IRA. ¿Qué ha hecho Salvador para merecer esto?

Un hijo que está a punto de recibir un ascenso en el cuerpo de policía en el que trabaja recibe la llamada de su madre. Esta le pide que vaya a casa porque tiene algo importante que contarle: Por un lado, algo al respecto de su padre biológico y por otro, que hay una persona muerta en el retrete.

Esta podría ser una suerte de sinopsis de la obra «Ira» que, con texto de Julián Ortega, dirección de Dan Jemmett e interpretada por Gloria Muñoz y Julián Ortega, nosotros hemos podido ver en la sala principal del Teatro Español, en Madrid.

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Que el humor tiene sus propias pulsaciones, eso ya lo sabemos todos. Reírse es un asunto muy serio. Hacer reír, como aspecto previo, todavía más. El texto que trae Julián Ortega a escena es un buen arranque para darse a conocer en el no siempre demasiado bien nutrido mundo de la comedia teatral, poblada en exceso, eso sí, de simplezas y piezas más que superficiales. ¿Este autor tiene talento? Sí. Definitivamente. Ira es un buen texto, ma non toppo. O es un buen pretexto. Es decir, un texto a partir del que depurar todavía algunos elementos deslavazados del que aprender para afinar un mejor texto la próxima vez. Diría que le sobran, sí, algunos cabos sueltos en forma de chascarrillos vulgarizados propensos al tic, al cliché, pero que, oigan, tomada como carta de presentación posee su gracia y lo que es más importante, una genuina voluntad de construir una historia.

En este caso, una historia hiperbólica que carga los tintes en un lenguaje ligero, llano, directo a un público genérico. Una forma calculada, que aglutina, en el fondo, algunas finas capas de mordacidad, de dentellada. Ortega tira de repertorio caricaturesco para hacer el retrato, a veces con brocha gorda, otras con pincel más fino, de dos personajes que podrían haber salido de fragmentos de obras cinematográficas de Javier Fesser (a veces), de una película de Mariano Ozores, (otras tantas).  Incluso, por momentos, sin duda aquellos que suceden en el cuarto de baño de la casa de la madre de Salvador, nos viene a la cabeza aquella película de Almodóvar llamada “Qué he hecho yo para merecer esto”. (Podríamos adjudicarle a la propuesta el sobretítulo: ¿Qué ha hecho Salvador para merecer esto?) Tal vez ayude también la estética pop que logra sobre el escenario Vanessa Actif: un más que gratificante diseño de escenografía que encierra a los personajes en unas reducidas dimensiones de la cocina del apartamento y que funciona estupendamente.

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Lo que le ocurre al texto es que se bifurca en direcciones que no terminan de converger ni dialogar entre sí. Por un lado la historia (divina) del Padre de Salvador y, por otro, la historia del banquero. Ambas tramas, entendemos que urdidas para comunicarse la una con la otra, discurren por carriles diferentes. Solo existe una posibilidad de hilvanarlas: la del disparate. Solo por medio de la asunción del disparate como artefacto narrativo, podemos entrelazar las historias. Diría que excesiva peripecia de los dos personajes en este engranaje.

Se abordan, además, asuntos de lo más variado: el tema de la propiedad y la dificultad de tener una vivienda digna, el abandono y degradación de los barrios más humildes donde no parece llegar la justicia social, el tema de la religión o, mejor dicho, del delirio religioso y la salud mental, los vínculos  madre hijo, la soledad de las personas mayores, etcétera. Tal vez demasiados asuntos que no terminan de andamiarse. Eso sí, a mí, me parece que el tema transversal que recorre la historia es el de la relación madre hijo. Como si todas las demás fuesen capas de bizcocho y el relleno (por fuera y entre las capas) fuese este asunto: cómo los padres se hacen mayores y los hijos se han largado, hace tiempo a hacer su vida, emancipados. Cómo los padres (aquí una madre), reclaman la atención del hijo, sea como sea, en un intento por tener compañía, por restablecer el vínculo que estaba a punto de quebrarse. Y para restablecer un vínculo precario, vale todo. El crimen, la locura. Sí. En clave de comedia negra que no llega a frivolizar con la salud mental, lo cual es importante, siempre considerando lo fácil que sería hacerlo. 

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Para mí, lejos de otros debates (como si este montaje es para la sala Principal de un teatro como el Español, o si el texto tiene más o menos zonas de penumbra), lo más importante de la propuesta es la complicidad madre hijo manifiesta en escena, la agilidad en el tempo que hace que los diálogos no se apelmacen y el disfrutable trabajo actoral. Es la primera vez que veo a Julián Ortega en escena y debo señalar que me ha resultado muy atractivo: se mueve con frescura, atento a un tono que encarrile bien su personaje; si bien parece partir de la premisa de un tipo que contiene su ira, vemos como va dosificándose en otros registros nunca ajenos a lo cómico. Me gusta. Sabe manejarse en escena y me lo creo. Me atrae. Por su lado, la actriz Gloria Muñoz está impecable: resuelta, gobierna cada escena, voluntariosa, entregada y metida en los meandros de una mujer de barrio, torpe al hablar, con carencias de alfabetización, un tanto enajenada y pragmática como pocas.

Detrás de toda la sorna y el batiburrillo delirante de comedia negra que es esta «Ira», se esconde, cómo no, el reverso más tenebroso de otras realidades: la del peso que recae sobre los hijos cuando ven que sus padres envejecen y han de hacerse cargo de ellos; la de pensar que has huido de tu sombra, para convertirte en otra persona, lejos de un barrio que aborreces y al que has de terminar volviendo con más bochorno que certidumbres, con más desaliento que respiro. Con más ira que entereza. Con mucha, mucha más ira que aplomo.

IRA

PUNTUACIÓN: 3 CABALLOS (Sobre 5)

Se subirán a este caballo: Quienes disfruten con dos interpretaciones estupendas y bien apuntaladas en la comedia negra.

Se bajarán de este caballo: Quienes huyan de un texto que, quizá, recale en el exceso de peripecias.

FICHA ARTÍSTICA

TEXTO: JULIÁN ORTEGA
DIRECCIÓN: DAN JEMMETT
REPARTO: GLORIA MUÑOZ Y JULIÁN ORTEGA
DISEÑO DE ILUMINACIÓN: FELIPE RAMOS
ESCENOGRAFÍA Y VESTUARIO: VANESSA ACTIF
AYUDANTE DE DIRECCIÓN: CHRISTOPHER KNIGHTON
FOTOGRAFÍA: JAVIER NAVAL

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Una crítica de Mi Reino Por Un Caballo

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