ALFONSO, EL AFRICANO. De aquellos «polvos» estos lodos.

El monarca Alfonso XIII, tiene una pasión: su gusto por el cine pornográfico. Pese a todas las dificultades de su época, dará rienda suelta a sus deseos de producir cine para adultos, dejando de lado el rumbo y gobierno del país, en medio de una crisis social que, los suyos, le pronostican que podría acabar derivando en la venida de la II República.

Esta podría ser una suerte de sinopsis de la obra «Alfonso, el Africano» que, con texto de Chiqui Carabante, Font García, Vito Sanz y Juan Vinuesa, dramaturgia de Chiqui Carabante y protagonizada por Font García, Juanfra Juárez, Pablo Peña (músico en directo) y Vito Sanz, nosotros hemos podido ver en la sala de la Princesa del Teatro María Guerrero, en Madrid.

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Conocido por el pueblo como el Borbón Calavera, o el Golfo, el enclenque, el piernitas o Bubi, (que era como le llamaba su madre María Cristina), la fama de putero y predecesor del cine para adultos de Alfonso XIII es la parte del todo que toman los integrantes de la compañía teatral Club Caníbal para radiografiar en clave de sátira o parodia al monarca y, más allá, para leerle la cartilla a los Borbones como saga.

El legado de Alfonso XIII supone un indiscutible marco de comparación con los avatares más recientes de la monarquía española. Tanto que podríamos decir que de aquellos «polvos», estos lodos. Amantes, sexo, cuernos, una campechanía consistente en la mediocridad cañí o castiza y una más que cómoda proximidad a lo dictatorial (Primo de Rivera en el caso de Bubi o Franco y los jeques de Oriente Medio en el caso del Emérito), la obra que pudimos ver en el María Guerrero no dejaba de mantener dos relatos: por un lado, el relato o la narración del anecdotario picarón de la figura de Alfonso XIII y por otro, tal vez más implícito, el relato poderoso de una estirpe de botarates que llegarán  con su estela hasta nuestros días. Botarate era lo que decía de «el Piernitas», el mismísimo Gregorio Marañón. Un botarate criado entre faldas y sotanas que, según nos cuenta la pieza, estaba más preocupado por producir sus películas y saciar sus apetitos (en todos los sentidos, no solo el sexual, porque el campechano rey debía comer mucho o, al menos, eso cuentan algunas crónicas). No olvidemos la España en la que aquel hombre se movía: coronado rey nada menos que a la edad de dieciséis años, apoyó en su reinado el golpe de Primo de Rivera y reinaría junto al dictador que dimitiría meses antes de la llegada de la Segunda República en 1931. Su reinado, en lo social y económico, podríamos inscribirlo en una etapa de crisis cronificada. El Rey era conocido por su apoyo a los sectores ultraconservadores del ejército en una España que deseaba hurtarle poderes a los caciques; una España en la que comenzaba a fraguarse una oposición al régimen de la Restauración. Oposición formada por republicanos, socialistas, anarquistas o nacionalistas. He ahí, en la pieza, la aparición de las reivindicaciones catalanistas (no, no relacionadas, otrora, con las leyes del mercad audiovisual).

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No sabemos si la representación de la parte por el todo puede trazar la semblanza de una figura como la de Alfonso XIII, pero tal vez esa parte ocupaba un buen pedazo de su biografía. El retrato que nos llega es bastante cómico, incluso diríamos que el de un imbecilizado patán lleno de inseguridades, bocachancla sin demasiados reparos, babosete y trasunto del español aquel, que algunos años más tarde, en plena transición, veríamos en las películas protagonizadas por ejemplo por actores como Alfredo Landa.

Tras ver la obra, el personaje de «el Calavera» podría llegar a inspirar cierta compasión, porque así está elegida su representación: para provocar la gracia o la perplejidad de la audiencia (o hasta de la propia Princesa Leonor que aparece en la obra a modo de muñeca de ventrílocuo y observa, diríamos pasmada, los avatares de quienes la precedieron en esto del reinado peninsular).

Si Valle-Inclán hubiese escrito esta pieza, sin duda, su mirada sería aún más esperpéntica y menos compasiva con el rey que abandonó España cuando llegó la Segunda República. Se le atribuye a Valle-Inclán aquella frase de «Los españoles han echado al último Borbón no por Rey, sino por ladrón”. Ladrón y botarate como apelativos de parte de dos figuras superlativas de nuestra historia. Dicen que cuando se largó de España, Alfonso (el africano), se fue a Francia (no a Oriente Medio, ni a África, aunque sí solía viajar a Sudán), y que se quejó de que no estuviesen abiertos los prostíbulos al llegar a las tres de la madrugada, en concreto a Marsella, donde atracó su barco. Campechanía en estado puro, ya lo ven ustedes. Eso debe heredarse, como la hemofilia. Sus gustos eran los que eran y, por suerte o por desgracia (porque estas cosas no salen en los libros de historia), han tenido que venir a contarnos, en el teatro, de qué estirpe proceden nuestros reyes y reinas (una España no tan lejana, la de principios del S. XX).

