VEINTE MIL LEGUAS DE VIAJE SUBMARINO. El mar no pertenece a los déspotas

Una expedición para capturar un monstruo marino se ha puesto en marcha a bordo de la fragata Abraham Lincoln. En ella, entre otros viajan en profesor Pierre Aronnax, su ayudante Conseil y el arponero Ned Land. Por desgracia, el monstruo no es tal monstruo marino sino un submarino,, bautizado como el Nautilus y comandado por el Capitán Nemo. El Nautilus ha derribado al Abraham Lincoln y Aronnax, Conseil  y Ned Land han sido secuestrados por Nemo para mantener en secreto que el monstruo no existe. ¿Liberará el Capitán a los tres hombres pese a que estos sepan su secreto?

Esta podría ser una sinopsis de la obra «Veinte mil leguas de viaje submarino», clásico de la literatura de Julio Verne que la Comedié Française ha adaptado al teatro y que, nosotros, hemos podido ver  en su paso por los Teatros del Canal de Madrid.

 

Nemo, el capitán Nadie, el que creía que un hombre podía vivir solo (asunto este que, años después en la novela La isla misteriosa, del propio Verne, el mismo capitán habría de desconfirmar), es el personaje central de esta aventura que ha hecho soñar y ha sido tan edificante y estimulante para generaciones de lectores e incluso para otros autores y escritores  (Turguéniev, Tolstói, Bradbury o Rimbaud son solo algunos de ellos).

Verne escribió sus veinte mil leguas a modo de sublimación de la realidad. Seguramente queriendo reflexionar en torno a las injusticias políticas de su tiempo, en rebeldía con los desatinos de los que era testigo, el autor francés se embarcó en la prosa de la fantasía científica del Nautilus para poder hablar, entre otras cosas, de la revolución, de la justicia y el derecho. Hay una poética tan importante en esta obra que es imposible no pensar en esta novela y evocar el fondo del mar, evocar lo abisal, lo misterioso del fondo de los océanos; pensar en medusas gigantes, en krakens, pensar en ir a bordo del submarino, surcando los mares, sentado en un sillón en la biblioteca del Nautilus, mientras la vida terrestre queda relegada a una fantasmagoría de la que huir.

Con el Premio Molière 2016 de creación visual y el marchamo de ser una producción de la Comédie-Française y el Théâtre du Vieux-Colombier, esta adaptación teatral, a cargo de Christian Hecq y Valérie Lesort, llegaba a los Teatros del Canal con hechuras de para todos los públicos en su afán por democratizar (si es que no lo estaba ya) la narración de Verne, otorgándole una pátina de humorismo e ingenuidad un tanto alejadas de las verdaderas intenciones del autor que la escribió allá por 1869.

Si hacemos caso a las palabras de Raymond Russell, este autor ya alertaba, en 1921, de las genuinas intenciones de Verne en sus obras. Russel decía: «Es tan monstruoso el dárselo a leer a los niños como el hacerles aprender las fábulas de La Fontaine, tan profundas, ya que muy pocos adultos tienen capacidad para apreciarlas». Hete aquí el asunto. En el patio de butacas de la sala de los Teatros del Canal, muchos padres y madres con sus hijos e hijas, dispuestos a pasar un buen rato (¿Acaso no se trata de eso, también, el teatro?) ajenos y ajenas, tal vez, al subtexto de las capas y capas de esta obra de Verne.

 

De esa primera parte, del divertissement, se ocupará, sin rodeos, esta versión/adaptación teatral. Todo está al servicio de la búsqueda de la carcajada fácil (aunque sea con subtítulos), del gag (que no precisa tanto de la palabra como de la acción). Y, en esos menesteres, esta pieza viene surtida: acciones pintorescas, bufonescas; personajes de caricatura pensados para quedarse en una representación más infantilizada, ligera, que adulta. Y pese a todo, aceptablemente disfrutable y, par dessus tout, visualmente agradable en su apartado técnico (más valorable que el apartado interpretativo, desde luego) en lo que a control de marionetas gigantes se refiere.

