NOCHE OSCURA. The end is where we start from

Dos hombres cuelgan de una cuerda, boca a abajo, intentando zafarse y pisar suelo firme. Mientras, en la distancia, otro hombre dormita. Cuando los tres hombres por fin se encuentran, comienza su camino de descubrimiento que podrá llevarles, o no, a la iluminación, a la transformación.

Esta podría ser una suerte de sinopsis de la pieza «Noche oscura» que, con dramaturgia de Sergio Martínez Vila y dirección y espacio escénico a cargo de Salva Bolta, nosotros hemos podido ver en la sala Francisco Nieva del Teatro Valle-Inclán de Madrid.

De acuerdo con algunas de las líneas que podemos leer del director de la pieza, en esta «Noche oscura» se encuentra muy presente la figura de San Juan de la Cruz, más allá del título. Muchos de sus textos aparecen a modo de mantras en medio de la perfomance sobre el escenario. También desfilan por la propuesta un buen número de símbolos propios de la mística islamista o sufí dado que la simbología mística musulmana (y su imaginería, su cripticismo, su manera alegórica de narrar) dejaría una importante impronta en la literatura mística española (teniendo como principales figuras a San Juan de la Cruz y Santa Teresa).

En escena aparecen símbolos como la embriaguez mística por medio del mosto o vino hecho a base de granada, el fuego o la llama del amor viva, el agua o la fuente mística, la subida al monte (que es en este caso un enorme hueco dejado por un meteorito), el pulso ascético (de los hombres que luchan contra las tentaciones, apetitos sensuales, vicios) e incluso diríamos que, de modo más forzado, el símbolo del pájaro en esas imágenes de hombres que cuelgan de una suerte de columpio en referencia al alma humana, vista por San Juan de la Cruz como un pájaro. Todo ello está presente, y mucho más, en esta pieza que, debemos decir, posee al mismo tiempo otro de los principales atributos de la mística o el trascendentalismo: su moldura de inefable.

El misticismo es incompatible con el pragmatismo. Con encontrar un asidero al que agarrarse que equivalga a una certeza. Y hay una buena dosis de esta arbitrariedad en esta «Noche oscura». No se sube a escena para mostrar certidumbre sino para detonarla o, mejor aún, para vaciarla. Y no todo el mundo resiste el vaciado de un prejuicio, de un dogma, pues todos titubeamos ante lo incierto. Tomemos la pieza como un canto a la incertidumbre, como un paseo por un puente colgante con vistas al abismo, pero un abismo que está arriba igual que está abajo. Una subida al Monte de la nada, donde aprender a serlo todo.

Recordemos que un buen místico cree que no se puede hablar de lo que no se puede hablar. Entonces, ¿debemos asumir esta propuesta como un tránsito experiencial, vivificante, reparador, extenuante, reflexivo? Todo al mismo tiempo, tal vez. Lo que sucede es que la experiencia sobre las tablas es tan intransferible y personal (la de los actores) que poco puede salpicar al público que es, más que nunca, convidado de piedra. Nosotros no bebemos el mosto de granada, no nos lavamos en esa fuente que está en el escenario, no tocamos la masa, las piedras del suelo, y el resultado, para unos más que para otros, claro, puede ser muy desigual. La paradoja de la mística es: ¿Cómo expresar lo que no se puede expresar? ¿Cómo expresar lo que es intrapsíquico y no interpersonal? (Algo tan complejo como lo sería expresar las sensaciones de alguien que está teniendo un viaje con peyote desde el interior al exterior?) Esta voluntad de la mística de querer apaciguar cualquier aprehensión, choca con la voluntad del teatro de querer decir, de querer contar.

En lo que respecta a los textos que escuchamos en la pieza, diremos que no terminan de provocarnos una sensación demasiado descifrable por ser textos un tanto anodinos en su conexión de los unos con los otros como fragmentos de diáspora narratúrgica. Diríamos que parecen no ensartarse del todo, no hibridar del todo, en el resto del relato, ni encajar con la escenografía.

En el apartado de la dirección escénica, firme es el pulso de Bolta para llevar a los tres actores al territorio inhóspito de lo infranqueable, para hacerles contar aquello que es imposible contar, para hacerles portadores de los signos y los símbolos, como tres objetos más al servicio del ritual próximo a lo junguiano. Tres interpretaciones que recalan en lo homoerótico; tres Adanes que, quizá, no interpretan pues solo prenden la antorcha que nos mostrará el interior de esa caverna que es el espíritu.

La propuesta del espacio escénico, de nuevo en manos de Salva Bolta, nos resulta enigmática y formulada exquisitamente.

Bolta es un director al que deseamos ver más al frente de la dirección por su impronta, por su mirada innovadora, talentosa, versátil, siempre acertada. Su capacidad para moverse en los márgenes y redondear una propuesta, es la propia de un gurú, de un chamán, capaz de regatear con cualquier proyecto y elevarlo a las alturas. Él es, probablemente, lo mejor de esta «Noche oscura» que como obra, y como diría el Vedanta Hindú, es neti neti (o sea, ” no es ni esto ni aquello”).

«Noche oscura» nos recuerda que el alma es alguien (que no algo) con quien dialogar, que la oscuridad es un buen contexto para dejar marchar viejos hábitos y que el final puede ser un principio o como lo escribió tan maravillosamente T. S. Elliot (influido por San Juan de la Cruz) que “The end is where we start”.

NOCHE OSCURA

PUNTUACIÓN: 3 CABALLOS (Sobre 5)

Se subirán a este caballo: Quienes busquen mística porque crean que esta se pueda contar.

Se bajarán de este caballo: Quienes crean que la mística solo se puede “caracterizar”.

***

FICHA ARTÍSTICA
Sergio Martínez Vila (Dramaturgia)
Salva Bolta (Dirección y Espacio escénico)

Reparto: Sergio Jaraiz, Darío Sigco y Carlos Troya.
Carlos Andrés Mozo (Iluminación), Teresa Martin Ezama (Videocreación), Luis Miguel Cobo (Espacio sonoro),
Iker Arrué (Coreografía) y Juanma Romero Gárriz (Ayudante de Dirección).

Producción Centro Dramático Nacional.

Un proyecto de investigación del Laboratorio Rivas Cherif.

Una crítica de Fjsuarezlema

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