punto, la cosa nos pareció cuajar. Nos situamos, pues, del lado de los defensores.

En la parte textual, y al margen de algunos fragmentos, interludios, que sí deberían estar más silenciados, el grueso del texto nos pareció orfebrería con la palabra. Destaca Mayorga en el empleo de una prosa purificada, limpia, esmerada y muy pensada. Momentos de epifanía verbal. Momentos de Dasein Heideggeriano. Se le nota el oficio, cómo no, y a veces uno le observa, por medio de su escritura, como a un alquimista que llegase con su bata de trabajo impecable y sus manos limpias porque ha sido capaz de obrar sin aspavientos, iluminado por un clarísimo sentido del propósito. El texto respira nervioso, se calma, se serena, se echa al suelo, se mete en camisas de once varas y aprende de nuevo a tomar aire, a paladearse a sí mismo, lejos de cualquier apetito voraz, próximo a un discreto ágape. Es el ágape encarnado en la palabra. Imposible no querer entrar en la cura de desintoxicación que proponen sus ejemplos en torno al silencio.

Silencio_Escena_Alta (1099) (C)Javier Mantrana

Y luego, claro, está la elección de la intérprete. Porque encontrar una suerte de alter ego de la voz del autor no parece que fuese empresa fácil, pero, miren ustedes, ahí estaba ella: Blanca Portillo.  Diríase que no podría existir otra posible conjunción astral. Esta mujer, creemos, sería capaz de recitar un listín telefónico y hacerlo interesante. Sería capaz de leer cada uno de los ingredientes de un plato precocinado, con todos sus colorantes y acidulantes y hacerlo poderosamente carismático. No tenemos duda alguna. Pues eso: Portillo cabalga el tigre que le pone en frente Mayorga y le vemos, incluso, dándole de comer con sus propias manos. Esta mujer es de otra liga. No hay más. Se mueve por la escena con una solvencia que apabulla. De pronto, colocación previa del brazo y la mano, es el autor y de pronto es Antígona, Creonte, Bernarda Alba, un personaje de Shakespeare, de Chejov, de Büchner, de Dostoyevski. Inigualable. 

«Silencio» gustará a quienes encuentren que las palabras no son solo algo manido por el lenguaje sino que, en ocasiones, pueden presentársenos como el rostro sereno de una estatua desenterrada en un yacimiento arqueológico. Solo hay que saber aguardar, esperar y, al final, desempolvarlas de todo su estruendo, sin miedo a abrazar sus silencios.

SILENCIO

PUNTUACIÓN: 4 CABALLOS (Sobre cinco).

Se subirán a este caballo:  Quienes se quieran dejar imbuir por la brillantez de la palabra sin miedo por no encontrar una experiencia teatral al uso.

Se bajarán de este caballo:  Quienes busquen un teatro de hechuras más convencionales donde la palabra sea menos vigorosa.

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FICHA ARTÍSTICA

Texto y dirección: Juan Mayorga

Con Blanca Portillo

Diseño de espacio escénico y vestuario: Elisa Sanz

Diseño de iluminación: Pedro Yagüe

Diseño de espacio sonoro: Manu Solis

Fotografía: Javier Mantrana

Maquillaje y peluquería: Thomas Mikel Nicolas

Ayudante de dirección: Viviana Porras

Ayudante de escenografía: Sofía Skamtz

Una coproducción de Avance Producciones Teatrales Entrecajas Producciones Teatrales

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Una crítica de Mi Reino Por Un Caballo

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