SIGLO MÍO, BESTIA MÍA. La encrucijada del desconsuelo

Una joven viaja en un barco, a los mandos de un piloto. El suyo será un viaje interior antes que marítimo. Un viaje de aprendizaje a través del que comprenderse a sí misma y, tratar de comprender, el mundo que le rodea, asediado, entre otros, por el terrorismo y las crisis migratorias.

Esta podría ser una suerte de sinopsis de la obra «Siglo mío, bestia mía» que, con texto de Lola Blasco y dirigida y escenografiada por Marta Pazos, nosotros hemos podido ver en el Teatro Valle-Inclán, sede del Centro Dramático Nacional, en Madrid.

Como si la autora, Lola Blasco, se hubiese topado, en su día, en la encrucijada del desconsuelo; como si, al igual que a Boecio, se le hubiese presentado una duda existencial Epicúrea del tipo: ¿de dónde viene el mal, si metemos a Dios en la ecuación? O, mejor, ¿de dónde proviene el bien si eliminamos a Dios de dicha ecuación?, «Siglo mío, Bestia mía», como texto literario, podría ser leído a modo de personalísimo tratado sobre los temores, la desesperanza y cómo, sobre estos, impactan, con todas sus fuerzas, el amor, la fe o los vínculos.

 

 

Tenemos a una chica, un tanto naif, (podría ser vista como una Princesita, a lo Saint-Exupéry) que observa, a babor y a estribor, el mundo que le rodea y que no parece reconfortada: un mundo repleto de desigualdades, tiranos, sátrapas, dictadores y colmado de guerras cruentas, de perdedores, de derrotas. El mal campando a sus anchas. Blasco trenza un texto íntimo en el que se puedan vertebrar dos escenarios: el micromundo de la protagonista (su saldo de números rojos y batallas perdidas) con el macromundo, más amplio, de la sociedad en la que vive. Como texto, literariamente, no hay dudas de una escritura muy interesante que, en este particular, se articula, ostensiblemente, a lo largo de unos rieles inconfundibles: los de lo poético. Y en ese vértice visible de la escritura poetizada de Blasco no sabemos si hay, de manera consciente o inconsciente, un desasosiego a lo Pessoa, quizá, en el caso que nos ocupa, algo más pirotécnico. Realidad frente a ensoñación. Realidad como parte dura, carcelaria, relato del horror y la tragedia y ensoñación como rincón reservado a la pureza, a la idealización, al consuelo. Si hay que hacer ensoñación de una bestia, se hace. Todas las bestias son pardas. O, todas, acaban representando un ser paradigmático en el que cabe todo. Aquí, la bestia es un animal marino (con resonancias Melvillianas) que parece estar merodeando en un mar desasosegante. Lo prosaico, que atraviesa la obra, en su escritura, a modo de metáfora de anclaje recurrente, es el asunto de los nudos. Los nudos que hace el Piloto y que siempre está dispuesto a enseñar a la protagonista cómo hacerlos; los nudos como algo rudimentario y a la vez poderoso para hablar de los afectos, de los vínculos, o, en su extremo más negativo, de las ataduras, de los miedos que nos amarran y que nos ahogan.

No sabemos si tildar el texto de excesivamente abstracto, desperdigado en su mirada multiverso, alejado de un mapa concreto capaz de topografiar un territorio deliberadamente poetizado, y por ende, indefinido, nebuloso, pero sí podemos confirmar que la escritura avanza libérrima, tanto que lograr echarle las redes y sacar algún pez, resulta una proeza en su salto a lo dramatúrgico, en la posibilidad de ser encarnado por personajes verosímiles.

 

 

En ese apartado, el de las interpretaciones, nos encontramos con una forzada, pero serena, dirección. Tres personajes principales tratando de verbalizar lo inefable,  de hacerse cargo de una épica bastante impermeable y, en ocasiones, desapegada de la emoción; dos actores y una actriz a los que, pronto, dejamos de ver como personajes para aceptar (o no) como rapsodas, hasta el final. La interpretación más convincente, la de Miquel Insua en su papel del Piloto. Se afana por plantar sus pies en la tierra, su ancla en el fondo del mar, digamos que su texto también se lo permite. Diferente suerte corren, a nuestro juicio, Lola Blasco (que también actúa) o Bruna Cusí (papel principal).

