TIBURÓN. El proyecto del brujo de Barahona

En el S. XVI, el evangelizador español José María de Barahona llega hasta las playas de la isla de Tiburón, la isla más grande de México. Allí, en la parte oeste de la isla, vivían los Tocariku, en total aislamiento hasta la llegada del evangelizador sevillano. La proeza de Barahona, más allá de hombre de fe, como la propia de todo un aventurero y osado explorador, es lo que tratará de ser llevado a escena.

Esta podría ser una suerte de sinopsis de la pieza «Tiburón» que la compañía mexicana Lagartijas tiradas al sol ha traído a Madrid, en el marco del Festival de Otoño 2020, y que, nosotros, hemos podido ver en el Centro de Cultura Contemporánea Condeduque.

Sabemos que quebrantar los límites, o transgredirlos, suele realizarse como ejercicio para exceder cualquier aprehensión armoniosa. El teatro puede (y debe) erigirse en artefacto capaz de contar una historia, atrapar al espectador, y si a eso le puede sumar la idea de confrontar la realidad, retratarla o elevarse, en su defecto, como poderoso espacio para la evocación, para la fantasía, pues bienvenido sea. No importa que, en el teatro, la belleza no sea la ordinaria. Es ese el enorme patrimonio del arte dramático: que el hecho teatral puede ampliar la mirada sobre lo bello, haciendo que, incluso lo siniestro, lo grotesco, puedan respaldarse como otras categorías de belleza.

Veamos qué es lo que nos hemos llevado tras la experiencia de esta pieza performativa, a su manera, llamada Tiburón.

Ya conocíamos a la compañía Lagartijas tiradas al sol y debemos señalar que acudíamos con mucho interés pues, en su día, su paso por Madrid con la obra «Tijuana», a nosotros nos pareció extraordinario. El resultado no ha sido similar en esta ocasión. Entremos en detalle.

Lagartijas tiradas al sol copian, al milímetro, la ingeniería de su anterior propuesta (tal vez porque en aquella sí funcionaba): la narración, guiada por un actor, hacia una realidad escogida (en este caso, la hazaña de un evangelizador del S. XVI y su llegada hasta una isla llamada Tiburón). La fórmula empleada es sencilla: una suerte de teatro guiado, narrado por medio de la plástica de las imágenes, de los objetos, y sobre todo del relato. En «Tijuana» este resorte propulsaba la pieza y todo fluía con un ritmo estupendo, pero en este trabajo, las cosas se han torcido. En «Tiburón», el relato se diluye, se desdibuja, al ser troceado y compartimentalizado en un juego de muñecas rusas en las que ora se habla de Barahona en tercera persona, ora el actor nos dice que él es Barahona encarnado a modo de pseudo delirio al que se quiere dar aureola de realidad.

El actor no dramatiza. El actor, aquí, es lo más parecido a la audio guía descatalogada de un museo que es mejor visitar por cuenta propia. Sus explicaciones y evocaciones de las hazañas de José María de Barahona son inusualmente desangeladas y pierde el ritmo en un alto porcentaje de la propuesta. Si la compañía mexicana nació con la intención de articular un teatro que no dejase de hablar con el público, en esta propuesta el público, quizá, elegiría, si pudiese, una escucha menos forzada del asunto.

Lázaro Gabino, el actor, se compromete con el simulacro hasta un punto un tanto innecesario que guarda relación con el hecho de explicarnos que, en un momento de la historia, ya no está hablando de Barahona sino que, en realidad, él se ha convertido en Barahona. Al existir tan poca documentación al respecto de la vida y obra del evangelizador sevillano, es lógico que esta dramaturgia se pueda erigir en semblanza apócrifa, en relleno o fabulación de las lagunas documentales.

El actor nos relata una serie de pasajes a medio camino entre lo ficcional y lo documental, mediante escenas trenzadas con austeridad. Se sirve de presentación de documentos, de textos recuperados, de vídeos de amigos y conocidos (del actor) que nos hablan del interés de Lázaro Gabino por reconstruir los pasos de Barahona (de los vídeos de Internet que aparecen en algunas transiciones, poco podemos decir más que suenan a artificio y pegote sin sustancia). Nos quedamos con los dibujos que se van presentando y que sí contribuyen a crear ese halo de misterio, ese efecto de inquietud que sí se logra por momentos. Nos recuerda, demasiado, al mismo ejercicio, en las formas, que ya podíamos observar en ese tipo de películas del género del found footage o metraje encontrado que inauguraría, con éxito, la cinta El proyecto de la bruja de Blair.

Hay aquí, del mismo modo, un brujo, y una búsqueda, y un viaje iniciático; mucha palabrería, artificio simbólico y muchos rodeos para vertebrar ese efecto de lo sobrenatural, de lo esotérico, de lo tétrico que llama a un suspense efervescente. Es este el proyecto del brujo de Barahona de Lázaro Gabino. La búsqueda de la hibridación entre biografía, documento e historia, no alcanza el lugar que se esperaba.

Nos quedamos con la pieza vista como un intento de llegada, con la buena intención de una sinopsis que resulta atractiva por cuanto tiene de descubrimiento y de Juanrulfonesco por esa cohabitación de lo misterioso y lo real (Tiburón juega a ser Comala, pero no lo es ni lo alcanza); nos quedamos con esas partes que tiene de inclasificable, con esa «intrusión brutal del misterio en el marco de la vida real» que es lo que rige lo fantástico (que diría Todorov). Pero, sí, debemos reconocer que nuestra predilección llega, en este caso, tan solo hasta ahí.

Por desgracia, el mordiente de este «Tiburón» no ha dejado mucha impronta en nuestra boya.

TIBURÓN

PUNTUACIÓN: 2 CABALLOS Y 1 PONI (Sobre 5)

Se subirán a este caballo: Quienes gusten de proezas narradas a medio camino entre documento histórico e invención.

Se bajarán de este caballo: Quienes sientan vértigos frente a relatos huecos de teatralidad.

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Ficha artística

Autoría: Lagartijas tiradas al sol

Textos: Juan José Saer, Elisa Ramírez Castañeda, César Aira, Rosana Guber, Fernando Benítez, Olivier Debroise, Michael Taussig y Nigel Barley

Dramaturga: Luisa Pardo

Intérprete y coordinación: Lázaro Gabino Rodríguez

Espacio escénico e iluminación: Sergio López Vigueras

Pinturas: Pedro Pizarro

Diseño: Juan Leduc

Asesoría artística: Chantal Peñalosa

Vídeo: Carlos Gamboa

Producción: Teatro Unam, Zurcher Theater Spektakell yLagartijas tiradas al sol

lagartijastiradasalsol.com

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Una crítica de Fjsuarezlema

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