EL CORONEL NO TIENE QUIEN LE ESCRIBA. La dignidad no se come

Un coronel retirado espera, desde hace quince años, la asignación de su pensión por los servicios prestados a la patria. Mientras esperan, él y su mujer, sus vidas precarias se acentúan y no tienen apenas qué llevarse a la boca. Quizá la solución pase por vender un gallo de peleas: uno de los recuerdos que les dejó su hijo, recientemente fallecido.

Esta podría ser una sinopsis de la obra «El coronel no tiene quien le escriba» que adaptada al teatro por Natalio Grueso (de la obra de García Márquez), dirigida por Carlos Saura y protagonizada por Imanol Arias y Cristina de Inza, nosotros hemos podido ver en el Teatro Infanta Isabel.

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«El coronel no tiene quien le escriba», escrita por García Márquez en París a mediados de los años 50, pilla al autor en un momento de necesidad económica importante. Su obra nacía, después de hasta tres versiones, en un estado alejado del barroquismo de obras anteriores. Así, el autor quiso imponerse la tarea de economizar el lenguaje filtrando su imaginario en aras de la transparencia y la pureza realista de la obra.

Pese a que no nos encontramos con una mirada apegada al realismo mágico, epicentro de otras novelas como «Cien años de soledad», sí podemos encontrar poderosos elementos simbolistas. La observación del autor colombiano es absolutamente realista en su visión local de un conflicto armado, de guerra civil, de miseria y penurias económicas. He ahí su enjundia, en poner el foco en los vivos antes que en los muertos y en la mirada sobre esa violencia cotidiana que nos habla de la experiencia de lo que es seguir luchando por estar vivo.

Para el autor, la violencia debe ser observada desde el lado de los vivos y no de los muertos. Dos años después de «El coronel no tiene quien le escriba», García Márquez enfrentaría la tarea de redactar un ensayo sobre la violencia tomando como ejemplo otra brillante novela: «La peste» de Albert Camus. Su tesis estaba clara: lo que hay que recrear en la novela no es la lista de los muertos, sino el drama de los vivos.

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De acuerdo con el autor, su necesidad a la hora de escribir la novela pasaba por acercarse a la realidad violenta de su país y comprometerse en su análisis por medio de la literatura no tanto intentando hacer un reportaje de la violencia sino insistiendo en la reflexión con preguntas del tipo: ¿Donde se encuentra la raíz de esa violencia, sus móviles y cuáles son sus consecuencias? Llega así, por medio de esta obra, a ese realismo inmediato que, con gran solvencia, se consigue trasladar a esta adaptación teatral muy bien dirigida por Carlos Saura.

El coronel, ese hombre vivo, esa alma que se levanta cada día para esperar la llegada de una carta que nunca llega, es el protagonista central en una historia muy cercana, sin aspavientos, que logra con gran equilibrio su cometido. El hijo del Coronel ha muerto, pero no es quien importa. Los que se quedan, los que sufren una violencia cotidiana, sus padres, son el epicentro de la trama.

Según los estudiosos de la obra, su personaje de el Coronel, es uno de los que el autor más quería; con el que mantiene una relación más viva y profunda. Y es cierto que, de ese amor hacia el personaje, queda imbuido también el que encarna Imanol Arias que nos ofrece una interpretación humanizada, cuya aureola de espíritu sufriente está al mismo tiempo rodeada por la aureola de espíritu resistente, optimista, vital. Una fortuna que el personaje de este Coronel haya caído en sus manos.

Bien elegido, sin duda, también el director, Saura, que acomete la dirección escénica con solvencia y buen ritmo; dialogando plenamente con el estilo escueto y cinematográfico que reside en el texto donde el narrador queda limitado al mínimo.

Queda eliminado también, en escena, el fatalismo consiguiéndose, así, que los personajes mantengan su voluntad intacta y no se transformen en dos títeres frente a la inercia del destino. No tienen apenas qué comer, pero se levantan cada mañana y evocan el pasado como ese espacio del que alimentarse. Se aferran al calor de sus afectos, de sus mimos, no se resignan y esperan; esperan, colocados en un lugar alejado de la renuncia a sí mismos, cerca de la dignidad antes que de la auto compasión. El Coronel no es fatalista sino idealista y queda, tal cual, retratado en esta pieza.

