REY LEAR. El camino al perdón

El rey Lear quiere conocer cuánto afecto y cariño sienten sus tres hijas hacia él. Teniendo eso en cuenta, el rey hará un reparto de su herencia. Dos de sus hijas no reparan en elogios. La tercera, solo le dirá que lo quiere como padre y nada más. El rey Lear, ofendido, castiga a esta última desterrándola a Francia. Pasado el tiempo, Lear se dará cuenta de que se equivocó al repudiar a su hija puesto que el tiempo ha puesto las cosas en su sitio y el cariño que decían tenerle sus otras dos hijas, no era tal.

Esta podría ser una suerte de sinopsis de la obra «Rey Lear» de William Shakespeare que, con dirección y dramaturgia de Ricardo Iniesta, protagonizada por Carmen Gallardo de la compañía Atalaya Teatro, nosotros hemos podido ver en la Sala Guirau del Teatro Fernán Gómez de Madrid.

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Shakespeare inventó el teatro humano. Un teatro cuyos personajes se sondean a sí mismos. Se observan, se juzgan a sí mismos, se espían. Todo es conciencia en acción. Personajes devorados por dentro, a través del pesar de sus actos, de lo que sienten, de lo que piensan e incluso ocultan. Es un excelente muestrario de tal calibre la presente tragedia de «Rey Lear». El rey que espera la fidelidad de sus tres hijas para hacer un reparto de su poder. El rey que se ve confrontado por el acto reflexivo de una de sus hijas favoritas, Cordelia, que rechaza las adulaciones sin más. Cordelia, la pragmática. La obcecada. La que puede poner no solo en jaque su propio devenir, sino el de todo un imperio como el de Britania. La naturaleza humana es engendrada en «Rey Lear» y demuestra en la obra su capacidad de destrucción.

¿Es este texto una obra sobre el amor paterno filial? ¿Sobre el vacío humano y sus alrededores? Cuántos han hablado de que esta obra nos lleva de lleno al sinsentido del poder, a las calamidades de la ambición. Más allá de dar respuesta a estos interrogantes, que no es nuestro objetivo, sí vemos en este texto de Shakespeare una firme voluntad por hablar de la misericordia y la compasión, como si «Rey Lear» mantuviese la tesis de la importancia de las segundas oportunidades. En ese sentido, y pese a todo el dolor y a la tragedia contenida en la historia, nos quedamos con la mirada piadosa del autor que sabe compadecerse de los errores de sus personajes. El perdón parece un redentor aquí. Un redentor entre padres e hijos.

Así, la tragedia se aligera, se suaviza, al considerar el punto de vista que subyace: errarum humanun est. Lejos de un maquivelismo desbordante, encontramos, sobremanera, una mirada compasiva. Sí, podemos pensar en Lear como el hombre cuya ceguera no le permite ver las consecuencias de sus actos, (al que los árboles no le permiten ver el bosque). Lear no se detiene a pensar en que su decisión puede traer una guerra civil, un desgaste para la monarquía absolutista. Ese es Lear, sí. Pero la historia se teje en otras direcciones. ¿Podemos exigir el cariño? No. El cariño, el amor, es el acto de mayor espontaneidad. Otro tipo de entrega. Sin embargo Lear lo exige, lo demanda (entendemos que más como un acto de lealtad). Lear se presenta aquí como un iconoclasta pues rompe el orden establecido, transmuta el estado de las cosas que parecían ordenadas, bien encajadas. Él es responsable de hacerlas saltar por los aires. Y desde ese lugar, de detonación inicial, la obra nos llevará a otra tesitura final bien distinta: la sanación, la redención, el perdón.

Todo ello responde a una espiritualidad en la escritura del texto que parece atravesado por la moral cristiana. Cuando la culpa y la compasión combaten, gana siempre esta última. El Lear padre quedará restaurado. No tanto el Lear rey. (Pese a que lo importante es el padre, el humanizado en su rol de hombre que pierde el afecto de sus hijas acercándose a la vejez).

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Indagar en el texto es maravilloso y didáctico, pero, vayamos ahora a la parte de la representación que la compañía Atalaya lleva a las tablas. Su Rey Lear es muchas cosas.

