NO TODO EL MUNDO PUEDE SER HUÉRFANO. No todo el mundo puede entender este humor francés

Es navidad y unos padres en edad de jubilarse comunican a sus hijos, en una comida en casa, que han vendido el domicilio familiar. Ante tal noticia, los hijos montan en cólera. La decisión de los padres, incomprendida por sus hijos, servirá de disparador de conversaciones en torno a todas esas cosas que suelen barrerse bajo la alfombra. 

Esta podría ser una suerte de sinopsis de la obra «No todo el mundo puede ser huérfano» (Tout le monde ne peut pas être orphelin) que, con dirección de Jean-Christophe Meurisse y producción de Chiens de Navarre, nosotros hemos podido ver en la Sala verde de los Teatros del Canal, en Madrid. 

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Hagamos, primero, si’l vous plaît, un viaje etimológico a través de una expresión francesa muy conocida; una formada por dos palabras: enfant terrible. Como galicismo, ha llegado hasta nuestros días para hacer referencia, en sentido figurado, a ese tipo de personas precoces, creativas, capaces de ser originales, brillantes en el desarrollo de su talento de forma poco ortodoxa. Los favoritos de la crítica. Pero, en su origen, enfant terrible significaba literalmente eso: niño terrible. Un niño (o niña) malcriado, caprichoso, desafiante. Lo que hoy los psiquiatras atienden por Trastorno por hiperactividad con o sin déficit de atención. 

Bien. Chiens de Navarre llegaba así, a los Teatros del Canal. Descritos como unos enfants terribles con dramaturgias para un público devoto de puestas en escena creativas, de textos inteligentes; un público devoto de un humor transpirenaico: alejado del peninsular, cubierto de otra gloria (falsamente idealizada). Claro que sí. Pues lo que nosotros nos encontramos en «No todo el mundo puede ser huérfano» es que no todo el mundo puede entender este humor francés. Un humor escatológico que solo pretende escandalizar arañando en la superficie y que, por medio de sus ocurrencias se convierte, par moments, en propuesta indolente, misógina a su pesar y, desafortunadamente, incapaz de reventar costura alguna. Incluso, en algunas escenas, logra ser tan tontorrona como cualquier mala comedia de Dany Boon.

Pero, por encima de todo ello, la palabra que mejor define esta obra es la de boutade. Una Boutade tomada en su acepción de “intervención ingeniosa para impresionar en un contexto social“. Del mismo modo que Leví-Strauss escribía, abriendo su obra «Tristes Trópicos», aquello de “odio los viajes y a los exploradores” antes de comenzar a hablar él de sus expediciones. Tal vez Leví-Strauss solo quería poner a su favor, desde el principio, a un perfil de lectores/as: aquellos/as, con posibilidades de viajar todo cuanto deseasen, capaces de sentirse con el derecho a la pataleta en un mundo en el que cada vez había más viajeros/as y no quedaba ya reservado para unos/as cuantos/as. 

Jean-Christophe Meurisse parece arrancar su dramaturgia con una boutade similar: voy a poner a parir a los malcriados niños de papá franceses en un mundo en el que cada vez hay más niños y niñas de papá malcriados (cuyas vidas, à moi, me generan una lejanísima empatía).  Et quoi d’autre? Sirvamos esta comedia en el molde de lo soez pero afrancesado. Lo soez, pero aburguesado. Un eructo mientras uno se toma una cena de picoteo mirando la Torre Eiffel sigue siendo un eructo.  Mierda se dice merde, en francés. No hay escapatoria.

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En la casa de esta familia burguesa, con pasta, que ha aceptado una oferta de compra de su vivienda por unos 500 mil euros, no sabemos si se vota a Mélenchon o Macron (todo indica que demonizan al segundo, pero es al que votan) aunque, por cómo se comportan en algunas escenas, podríamos decir que son votantes ideales del Frente Nacional. El discurso de intenciones del hijo (un speech casi Trumpista) al arranque de la obra, una vez que se entera de que sus padres venderán la casa familiar, tiene alguna chispa, pero parece salido de una ristra de tópicos en torno a la izquierda radical (con reproches incluidos al mayo francés del 68).

