JERUSALEM. El Paraíso perdido

Byron está a punto de ser desalojado de su vieja caravana estacionada en un descampado del bosque de Wiltshire. Las horas previas al desalojo, Byron es arropado por un puñado de jóvenes que suelen acudir a la caravana a fumar porros o a por su dosis de cocaína. Byron siempre tiene una historia para ellos y es conocido por organizar buenas fiestas regadas con alcohol y otras sustancias. Todo ocurre en los días en que ha desaparecido una joven, menor de edad, y el pueblo vive su feria anual, en plena festividad de San Jorge.

Esta podría ser una suerte de sinopsis de la obra «Jerusalem» que, escrita por Jez Butterworth (traducción a cargo de Cristina Genebat) y dirigida por Julio Manrique, nosotros hemos podido ver en Teatro Valle-Inclán de Madrid.

 

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William Blake, poeta británico, escribiría en 1804 su epopeya Milton, en la que aparecen los versos que hablan de (una nueva) Jerusalem. A día de hoy, desde 1916, esos versos del prefacio del poema de Blake suenan como un himno, gracias a la partitura compuesta por Hubert Parry. Un himno que se puede escuchar en lugares tan diversos como el bodorrio del príncipe Guillermo con Kate Middelton, en torneos de cricket, de rugby, en funerales y hasta en las reuniones y actos del Instituto de las Mujeres de Reino Unido.

Blake, el lunático, el que decía haber visto a Jehová asomado a la ventana de su casa cuando era niño o al mismísimo Voltaire (visitas alucinógenas o autoinducidas). Alucinaciones de un poeta caído en el olvido y rescatado, a posteriori, por la modernidad. De ese autor parte (y en él confluye) Butterworth en su pieza, tan apegada a lo telúrico, a lo bucólico, a ese ideal de arcadia inglesa a la que el propio Blake apelaba, a su manera, igual que, antes, lo había hecho otro de los iconos de la literatura inglesa: John Milton (anecdotario: también se le aparecería a Blake en sus alucinaciones/visiones). 

En «Jerusalem», el autor sustancia su historia en la misma premisa preconizada por Milton o Blake: la idea de que Inglaterra debe despertar de su letargo y refundarse cuasi al modo de una nueva Jerusalem. Ahí es nada. La idea de habitar una nueva Tierra Prometida. (O, mejor, la idea del alto valor que tiene eso de que alguien te prometa una tierra). Todo muy épico y neo bíblico (Tal vez Boris Johnson sea lector de Milton y Blake). En cualquier caso, más allá del arribo a esa promise land, hay otros ecos que resuenan con fuerza en esta pieza. Por ejemplo, el choque entre lo viejo y lo nuevo o entre la tradición y la modernidad. Entre esos dos mundos que restallan en la escritura de Butterworth: el de la feria de San Jorge y el de los jóvenes que solo quieren escapar a otro lugar, bien sea comprando un billete de ida a Australia, bien sea metiéndose toda la coca que sea posible, o fumando toda la hierba que puedan, para alcanzar un paraíso artificial frente al paraíso perdido.

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Muchas de las críticas enfatizan que la figura del personaje principal, Byron, (interpretado aquí por Pere Arquillué), se comporta como el trasunto de un Falstaff shakesperiano (un bravucón, vendedor de humo y de pólvora mojada) que a nosotros, también, nos evocaba por momentos las maneras de un Barón de Munchaüssen (mutatis mutandis). Sin embargo, es, tal vez, desde otra figura, todavía más arquetípica, desde la que Byron emana: la del mito de Albión instituido por Blake. Una mezcla de instinto, fuerza, razón tradición, crueldad, pasión, con características mesiánicas. Esas son las coordenadas desde las que emite su brillo Arquillué encarnando al personaje principal. Un personaje, nada sencillo, que el actor aborda con desparpajo y sabiduría.

Por medio de una obra absolutamente competente en su escritura, arrolladora en imágenes y en evocación, sentimos que podemos adentrarnos en un espacio mitad magia, mitad crueldad; mitad apolíneo, mitad dionisíaco (o un porcentaje mayor de este último) en el que los personajes parecen los habitantes de un paraíso que fue, pero ya no es. De una Inglaterra que, por mucho que desee aferrarse al asidero de sus mitos, se bate en caída libre desde las alturas del desfiladero de la posmodernidad.

