PARQUE LEZAMA. La mirada de la compasión

Dos ancianos se encuentran en el banco de un parque. No se conocen de nada, pero comenzarán a hacerlo por mucho que uno de ellos desee no hablar y prefiera meter la cabeza dentro de su periódico. Sus mundos, antagónicos, también se parecen: los dos necesitan amistad y alguien que esté ahí hasta el final vengan como vengan las cosas en esta vida.

Esta podría ser la sinopsis de «Parque Lezama», pieza teatral  dirigida y adaptada por Juan José Campanella de la obra original (en inglés) «I’ am not Rapaport» del Estadounidense  Herb Gardner. Protagonizada por Eduardo Blanco y Luis Brandoni, nosotros la hemos podido ver en el Teatro Fígaro de Madrid.

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Decía Primo Levi, en sus memorias o en alguna entrevista, que durante muchos años tuvo un sueño que le atormentaba: él estaba en casa, con los suyos, y les contaba el horror de la guerra, el horror de lo que había vivido en los campos de exterminio. El sueño era terrible porque cuando intentaba contar su historia, observaba cómo a nadie de su familia le interesaba. Esa era la esencia del terror de ese sueño. ¿Esa es la esencia del sustrato de la vejez: llegar a viejo y no interesarle a nadie? ¿Que a nadie le interese lo que tienes que decir, lo que opinas, lo que sientes?

¿El summun?: llegar a viejo, sentarte en un banco del parque y tener al lado a otra persona de tu edad a la que no le importa nada lo que le cuentes. Así es como arranca esta hermosa parábola que es «Parque Lezama». Uno de los “viejos” habla y habla de su pasado, de su vida y aventuras políticas, para hacerlas presentes, para seguir explicándose a sí mismo. Habla tanto que incluso pareciera que tiene miedo a quedarse en silencio porque eso sí es mortífero. Habla y engrandece su discurso, lo adultera, lo hace farsa. Parece que, como dice Campanella, el director, estamos ante un Quijote que recrea aventuras frente a un Sancho silente y fácilmente irritable que solo quiere estar consigo mismo y no ser molestado.

Parque Lezama - Teatro Fígaro

Luis Brandoni encarna a ese Quijote que nosotros vemos también como un Barón de Munchaussen bondadoso y lleno de vitalidad y Eduardo Blanco se pone en la piel del hombre refunfuñón del periódico.

En las dos horas que dura la propuesta, asistimos a un espectáculo sencillo, sin alharacas, sin demasiada acción en escena, sin un evidente conflicto que mueva a los personajes (más allá de un asunto relacionado con una caldera y unos inquilinos y otras cuestiones relacionadas con relaciones padres hijos o unos ladronzuelos). Y, pese a toda esa sencillez dramatúrgica, o precisamente gracias a ella, podemos decirles que nosotros salimos encantados, con un maravilloso sabor de boca tras terminar la función.

El texto no explicaría, por sí solo, el éxito de la pieza. Estamos ante una escritura rápida, ágil, reconocible, sin elevadas pretensiones y poca épica; una escritura instalada más en la familiaridad, en lo próximo, en crear un clima de vínculo con el público mediante una liturgia o un ritual reconocible: el de la necesidad de afecto que tenemos todos. Más allá de la voluntad del texto, esta pieza se convierte en muy recomendable por las interpretaciones de ambos actores principales: Eduardo Blanco y Luis Brandoni. Ambos están apoteósicos. Tienen vis cómica, destreza absoluta para el tira y afloja entre ellos, son poderosos a la hora de meterse en el pellejo de dos ancianos, cada uno trenzando un estilo desde su propio personaje. El papel de Eduardo Blanco es menos verborreico que el que le ha tocado a Brandoni. Su personaje parece más apegado a la realidad por dura que esta sea y tiene un poso importante de melancolía. Su compañero en escena encarna a un anciano diligente, arrollador, activista y comprometido con las causas que le conmueven. Más nostálgico que melancólico, él recibe el mundo como el gran teatro de máscaras que es y en el que saber actuar como si, es una virtud. También el más neurótico en su búsqueda de afecto.

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Hay momentos absolutamente entrañables y otros estupendamente divertidos (como el del hacerse pasar por detectives de la policía para amedrentar a un ratero), pero todos, créannos, están atravesados por una emoción muy pura y honesta: la de la compasión. Compasión que queremos usar aquí en términos filosóficos tomando como referente a Schopenhauer. Para él, la compasión se erige en fundamento moral porque excluye de sus actos las voluntades egoístas. Y un acercamiento a la vejez desde una mirada compasiva (que es superior a la mirada digna) es un acierto de pleno. La compasión, ese gran misterio de la ética, es una bandera que ondea aquí sin dificultades y sin ñoñismos ni sobreactuacciones. Funciona como un mecanismo perfectamente engrasado. La lección pasa por aspirar a ponerse en el lugar del otro y comprender su sufrimiento. Este es el sentido genuino de la vida. Una obra, pues, capaz de encarnar algo tan frágil como la esperanza. 

Por estos sobrados motivos, creemos que «Parque Lezama» deviene en una fantástica recomendación teatral en la cartelera madrileña que hará las delicias de un público muy amplio, o de un público cinéfilo acostumbrado a la sensibilidad y ternura de los trabajos del director Bonaerense. Sin boludeces. No se la pierdan. 

 

PARQUE LEZAMA

PUNTUACIÓN: 4 CABALLOS.

Se subirán a este caballo: Quienes deseen encontrar en el teatro esa misma esencia de los films de Campanela: sencillez, amor, ternura y hondura sin aspavientos. .

Se bajarán de este caballo: Poca gente se bajará de este caballo.

***

Ficha artística

Autor: Herb Gardner
Traducción y adaptación: Juan José Campanella
Dirección: Juan José Campanella

Reparto: Luis Brandoni y Eduardo Blanco (actores principales).

 

Una crítica de Watanabe Lemans

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