DÉJÀ VU. Ce n’est pas une vie

Un hombre se levanta, como cada mañana, para ir a su trabajo en una oficina. Cada día los mismos actos, la misma inercia. Imagina cómo sería su vida si pudiese soñar con otra existencia. Si pudiese evocar la posibilidad de otra realidad menos castradora. Bueno, al menos le queda eso: la imaginación.

Esta podría ser una suerte de sinopsis de la pieza «Déjà Vu» que, con idea, creación y dirección de Manolo Alcántara, nosotros hemos podido ver en la sala Guirau del Teatro Fernán Gómez de Madrid.

 

 

Seguro que más de una vez, vosotros/as lectores/as, os habréis preguntado algo tan trascendente como: cuál es la diferencia entre imaginación y fantasía. Parece difícil dar salida a una respuesta bien ponderada a tal pregunta si no es con la ayuda de la filosofía. Pues bien, la filosofía (gracias, filosofía), siempre nos ilumina y viene decirnos que la fantasía puede considerarse como una imaginación sin reglas o frenos. Algo similar a lo que decía Kant con respecto a que la fantasía sería la imaginación produciendo imágenes sin quererlo. Por último, no menos importante, el romanticismo nos dice que la fantasía destaca por poseer un carácter de imaginación creadora.

El denominador común de todas estas ideas reside en la transgresión que comporta fantasear (mucho más que el que se deriva del ejercicio de imaginar). Nos gusta este modo de verlo. No sabemos desde donde se planteó Manolo Alcántara su circo surrealista; su espléndido espectáculo visual de danza, música, canciones y marionetas. Suponemos que comenzó por imaginar. Imaginar a ese hombre, que él encarna en escena, levantándose de la cama, deseando seguir dormido, resistiéndose a la vigilia, condenado a comenzar un día luchando contra los elementos más cotidianos: la cama, la indumentaria, los espejos. Suponemos que, después, llegó la hora de introducir la fantasía en esta maravillosa pieza que es «Déjà Vu». Porque el personaje transita incorporando lo irreal a lo real, mezclando lo ordinario con lo monstruoso. Lo simbólico con lo prosaico. 

Lo que el espectáculo acaba generando en el público, si se parece algo a lo que generó en nosotros, debería ser un auténtico goce. A nosotros nos dejó boquiabiertos de felicidad. Todo es genuino en la construcción del universo al que asistimos con independencia de las imágenes o conexiones que cada cual pueda establecer según sus referentes emocionales o personales. Fíjense: al que escribe le llegaban referencias al mundo Kafkiano de obras como El Castillo. El personaje que Alcántara interpreta en escena bien podría ser un agrimensor trabajando inmerso en una rueda de papeleos y burocracias paralizantes. Es cierto que el propio autor y creador, en el programa de mano y dossier de prensa , hace mención a otro referente muy poderoso: el Bartleby de Melville (suponemos que por aquellas resonancias del “preferiría no hacerlo”).

 

 

Algunas escenas no traían a la mente el imaginario de las películas de Spike Jonze (indiscutiblemente por esa oficina en la que trabaja, en la que lo material absorbe todo lo humano siendo capaz de transformarlo en engranaje del sistema. Inevitable pensar en Chaplin y en Tiempos Modernos (por supuesto). Hay un buen número de momentos (tanto en la habitación del protagonista como en la oficina) de número cercano al slapstick cómico, matizado aquí porque el golpe se regatea con diestras y fascinantes coreografías.

Alcántara se sirve del cuerpo como lo haría un orfebre para elaborar un hermoso trabajo de filigranas. Filigranas, aquí, corporales. Su cuerpo se bate con los elementos escenográficos y logra lo más complicado: hacer que la poesía entre, tímida, poco a poco en la danza, se sume a lo circense y termine por hacerse visible del todo en forma de extrovertida, edificante, saltarina.

Sin rodeos, podemos decir que hay un trabajo muy bien hecho en todos los sentidos y en todas las partes implicadas en este montaje: desde la idea, creación y dirección del propio Manolo Alcántara a la composición musical, el diseño de iluminación, sonido, construcción de títere, (que belleza ese títere escalando los cajones del mobiliario de oficina). Mención especial para el espacio escénico (diseño y construcción de escenografía) que se convierte en otro personaje de la historia.

No podemos dejar de evocar a Magritte en otras escenas de esta alucinación hipnopómpica que compuesta con acertadísimo ritmo. Pensamos, ahora, en ese bombín que, primero grande para la marioneta, luego gigante para el protagonista humano, rueda por la escena a modo de peonza domesticable.

 

 

Recordamos aquella famosa frase escrita en uno de los lienzos del pintor Belga (perteneciente a su serie de pinturas “La traición de las imágenes”), aquella que rezaba «Ceci n’est pas une pipe» («Esto no es una pipa»).

Sí. Y nosotros, tomando como referencia la dura existencia del personaje de este «Déjà Vu», podríamos decir «Ce n’est pas une vie» («Esto no es una vida») pues colegimos que detrás de todo el poderoso artefacto circense mostrado en escena con agilidad, brío y humor, hay, al mismo tiempo, una apelación a reflexionar  en torno a la inercia que nos puede envolver a todos; una apelación a reflexionar en torno al problema de ceder frente a la realidad y no confrontarla con la dignidad de la imaginación, con vehemencia de la fantasía.

Ahora que termina el 2020, solo deseamos que el Teatro Fernán Gómez (o cualquier otro teatro) vuelva a programar esta delicia que merece tanto la pena y que, para nosotros, ocupa podio en lo mejor de este año en la cartelera madrileña.

 

DÉJÀ VU.

PUNTUACIÓN:  5 CABALLOS (Sobre 5)

Se subirán a este caballo: Quienes quieran toparse con un hallazgo maravilloso.

Se bajarán de este caballo: ¿Bajarse de este caballo ganador? Como que no.

 

***

FICHA ARTÍSTICA

Idea, creación y dirección:  Manolo Alcántara.
Composición musical y arrendamientos: Laia Rius.
Intérpretes: Laia Rius, Manolo Alcántara y Andreu Sans/Sílvia Compte.
Suporte intérpretes: Joan Trilla.
Diseño iluminación y sonido, y técnico:  Ivan Tomasevic. 
Diseño y construcción títere: Toni Zafra.
Vestuario: Rosa Solé.
Atrezo y acabados pictóricos: Xavi Erra.
Diseño escenografía: Manolo Alcántara.
Construcción escenografía: Eduardo Fernández Cia. Manolo Alcántara.
Producción musical: Pep Pascual y Laia Rius.
Ingeniero de sonido, mezclas y máster: Pep Pascual.
Gestión y Producción: Clàudia Saez.
Distribución:  Portal71.
Producción: Cia. Manolo Alcántara.
Suporte a la producción: Alfred Fort y Clàudia Saez para La Destil·leria.
Co-Producción: Grec Festival de Barcelona
Suporte: ICEC-Generalitat de Catalunya y  el INAEM.
Suporte intérpretes: Joan Trilla.
Suporte a la producción: Alfred Fort y Clàudia Saez para La Destil·leria

 

 

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Una crítica de Fjsuarezlema

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