El autor intenta decirnos cuánto de necesario y urgente es no enterrar al mito, los símbolos. Tan Junguiano. ¿La patria es uno de ellos? ¿Las raíces, la tradición?  La patria frente a la globalización. ¿Quizá un sentimiento más apegado al nacionalismo que a lo universal? Byron (Arquillué) se inviste con la aureola de un bardo, el halo de un druida que apela al primordialismo; a la resistencia celta frente a los bárbaros que quieren desterrarlo de su bosque. Un paria convertido en falso profeta y líder de un culto que ni él mismo abrazaría.

A su alrededor, una tropa de jóvenes (y no tan jóvenes) sometidos a la resaca de la vida. Un conjunto de personajes que creen encontrar en la caravana de Byron un templo de peregrinación del que llevarse una absolución en forma de gramo de coca o de fiesta desfasada en la que perder el conocimiento. Seres asustados que acuden junto al Byron gurú sin saber que este se ve a sí mismo como el menos autosuficiente de todos. Un pequeño gran drama colmado de irreverencia, con espacio incluido para la violencia, los intentos de redención, para la historia de una chica desaparecida, una venganza y, al final, una tragedia inminente en el claro de un bosque.

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Debemos decir que algunas interpretaciones no nos convencen demasiado y se nos hacen superficiales, flojas, lastradas. Salvoconducto, vaya por delante, para Pere Arquillué, Víctor Pi y Albert Ribalta, cuyos papeles rinden y dan lustro; otorgan intensidad y hacen muestra de una sobrada solvencia. Igualmente destacar, desde el arranque, los momentos musicales que caen en manos de Elena Tarrats cuya voz es cuasi élfica o druídica. Poderoso magnetismo para llevarnos con su voz al mito, a la fábula.

Dignísima dirección a cargo de Julio Manrique al que, tan solo, le ponemos un pero: la elección de un casting más equilibrado. El texto: el peso fuerte de la obra en su mezcla de lo divino y lo humano. 

Escenografía, espacio sonoro, audiovisuales e iluminación impecables, dotando de empaque y textura a la propuesta.

«No cesaré en mi lucha mental, ni dormirá mi espada en mi mano, mientras no hayamos construido una nueva Jerusalén, en la tierra verde y placentera Inglaterra».

Estos son los últimos versos de Blake en su poema. Y Byron, ensangrentado como un cristo descolgado de su cruz, arrastrándose por el suelo, aún tendrá resuello para un último discurso, estremecedor, y para un último gesto, apoteósico, haciendo sonar unos tambores.

Unos tambores que invocan lo arcano, lo sagrado. Que parecen clamar por  una segunda oportunidad a la que no solo debería aspirar, como lo hace, un hombre alcohólico y desahuciado, sino el conjunto de la humanidad.

 

JERUSALEM

PUNTUACIÓN5 CABALLOS (Sobre 5)
Se subirán a este caballo: Quienes busquen un texto contemporáneo con hechuras de clásico y repleto de evocación.

Se bajarán de este caballo: ¿Bajarse? ¡¡Piénsenselo!!

 

FICHA ARTÍSTICA

Jez Butterworth (Texto)

Cristina Genebat (Traducción)

Julio Manrique (Dirección)

Reparto: Chantal Aimée, Pere Arquillué, Guillem Balart, Pablo Carretero, Anna Castells, Adrian Grösser, David Olivares, Tomás Pérez, Víctor Pi, Robert Plugaru, Clara de Ramon, Albert Ribalta, Marc Rodríguez y Elena Tarrats.

Alejandro Andújar (Escenografía), Jaume Ventura (Iluminación), María Armengol (Vestuario), Damien Bazin (Espacio sonoro), Francesc Isern (Audiovisuales), Núria Llunell (Caracterización), Natalie Labiano (Movimiento), Carles Pedragosa (Asesoramiento musical), Xavi Ricart (Ayudante de dirección), Sergi Corbera (Ayudante de escenografía) y Marta Pell (Ayudante de vestuario y confección).

Coproducción Centro Dramático Nacional, Teatre Romea y Grec 2019 Festival de Barcelona

Una crítica de Fjsuarezlema

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