LA GEOMETRÍA DEL TRIGO. Agua pasada sí mueve molino

Una pareja a punto de tener su primer hijo, cuya vida transcurre con tranquilidad en un pueblo del sur de España, recibe la visita de un viejo amigo de la infancia del marido. Pronto, la mujer se enterará de que entre su marido y su amigo parece haber algo más que una amistad y ella decide emigrar para afincarse en Cataluña pidiéndole a su marido que nunca la busque ni a ella ni a su futuro hijo. Pasados los años, es ese hijo el que acude al sur, al Pueblo, tras enterarse de la muerte de su padre.

Esta podría ser una suerte de sinopsis de la obra «La geometría del trigo» que, con dramaturgia y dirección de Alberto conejero, nosotros hemos podido ver en el Teatro Galileo de Madrid.

Desde su título, la obra de Conejero ya resulta atractiva. «La geometría del trigo» es ya, en esas cuatro palabras, todo un relato, un título colmado de evocaciones, como salido de la estrofa de un haiku. Y aunque con la habitual mirada costumbrista (mutatis, mutandis) en su acercamiento a la realidad social de tres generaciones distintas: la de la abuela, la de la  hija y la del nieto, el autor logra escribir un relato local, pero universalmente reconocible, en el que las relaciones entre padres e hijos, los vínculos y los apegos, son los protagonistas.

El asunto del retorno es en esta pieza algo más que una anécdota y se convierte en categoría. Los que se han ido, y que no han podido tener la oportunidad de despedirse, de contarse, son convocados por los que se quedan, por los que siempre estuvieron esperando una explicación, una razón para comprender.    El hijo que nunca comprendió al padre del que solo sabe que no formó parte de su vida, de su crianza, y sin embargo regresa a transitar por ese lugar tan desasosegante como puede ser, a veces, el territorio de los afectos, de las carencias. Aquí, el hijo del padre que ya se ha ido, no es el que vuelve a sus orígenes para revelar un secreto sino, al contrario, para que le sea revelado. Para que su historia pueda encontrar esa brújula que es el sentido de la existencia. No hay, en este personaje, nada que nos recuerde a hijo pródigo, ni a un Meursault Camusiano o al Louis de  Jean-Luc Lagarce en «Tan solo el fin del mundo».

El hijo que vuelve en «La geometría del trigo» es tan solo el pretexto para contar la historia del padre (y alrededores). De hecho, la historia de pareja que ocurre en la actualidad es la menos atractiva de la trama cobrando toda la atención al historia del padre, su mujer y un tercer hombre que llega al pueblo, antes de que el hijo haya nacido. La escritura de Conejero es cristalina, limpia; es grano, antes que paja, revolotea y se enreda en lo cotidiano, en lo mundano, y lo eleva con un pulso para lo poético con el que el autor está dotado. Nos parece bellísimo el artilugio metafórico y evocador de la mina y la piedra escondida en la roca porque es, desde ese juego metafórico, desde donde resuena el eco de otra metáfora en la trama: debemos saber escudriñar en aquello que está oculto en los adentros de nuestras biografías. La minería, aquí, casi podría ser vista como trasunto de aquel reconocible aserto inscrito, a modo de advertencia, en el templo de Apolo en Delfos: «conócete a ti mismo».

¿Cómo seguir adelante cuando un secreto se ha convertido en una rémora que nos arranca la piel a pedazos hasta sentir que un día acabará dando un bocado en el hueso? En este sentido, la obra es una apelación a la tolerancia, al perdonarse a uno mismo, porque solo algo así puede restituir la serenidad de una persona o de una comunidad. Todo secreto no revelado acaba transformado en una amenaza, en una imposibilidad de libertad. Lo sabe bien el personaje de la madre que, por medio de una carta, quizás mas tarde que pronto, intenta rehabilitar la figura de un padre fantasma, de un padre censurado. Uno podría pensar que estas cosas ya no pasan, pero estaría pensando mal porque estas cosas pasan a menudo.

En todas las cosas están ocultos significados y si no fuese así, como dice Melville, el mundo sería una cifra vacía. Cada biografía ordinaria da para una dramaturgia, pero, solo algunos saben levantar los pliegues y escribir maravillosamente la historia de los significados ocultos.                                    Aquí, Alberto Conejero lo hace con soltura y suena más genuino que en «Todas las noches de un día» y más genuino que en «Ushuaia».

Además de firmar el texto, dirige la pieza y en eso acierta igualmente. Empezando por un casting equilibrado, que encaja en la partitura dramatúrgica. Todos  y cada uno de los intérpretes están estupendos, no desentonan en absoluto, pero hemos de destacar a tres de ellos.

Por un lado, Consuelo Trujillo que borda con una hondura inapelable su papel de abuela. Su presencia es magnífica. Provoca algo similar al hecho de poder atisbar una especie autóctona entre especies invasoras. Un roble, en medio de un bosque de eucaliptos. En ella todo es saber hacer, impronta, huella y la obra se eleva cada vez que se pronuncia. Destacamos también, la presencia de José Troncoso, como actor, en un papel que destila sencillez y humanidad a partes iguales. Su encarnación del viejo amigo, que regresa al pueblo con la excusa de comenzar un proyecto y restaurar un antiguo molino, es francamente genuino en el gesto, en el detalle, en la solidez de sus sentimientos. Por último, Juan Vinuesa, en el papel de padre, se emancipa de sus papeles en comedia y nos sorprende con una brillante interpretación del hombre atormentado, del padre interceptado por su propia autocensura.

«La geometría del trigo» es un duelo que comienza, una búsqueda que termina; una historia de emociones replegadas en la garganta.

Y, también, cómo no, la demostración de que, a veces, los refranes se equivocan porque agua pasada también puede mover molinos.

LA GEOMETRÍA DEL TRIGO

PUNTUACIÓN: 3 CABALLOS Y 1 PONI (Sobre 5)

Se subirán a este caballo: Quienes se dejen seducir por una historia de sabor local y gusto universal.

Se bajarán de este caballo: Quienes no sientan predilección por los relatos costumbristas.

***

FICHA ARTÍSTICA

Dramaturgia y dirección: Alberto Conejero
Reparto: José Bustos, Zaira Montes/Alicia Rodríguez, Eva Rufo, José Troncoso, Consuelo Trujillo/Susana Hernández y Juan Vinuesa
Espacio escénico: Alessio Meloni
Diseño de iluminación: David Picazo
Vestuario: Miguel Ángel Milán
Espacio sonoro: Mariano Marín
Audiovisuales: Bruno Praena
Ayudante de dirección: Alicia Rodríguez
Coordinación técnica: Leticia L. Karamazana
Fotografía: marcosGpunto
Comunicación: Lemon Press
Producción ejecutiva: Kike Gómez
Producción: Teatro del Acantilado
Con la colaboración del Centro Dramático Nacional, La Estampida, Producciones Teatrales Contemporáneas y el apoyo del Ayuntamiento de Vilches (Jaén), y la Diputación de Jaén. Con la colaboración de la Comunidad de Madrid.
Residencia artística desarrollada en Cuarta Pared.

Una crítica de Fjsuarezlema

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