El papel de Cusí nos aparta por completo de su discurso e incluso nos hace juzgarlo demasiado reiterativo en lo que a ademanes, cadencia de voz, gestos se refiere. Su interpretación choca contra los rompientes, no avanza de manera atractiva y, pese a que entendemos que su personaje es el que es, nos resulta tornadizo, antojadizo, falto de una verdad que debería portar. Oírla hablar, es solo uno de los ejemplos, de Sadam Hussein y su ahorcamiento, suena demasiado hueco para la profundidad que debiera alcanzar. No nos estremece. No nos convence.

En lo que corresponde a las incursiones, a modo de transición, de Lola Blasco como Cuaderno de Bitácora, sentimos que la intención es buena, pero nos cuesta digerirlo por lo que implica de ruptura con el resto de la partitura, del tono. Como si en una película como Solaris, entre escenas, apareciese una especie de Kate Bush con hechuras de Dolly Parton, cantando acerca del cosmos y la aflicción humana. No sabemos qué decir. Suponemos que responde a un intento, precisamente, por puentear el ritmo denso y lento de las demás escenas; desagraviarlas, marcando una coreografía sui generis. ¿Funciona? No estamos seguros de ello.

El papel del buzo, encarnado por Hugo Torres propende a lo sobreactuado en su forma de decir, de mostrar su personaje, y su temperamento está trufado, en lo verbal, de aspavientos que sobran. Su interpretación resulta un tanto extenuante.

 

 

Si la obra late, y sigue latiendo hasta el final, es por su hipnótica escenografía. El agua como protagonista y el color azul cubriéndolo todo. Los azules que contrastan, a la perfección, con los naranjas de los chalecos salvavidas, de las zodiacs. Todo parece salido de una película de Wes Anderson, (a la que le añadiésemos una buena dosis de desesperanza). Marta Pazos escoge con sabiduría y elige qué discurso de imágenes puede ser el más evocador, el que mejor vista la propuesta, resolviendo con acierto. También es verdad que la escenografía tiene algo de constreñido al forzar a observar un escenario que no es cambiante, inamovible, porque el agua no se puede desalojar de escena hasta que baje el telón. Pese a todo, hace que las acciones fluyan y posean belleza, crudeza, lirismo, épica. Las mejores escenas: la de las cabezas de los y las niñas ahogados o la de la niña con cara de muñeca (que interpreta Blasco) sobre la zodiac.

La iluminación de José Alvaro Correia, la coreografía de Amaya Galeote, el vestuario de Carmen Triñanes o la música de José Díaz y Hugo Torres se suman para darle un plus a lo ya comentado.

Hermosísimos los reflejos del agua, algunos movimientos en escena, el contraste de colores funcionando visualmente, los sonidos de la bestia, la luz entrando por los agujeros del telón a modo de constelación.

No dejamos de recomendar la pieza, desde luego, pero también sentimos que, en un balance final, con «Siglo mío, bestia mía», llevada a escena, pasa lo mismo que decía Pessoa con los campos: «Los campos son más verdes en su discurso que en su verdor»

 

SIGLO MÍO, BESTIA MÍA

PUNTUACIÓN:  3 CABALLOS (Sobre 5)

Se subirán a este caballo: Quienes amen el teatro que imita la poesía (que no al revés)

Se bajarán de este caballo: Quienes hambrientos de una historia se nieguen a salir empachados de épica.

 

***

Ficha artística

Texto: Lola Blasco

Dirección y escenografía: Marta Pazos

Reparto: Lola Blasco (Cuaderno de bitácora), Bruna Cusí (Yo), Jose Díaz (Niño), Miquel Insua (el Piloto), César Louzán (Otro niño) y Hugo Torres (el Buzo)

Iluminación: José Álvaro Correia

Vestuario: Carmen Triñanes

Coreografía: Amaya Galeote

Música: Jose Díaz y Hugo Torres

Trabajo de palabra: Miguel Cubero

Ayudante de dirección: Vanessa Espín

Ayudante de escenografía: Carmen Triñanes

Esculturas: Jose Perozo

Diseño de cartel: Javier Jaén

Fotografía: Luz Soria

Con el apoyo de: AGADIC – Consellería de Cultura e Deportes da Xunta de Galicia

Colabora: Fundación SGAE

Coproducción: Centro Dramático Nacional y Voadora

 

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Una crítica de Fjsuarezlema

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