IPHIGENIA EN VALLECAS. Las chicas de extrarradio deberían tener un extra de esperanza.

Iphigenia, la Iphi, es una muchacha sin curro. Sin demasiados quehaceres. Sale, se divierte, se emborracha, se mete coca y baila en discotecas de extraradio. Su novio es un cachas de gym sin mucha enjundia. Los que la ven pueden pensar: menudo deshecho humano. Una nini sin recorrido alguno. Por suerte, parece haber encontrado a otro chico, en una discoteca, una noche: un militar al que le falta una pierna y que está cañón. Ella enseguida entiende que lo suyo será algo más que sexo. Aunque las cosas no se le pondrán fáciles. La Iphi nos mira, como espectadores, y nos pasa la patata caliente: ¿Hasta que punto nosotros, los otros, como sociedad, somos parte de que existan chicas y chicos como ella? Parias de las sociedades occidentales del S. XXI.

Esta podría ser una sinopsis de la obra «Iphigenia en Vallecas» que, dirigida por Antonio C. Guijosa (a partir de Iphigenia in Splott de Gary Owen) y adaptada y protagonizada por María Hervás, nosotros hemos podido ver, en su regreso, en el Teatro Pavón Kamikaze.

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Dice, sabiamente, Chul Han (filósofo) que en la sociedad actual, de neoliberalismos aplastantes, quien fracasa, quien no rinde, se hace responsable a sí mismo/a y se avergüenza de su propio fracaso, consiguiéndose así el efecto, perverso, de no poner en duda al sistema si no al «sí mismo». He ahí la inteligencia del sistema neo liberal capaz de lograr que se desvíe toda la rabia y la cólera hacia uno mismo impidiendo así la revolución y alcanzándose, al contrario, la depresión. Hay miles de jóvenes como Iphigenia. En Vallecas y en tantos otros distritos. En otras tantas ciudades y barrios. El paro juvenil, por ejemplo, está liderado por España y Grecia en la Unión Europea. En concreto duplica la media de la U.E. Detrás de las cifras hay vidas humanas que no pueden ser reducidas a un dato simplista. Pero la sociedad es implacable y la rueda gira sin piedad alguna.

Iphi, metáfora de la Iphigenia mitologizada (aquí lo explican muy bien) sirve de catártico personaje, de destroyer con causa que por medio de un teatro a la cara, esputa y reparte responsabilidades como queriendo decir: «estas cartas no son solo mías, capullos. No las he elegido yo».

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Su vida enfrenta un acto de sacrificio. Un dilema. Y en esa encrucijada, Iphi resuelve que se tragará la mierda, que hará de tripas corazón a cambio de que el público, reflexione acerca de la siguiente derivada malthusiana: para que algunos puedan llenar la nevera y cumplir el «sueño» capitalista de hacer un viaje transoceánico al año o ir a exposiciones super vanguardistas en Naves del Matadero y pagar un alquiler en malasaña, (o, al menos alejado de las zona problemáticas), tienen que existir reductos, sobrantes, parias sociales. Como ella. Como esos chicos y chicas que se pasan el día sentados en bancos comiendo pipas, fumando porros; mirando un horizonte como quien mira una especie de ilusión hecha con humo y espejos.

Ella viene a decirnos: «Tengo derecho al amor. No soy una golfa, una puta, una mamarracha». No somos nadie para criticar su andamiaje. De acuerdo. Y este el enorme mérito de la pieza: que pese a estar frente a un personaje chabacano y ramplón, identificamos enseguida su humanidad y observamos todo su alegato como un acto de redención, de confesión. Como si la víctima dejase de ser víctima y hablase en otro código con el que empatizar de inmediato. El código del peso de la existencia. Su peso es ahora nuestro lastre. Nuestra congoja.

Ella baila, frívola. Ella se disfraza de superficial. Pero pronto vemos su cosmética manera de ocultarse. Sufriente. Beligerante. ¿No espera nada? (Las chicas de extrarradio deberían tener un extra de esperanza).

La vemos beber y ponerse pedo. Como un escape de la realidad. Como el madero al que asirse para no naufragar del todo. Y, aunque tenga que regatearle a su abuela una paga precaria, y sobreviva, Iphi guarda una pesadumbre que no podrá barrer mucho tiempo bajo la alfombra: ella, igual que todos/as, quiere ser feliz. O al menos poder tener esa infelicidad común. Dejar de ser la que se conforme con lo que le ha tocado en suerte.

Por eso, cuando encuentra el amor, a modo de un trasunto de pretty woman hiperrealista, a modo de una Iphigenia/Yo soy la Juani Bigasluniana, no va a consentir perder el control. Cuando encuentre algo que ella cree que se le parece a la idealización del amor, se va a aferrar como una jabata, como una Amazona a su caballo percherón como si pudiese exigir montar un pura sangre.

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Esta es una Iphigenia pagando su propio rescate porque nadie lo va a hacer por ella. Porque en su micromundo también hay tiempo para pensar en el algoritmo de la vida, que parece decidir sus actos, y maldecirlo. Una Iphigenia que si pudiese escupiría en la tumba del Malthus que defendía que «una de las inevitables leyes de la naturaleza pasa porque algunos seres humanos sufran de miseria. Estas son las personas que, en la gran lotería de la vida, fracasarán».

Con un texto brillante y desatado, el proyecto se sostiene, triángulante, en otros dos extremos formidablemente apuntalados: la dirección y la interpretación.

Antonio C. Guijosa de desenvuelve con maestría. Podemos intuirlo en un trabajo estrecho, cercano, con la actriz. Analizando cada cabriola, cada exabrupto, como si se tratase de un pandemonium o de un panteón donde se contienen todas las esencias. Porque detrás del lenguaje ramplón hay una fábula inquietante y prodigiosa.

Con gran pulso la dirección se ajusta a una mirada que es multiplicada en manos de la actriz Maria Hervás. Ella es embrión, ella es tronco, ella es vórtice. Un camaleón sobre el arco iris desteñido que contemplan los antiheóres/ las antiheroínas. Tan metida en faena que aquí no hay actriz que caliente en escena, aquí no hay banquillo pues todo es regateo y destreza; desde el principio atraviesa al público como un rayo, como una estrella fugaz a la que seguir sin pestañear. Bravísima.

Y nosotros pedimos un deseo a la cola de ese cometa Hervás que vimos pasar. A la estrella que hace restallar el escenario del Pavón (aunque los deseos no se cuentan): «queremos más teatro así».

 

IPHIGENIA EN VALLECAS.

 

PUNTUACIÓN: 5 CABALLOS.

Se subirán a este caballo: Quienes busquen teatro del bueno. Del que te atraviesa como un rayo.

Se bajarán de este caballo: ¿Bajarse de este caballo? Hmm… Como que no.

***

FICHA ARTÍSTICA

Autor: Gary Owen

Adaptación: María Hervás

Dirección: Antonio C. Guijosa

Reparto: María Hervás

Escenografía: Mónica Teijeiro

Iluminación: Daniel Checa

Sonido: Mar Navarro

Prensa: María Díaz

Fotografías: Marc de Cock-Buning y Merysú de Cock-Buning

Diseño gráfico: Daniel Jumillas

Producción: María Hervás y Serena Producciones

Una crítica de Watanabe Lemans

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