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En escena, lo primero que queremos destacar, por encima de todo, es la maravillosa escenografía de Walter Arias que convierte la pequeña Sala de La Princesa (casualidad el nombre) en una especie de Lhardy o, mejor aún, un castizo Toni 2 (sin piano, eso sí). Muy bien logrado para recrear o evocar un ambiente de vis a vis con el público en un marco a medio camino entre cabaret, casa de putas y reservado para tomar un té con pastas (del gusto de Victoria Eugenia de Battenberg).

Los intérpretes muestran su mejor voluntad frente a un texto que, a veces, logra brillar con la sorna que siempre buscamos en las producciones de Club Caníbal y, otras veces, se queda corto de mecha y tarda en remontar vuelo. Nos encandila, especialmente, Vito Sanz (en varios roles), pues el actor posee esa cualidad de cómico capaz de rastrear y hallar la trufa madura bajo la tierra de su oficio (créannos, hasta sudar a chorros en escena). Su interpretación y su entusiasmo van de la mano y son francamente elogiables. Es él, además, quien carga con el peso del foco de la función pese a no ser la galaxia Alfonso XIII que cae en manos de un Font García más irregular y monótono.  

Dirección, en apariencia, más ausente de la cuenta dejando en manos del flow el ritmo de la propuesta (sentimos que en una apuesta un tanto escorada hacia la representación con ribetes de improvisada; como si se les dijese a los actores: que parezca natural, que fluya como si os saliese sin haberos aprendido el texto a pies juntillas).

Por lo demás, en el repertorio del anecdotario, aunque no se cite en la pieza, creemos que podría haberse hecho alguna mención a quién era el cómico favorito de Alfonso XIII: Fatty Arbuckle: un predecesor de Chaplin que se convirtió en figura de primer nivel en el Hollywood de principios del S.XX. Un tipo gordo con la habilidad de recibir tartazos en la cara o imitar a los bebés con su grititos y sus gestos. (De hecho, en uno de sus viajes a Hollywood, con el mismísimo Douglas Fairbanks, Alfonso XIII le pidió a este que le presentase a Arbuckle). El cómico del cine mudo pasaría a la historia maldita, de ese Hollywood de los pioneros, tras ser acusado de la violación y muerte de la joven modelo y actriz  Virginia Rappe. Todo en orden.  O como diría «El Africano»: «Qué injusticia. Eso podría haberle pasado a cualquiera» al enterarse de que Arbuckle había sido estigmatizado por el Hollywood de la época tras revelar la autopsia a Rappe que esta había sufrido una violación con una botella de champán introducida salvajemente por el cómico.

Alfonso, el Africano, o Bubi, como le decía su madre, murió en 1941 en el Gran Hotel de la ciudad de Roma, cuentan que abrazado a un manto de la Virgen del Pilar y exclamando algo así como: «Dios mío, España! A saber. Quién nos puede desmentir que no dijese: «Lo siento, me he equivocado y  no volverá a pasar».

En cualquier caso, como diría de él Pío Baroja, todo «esencialmente cursi». Tan cursi que ha dado para esta obra, «Alfonso, el Africano» que nosotros diríamos que no es cursi sino, al contrario, divertida, socarrona e inteligente. 

ALFONSO, EL AFRICANO

PUNTUACIÓN: 3 CABALLOS (Sobre cinco).

Se subirán a este caballo: Quienes busquen una comedia capaz de mirar en retrospectiva en el controvertido pasado de la Monarquía de este país.

Se bajarán de este caballo: Quienes no gusten de comedias que vayan más allá de la superficie y además se sientan a gusto en su papel de lacayos o súbditos.

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FICHA ARTÍSTICA

Texto

Chiqui Carabante, Font García, Vito Sanz y Juan Vinuesa

Dramaturgia y dirección

Chiqui Carabante

Reparto

Font García, Juanfra Juárez, Pablo Peña (músico en directo) y Vito Sanz

Escenografía

Walter Arias

Iluminación

Benito Jiménez

Vestuario

Salvador Carabante

Música

Pablo Peña

Movimiento

María Cabeza de Vaca

Ayudante de dirección

Vanessa Espín

Ayudante de escenografía

Víctor Longás

Proyecciones

Curro Ferreira (Director de fotografía) Sules García (Ayudante de cámara) Annamaria Scaramella (Coordinadora de postproducción)

Fotografía

Luz Soria

Tráiler

Bárbara Sánchez Palomero

Diseño de cartel

Equipo SOPA

Realizaciones

Creators of Legends, Artefacto Escenografía, May Servicios para el Espectáculo y Peroni (Escenografía)

Producción

Centro Dramático Nacional

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Una crítica de Mi Reino Por Un Caballo

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