Lo que viene después es una especie de totum revolutum muy bien presentado, eso sí: en un escenario amplísimo, con una escenografía en la que no falte de nada para dejar al público con buena impresión estética. Si hay que hacer que la cocina, tan apañada, entre y salga para que el público tenga la referencia de que esta familia es de clase media alta, pues se hace. Si hay que reproducir el malestar de las cenas familiares, pero de un modo directo, sin soslayos, pues se mete un retrete y a una de las actrices con fuertes retortijones al borde de la diarrea y se hace que el retrete colapse de excrementos. Luego, unos cuantos gritos (otra vez algún chiste sobre Macron), alguna idea sin desarrollar, un hijo en pelota picada dando saltos por la casa, mamando de las tetas de su madre (insinuaciones de violación materna de otro de sus hermanos), una representación alegórica de Medea, unas cuantas conversaciones intrascendentes mal subtituladas (parlait de tout et de rien) y un final inexplicable con dos cierres: el de la muerte/ la soledad del padre y el de Monsieur Sapin y su hijito. Coucou… le revoilou.

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Salvan de su propia auto trampa, a esta propuesta, aspectos que están en otros lugares alejados del texto: una dirección significativa dentro del caos, dentro del revuelo, y bien manejada para toda la polvareda que pretende levantar, un discurso escenográfico que arropa, aunque apuesta por lo convencional al representar, sin más, un domicilio de clase media alta; un original diseño de vestuario (particularmente en el apartado del disfraz de árbol de nieve), unas más que correctas iluminación y sonido y unas interpretaciones libres, fieles completamente a una dramaturgia que juega sus cartas apostando, sin rodeos, a la parodie facile.

Estos chiens de Navarre resultaron ser eso: chien qui aboie mais ne mord pas.

 

NO TODO EL MUNDO PUEDE SER HUÉRFANO.

 

PUNTUACIÓN: 2 CABALLOS y 1 PONI (Sobre 5)

Se subirán a este caballo: Quienes gusten de todo lo que huele a francófono.

Se bajarán de este caballo: Quienes no deseen que les den gato por liebre. Por muy parisino que sea el minino. 

FICHA ARTÍSTICA

Dirección: Jean-Christophe Meurisse
Colaboración artística: Amélie Philippe
Intérpretes: Lorella Cravotta, Charlotte Laemmel, Vincent Lécuyer, Hector Manuel, Olivier Saladin, Lucrèce Sassella, Alexandre Steiger
Dirección técnica y maquinista: Nicolas Guellier
Decorados y montaje: François Gauthier-Lafaye
Creación de iluminación: Stéphane Lebaleur y Jérôme Pérez
Creación de sonido: Isabelle Fuchs y Jean-François Thomelin
Sonido: Isabelle Fuchs
Iluminación: Stéphane Lebaleur
Vestuario y maquinista: Sophie Rossignol
Producción: Chiens de Navarre

Coproducción: Les Nuits de Fourvière-Festival International de la Métropole de Lyon; TAP -Théâtre Auditorium de Poitiers; La Villette, París; ThéâtredelaCité – CDN Toulouse Occitanie; TANDEM scène nationale; Le Volcan scène nationale du Havre; MC93-Maison de la Culture de la Seine-Saint-Denis; Maison des Arts de Créteil

Con el apoyo de: Ferme du Buisson scène nationale de Marne-la-Vallée y el fondo de integración de la École du Théâtre National de Bretagne. La Compañía Chiens de Navarre cuenta con el respaldo del Ministerio de Cultura y Comunicación -DRAC Île-de-France y la Región de Île-de-France como parte de la Permanencia Artística y Cultural

 

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Una crítica de Mi Reino Por Un Caballo

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