ANTOINE, EL MUSICAL. Una rosa sin espinas

Antoine de Saint-Exupéry fue el autor de una de las obras más vendidas de la literatura mundial: el Principito. Pero quién está detrás de la figura de este escritor, cómo llegó a escribir esa historia y de qué manera su vida influyó en su escritura. Una semblanza de sus avatares biográficos es lo que se lleva a escena para acercarnos a la figura del escritor francés.

Esta podría ser una sinopsis de «Antoine, el musical» que, escrito y dirigido por Ignasi Vidal, nosotros hemos podido ver en el Teatro Cofidis Alcázar de Madrid.

Una semblanza rápida de Antoine de Saint-Exupéry nos hablaría de que fue escritor, escribió varias obras, pero sin duda la más conocida es El principito (o, casi mejor, en español: El pequeño príncipe). Esa semblanza nos esbozaría, también, otros datos significativos de su vida: fue un reconocido piloto, (trabajó para el correo postal francés en vuelos internacionales, también en aerolíneas Argentinas. Hijo de familia acomodada (su padre era un Conde), condecorado por el gobierno francés con la medalla de la Legión de Honor, viviría una temporada en Argentina donde fue director de una aerolínea postal y donde iniciaría su carrera como escritor con una novela corta titulada «El aviador». Se casó con Consuelo Suncin, escritora y artista salvadoreña, considerada su musa con la que tuvo una relación turbulenta. Con la llegada de la Segunda Guerra Mundial y la ocupación nazi de su país, Francia, Antoine se mostraría en contra del régimen de Vichy comprometido como pacifista y en contra del nazismo. Podríamos añadir más datos, pero no es el sentido de esta crítica. Centrémonos en cuál es la semblanza que nos presenta la escritura de «Antoine, el musical» y qué partes nos han gustado más y cuáles menos.

 

 

Comencemos por su estructura narrativa. Ignasi Vidal compone un collage bien interconectado por elipsis y saltos temporales en torno a hitos vitales en la biografía de Saint-Exupéry que permita hacer una foto panorámica sin entrar en demasiados matices, pero, en sí misma, coherente. La esencia es vertebrar un discurso que relacione la vida del autor con su obra (mejor, con una de sus obras) y para ello el foco recaerá,  fundamentalmente, en la germinación, escritura y publicación de El principito y en su relación con las mujeres que existieron en su vida, en concreto, Consuelo Suncin, así como algunas pinceladas de contexto socio-político que nos permitan un acercamiento a la figura del escritor como hombre contrario a la guerra, en particular, a la que le tocaría más de cerca, la Segunda Guerra Mundial. Es este musical una rosa sin demasiadas espinas.

Las acciones ocurren en diferentes momentos temporales ( en una horquilla que va de los años 20 a los años 40 del siglo XX) y lo biográfico se mezcla con la poética de ensoñación del autor dialogando con el personaje más icónico de su autoría. El resultado es satisfactorio:  todo está bastante bien balanceado, se hace agradable, ágil y, en general, todos los intérpretes mantienen el nivel de la función. La obra se ve con agrado y pese a que no se trata de un musical de gran formato (con grandes decorados, cambios de vestuario o destacados números musicales y coreografías) sí podemos decir que pone en valor su esencia: la bonhomía del mensaje de su libro más vendido.

 

 

Destacamos varios aspectos en positivo: La interpretación de Shuarma, ya no solo en la parte musical cantada del espectáculo, sino su pertinencia interpretativa a la hora de poner palabras, emociones a un Principito que le cae como anillo al dedo (o como estrella a la noche). Si aceptamos al principito como encarnación de lo naif, de una pureza  cuasi virginal, carismático desde su mirada añiñada y regresiva, alejado de toda racionalización, empeñado en dejar constancia de que no hay que esperar a ser adulto para abrazar una suerte de sabiduría, pues entonces aceptaremos que Shuarma encarna a la perfección todos sus dogmas (Sí, el principito es más dogmático de lo que podríamos llegar a reconocer).