Marionetas que nos llevan al fondo del mar sin estar en el mar, sin necesidad de artefactos tecnológicos tipo video escena, hologramas o imágenes por ordenador. Es delicioso, ambidiestro, el trabajo con las sutilezas para crear los fondos marinos, los movimientos de los peces, las medusas, sus danzas, sus lentas o rápidas coreografías. Son de admirar, por su capacidad de trasladarnos a otro universo, casi tomado del mundo del cómic, las creaciones del Kraken y sus tentáculos en la batalla del animal con el Nautilus. Nos agrada, nos hace pasar un buen rato y ese es el principal objetivo de la propuesta por mucho que, de un modo más o menos deliberado, se encargue, también, de hacernos suspender el juicio, de hacernos no ver el otro monstruo (nótese la cursiva y la metáfora) que se esconde en esta obra de Verne: el monstruo de la crítica a la sociedad, el de la defensa del individualismo libertario, el de la profunda y pertinente reflexión acerca de aquello de que «todo lo que un hombre es capaz de imaginar es capaz de hacerlo realidad» (incluso si hablamos de su libertad y desobediencia ante los mandatos). No sabemos si Verne había leído a Thoreau, pero ambos se parecen mucho en algunas de sus ideas (por ejemplo en la del autoexilio del mundo: Nemo en su Nautilus, Thoreau en su cabaña junto al lago Walden).

Aquí en lugar de un Capitán Nemo que nos recuerde al enfebrecido James Mason de la versión cinematográfica, tenemos a un actor cuyo personaje es pura y dura caricatura y nos recuerda más a Elmer Gruñón, el personaje de los dibujos animados de la Warner Bros. Nada que ver con el hombre que Verne nos retrata en su obra: un tipo con sensibilidad y gusto artístico, que conoce bien la ciencia, con fuerte sentido de la justicia, y que abriga un gran odio. Por no hablar del papel de su mano derecha en el Nautilus, que queda aquí retratado con más torpeza y bobaliconería. No destaca esta pieza por la capacidad interpretativa de su reparto ni por la fidelidad a la novela en lo que a temperamento y profundidad deberían tener sus personajes. Au contraire, todo se vertebra en aras de hacer desaparecer cualquier rastro de profundidad en los asuntos de la pieza en aras de privilegiar la comedia absurda, tontorrona y de, creemos, potenciar otros aspectos relacionados con la técnica de las marionetas (que es el valor principal de esta propuesta).

 

 

Poco conformes con el menosprecio a la profundidad (nunca mejor dicho) de la historia pervertida, aquí, mediante las reglas de la comedia al tratar de sacar, así, el Nautilus a la superficie (entiéndase, a la superficialidad) restándole valor a la propuesta al transformarla en lúdica en exceso, sí podemos concederle, con todo, un más que notable por sus guiños al ecologismo, (en el pez que aparece con una bolsa de plástico) y un sobresaliente por la técnica del uso de las marionetas en su capacidad evocadora.

En cualquier caso, nada puede cambiar ese alegato hermoso y militante de Nemo cuando este exclama que en el mar, el hombre jamás está solo. Que el mar no pertenece a los déspotas. Que en el fondo del mar esta la independencia, no hay amos y, sí, se es libre. Ay, la libertad. Ahí es nada. Esa frágil posibilidad que, ojalá, todos podamos sentir, como Nemo, algún día.


VEINTE MIL LEGUAS DE VIAJE SUBMARINO

PUNTUACIÓN: 3 CABALLOS y 1 PONI (Sobre 5)

Se subirán a este caballo: Quienes esperen disfrutar con el estupendo trabajo de marionetas.

Se bajarán de este caballo: Quienes no estén dispuestos a sacar el Nautilus a la superficie.

 

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Ficha artística

Premio Molière 2016 de Creación visual

Basado en la obra de Julio Verne

Adaptación y dirección: Christian Hecq y Valérie Lesort
Escenografía y vestuario: Éric Ruf
Luces: Pascal Laajili
Sonido: Dominique Bataille
Creación de las marionetas: Carole Allemand, Valérie Lesort
Asistente de escenografía: Delphine Sainte-Marie
Asistente de vestuario: Siegrid Petit-Imbert
Producción: Comédie-Française, Théâtre du Vieux-Colombier

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Una crítica de Fjsuarezlema

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