Es una obra dirigida magistralmente. Con un pulso dramatúrgico solvente. Iniesta, su director, nos sumerge en la propuesta de un modo apabullante y la hora y cuarenta y cinco minutos se nos pasa volando. Podemos decir que la dirección hace que todo fluya de un modo tan sencillo que abruma. La obra se sitúa en lo alto desde el principio, y desde ahí solo gana enteros hasta el final. Absolutamente brillante.

Es una obra cuyo espacio escénico imprime un plus a la propuesta. Tan solo unas mesas servirán para crear un castillo, un precipicio, un bosque, etcétera. Podemos asegurar que todo está tan bien coreografiado y que cada transición está tan lograda que solo podemos quitarnos el sombrero. Las escenas saltan de unas a otras sin perder ninguna fuerza, con todo el ritmo de una obra que posee potencia arrolladora. El estilo grotesco, hiperbólico, de farsa, repleto de gestualidad, suma. No encontramos nada que reste valor a lo que vemos sobre las tablas. Luces, vestuario, espacio sonoro, todo, absolutamente todo, se comporta y se conduce con extraordinaria maestría.

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En el apartado interpretativo, destaca una Carmen Gallardo que encarna el papel de Lear. Su plasmación de las miserias de este rey, ora anarquista, ora asceta, es asombrosa, imponente, impecable. Junto a ella, un elenco con una fuerza pasmosa que hace que la propuesta se eleve.

Otra de las interpretaciones que nos ha encandilado es la de Lidia Mauduit que en su rol de bufón del rey, nos resulta imprescindible. Maravillosa su presencia en cada momento en el que aparece. Es en ella donde vemos cómo de importante es la gestualidad, el dominio del cuerpo, del valor de estar en escena de modo tan consciente pese a no estar hablando. Su papel es magnético y destaca, para nosotros, como fundamental en el conjunto.

Quizá, dentro del reparto, a nuestro modo de ver, el personaje que encarna a Edgar y también al Rey de Francia, en manos de José Ángel Moreno es el que más nos chirría. Nos saca a menudo del relato y nos resulta menos verosímil. Con todo, la resultante de la ecuación es más que satisfactoria y, en conjunto, la obra brilla, resplandece.

La compañía Atalaya firma, con este Rey Lear, una inmejorable puesta en escena, dirección e interpretación del mito pastoral de Shakespeare, de este tratado sobre la naturaleza humana, sobre la ética de la responsabilidad de nuestros actos, sobre lo absurdo y errado del orgullo, la arbitrariedad y la ambición y en cuya tesis reside también la idea de que existe una poderosa herramienta humana para lograr dejar atrás las ataduras propias de las bestias; algo que cae como una lluvia suave desde el cielo a la tierra y es dos veces bendito pues bendice tanto al que lo da como al que lo recibe: el perdón.

REY LEAR

PUNTUACIÓN: 5 CABALLOS (Sobre 5)
Se subirán a este caballo: Quienes acudan buscando una propuesta impecable.
Se bajarán de este caballo: Nadie que guste del teatro se bajaría de este caballo.

FICHA ARTÍSTICA

Texto: William Shakespeare

Dirección y Dramaturgia: Ricardo Iniesta

Reparto: Lear: Carmen Gallardo
Kent : Joaquín Galán
Regan: María Sanz
Gloucester: Raúl Vera
Cordelia: Elena Aliaga
Goneril: Silvia Garzón
Bufón: Lidia Mauduit
Edgar: José Ángel Moreno
Edmund: Javi Domínguez
Oswald: Elena Aliaga
Albany: Raúl Vera
Corwnall: Joaquín Galán
Rey de Francia: José Ángel Moreno

Espacio Escénico: Ricardo Iniesta
Composición Musical: Luis Navarro
Dirección Coral: Marga Reyes y Lidia Mauduit
Vestuario: Carmen de Giles y Flores de Giles
Maquillaje, peluquería
y estilismo: Manolo Cortés
Texturizado y acabado
escenografía: Ana Arteaga
Utilería y atrezzo: Sergio Bellido
Coordinación técnica: Alejandro Conesa
Coreografía: Juana Casado
Diseño de Luces: Alejandro Conesa
Espacio Sonoro: Emilio Morales
Ayudante de Dirección: Sario Téllez
Asistente de dirección: Rocío Costa
Videos: Félix Vázquez
Fotos: Luis Castilla
Distribución: Victoria Villalta
Producción: Paz L. Millón
Administración: Rocío Reyes

Una crítica de Fjsuarezlema

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