Del resto del reparto, destacar la versatilidad del conjunto y, en particular, del otro protagonista Javier Navares que encarna a Antoine. Quizá, por las claves del texto (que entendemos está bien documentado) nos llama la atención esa encarnación escorada a lo Hemingway que se hace del perfil de Saint-Exupéry: un hombre que destacaba más en su mirada poetizada y romántica que en su volatilidad temeraria. Echamos en falta una descripción más matizada de su ética, de su moral, más allá de la pincelada de pacifista, pero comprendemos perfectamente que no se trata de entrar en un aspecto biográfico concreto. Sin embargo, si por algo destaca su principito, su obra más conocida, es por su asunción de una ética. Él, a diferencia de otros como Hemingway, cuando hubo que elegir entre lo urgente y lo importante, apostó por narrar lo importante: el lado de bestia que tienen los seres humanos en las guerras.

Destacado también el aspecto escénico, de la mano de Alessio Meloni, con esa gran bola/planeta, con artilugio elevador incluido, que soporta la centralidad del escenario y, aunque resulte poco sofisticado, imprime dinamismo y sencillez a la propuesta. 

En el apartado musical, en la línea de la sencillez, Elefantes envuelve las letras, tomadas de El Principito como leitmotiv, con una aureola de ingenuidad que no desentona, pero, eso sí, opta por tender a la repetición, a la coda, como efecto galvanizador hasta el final, teniendo presente esa idea central del tiempo dedicado a la rosa como aquello que la hace especial y única.

 

 

En este musical, en aras de apostar por poner el foco en la relación de Saint-Exupéry con las mujeres de su vida, se ha dejado de lado el hacer más hincapié en cómo sus posiciones políticas provocarían la animadversión de la Francia ocupada del Mariscal Pétain hacia su figura, pero también las voraces críticas de De Gaulle y los suyos. Antoine sufrió mucho, hacia el final de su vida, por cómo los gaullistas lo tildaron de colaboracionista, nada menos, intentando echar por tierra la fama del escritor al etiquetar su libro de El principito como libro juvenil, tratando de desmerecerlo. Esto llevó al escritor a una etapa en la que el alcohol se convirtió en fuente de escapatoria.

Son muchos los que sostienen que Antoine de Saint- Exupéry dejó en esta obra un testamento literario, una biografía poetizada, dirigida antes a los adultos que al mundo infantil.

Solo un aviador puede tener la perspectiva de un mundo visionado desde el aire, tomar distancia real con la tierra y encontrar que, desde las alturas, poco deben preocupar cuestiones que sí preocupan más con los pies en el suelo. Su vida no fue un camino en línea recta, porque en línea recta no se puede llegar muy lejos. Antoine de Saint-Exupéry moriría tomando una decisión ética en una guerra: atacando a dos aviones alemanes. Él no iba armado. Su avión sólo disponía de una cámara. Fue, por tanto, un suicidio. Una decisión ética. Sea la que fuere.

Para terminar, una cosa más: será el tiempo que paséis viendo este musical lo que lo hará que sea importante.

 

ANTOINE, EL MUSICAL

PUNTUACIÓN: 3 CABALLOS Y 1 PONI (Sobre 5)

Se subirán a este caballo: Quienes gusten de musicales equilibrados y de acercamientos biográficos.

Se bajarán de este caballo: Tal vez quienes hubiesen deseado un tratamiento menos blanco y bonachón.

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Ficha artística

Autor y director: Ignasi Vidal

Elenco y voces principales:

Javier Navares , Shuarma, Beatriz Ros, Alberto Vázquez, Carmen Barrantes, Paula Moncada, Víctor Massán, Vicenç Miralles y Ana Dachs.

Equipo creativo:

Escenógrafo: Alessio Meloni

Diseño de iluminación: Felipe Ramos

Coreógrafo: Mariano Botindari

Pianista y dirección musical: Sasha Alexander Panchenko y Ángel López

Música: Elefantes.

Idea Original, y productor ejecutivo: Dario Regattieri

 

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Una crítica de Fjsuarezlema

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