La tensión va in crescendo, de un modo sutil, delicado, escanciado, hasta el final en el que el protagonista suelta su exabrupto. Recuérdese, aquí, que el Coronel debe rondar los 75 años de edad y que la hambruna, la enfermedad, la miseria, son sus compañeras diarias junto con la carta de una pensión que nunca llega.

Ese ritmo va calando lentamente, tensándose matizadamente hasta el final. (Si bien en la lectura de la novela, el narrador en tercera persona es más acuciante en su recuento del paso del tiempo y la sensación de un día a día apremiante tiene mucho más músculo).

La mayor tensión lograda en la pieza guarda relación con el choque entre el idealismo del protagonista y el materialismo imperante a su alrededor. Ese choque está muy bien conseguido y es reconocible enseguida desde el patio de butacas. (Complicado dado que siempre una novela tiene muchos más resortes para conseguirlo que una adaptación al teatro o al cine).

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En las interpretaciones, como se ha adelantado, la pareja protagonista funciona con gran acierto. Tanto Imanol Arias como Cristina de Inza están perfectos en su encarnación de ese matrimonio, frente a la miseria, que intenta no perder su dignidad aunque se les retuerzan las tripas de hambre.

Ambos emocionan, evocan con acierto, resuelven con garantías dos personajes que antagonizan: él se alimenta de su idealismo, de su aferrarse a la espera y, ella, estupenda en su devoción al personaje, le confronta, hacia el final, con una franca y honesta reflexión acerca de que el idealismo no se puede comer. (Por mucho que a él le alimente). Qué hondura ambos cuando el texto la requiere. Maravillosos.

 

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Más allá de un análisis de la simbología en la obra (el gallo, el reloj, la carta que no llega, los botines de charol que se calza el Coronel, etcétera) nosotros nos quedamos con el sentido retrato que se logra en escena. Aquí se habla de la esperanza (esa cosa con plumas que diría Dickinson; no sabemos si estaba haciendo alusión a un gallo de pelea). Nos quedamos con esa idea de que la dignidad, o del orgullo, no se comen, (y con que hay quien prefiere comer mierda antes que vender un gallo y sacarse unos cuartos).

Nos quedamos con esa afirmación del Coronel cuando dice que la vida es «la cosa mejor que se ha inventado»; y lo dice él, a quien la vida le ha quitado todas sus prerrogativas.

Pero, sobre todo, nos quedamos, con una estupenda dirección y unas brillantes interpretaciones protagonistas que nos permiten ver, en las tablas del Infanta Isabel, al mismísimo Coronel y a su mujer en una cotidianidad implacable.

EL CORONEL NO TIENE QUIEN LE ESCRIBA

PUNTUACIÓN: 4 CABALLOS.

Se subirán a este caballo: Para quienes quieran presenciar un trabajo digno y elogiable.

Se bajarán de este caballo: Aquellos/as que no gocen de una buena historia y unas estupendas interpretaciones. Hay de todo en este mundo.

***

FICHA ARTÍSTICA

Dirección: CARLOS SAURA
Basado en la novela de: GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ
Adaptación: NATALIO GRUESO

ELENCO ARTÍSTICO

Coronel: IMANOL ARIAS
Mujer del coronel: CRISTINA DE INZA
Sabas y abogado: JORGE BASANTA
Médico: FRAN CALVO
Mujer de Sabas, dependienta de correos, cantinera: MARTA MOLINA

Ayudante de dirección: GABRIEL GARBISU
Diseño de escenografía: CARLOS SAURA
Diseño de iluminación: PACO BELDA
Vestuario: CARLOS SAURA
Ayudante de Vestuario: MARTA SUAREZ
Realización de vestuario: CORNEJO
Jefe técnico : MARIO MARTINEZ
Diseño de sonido: ENRIQUE MINGO
Digitalizador : Guillermo Alvite
Fotógrafo: SERGIO PARRA
Maquillaje y Peluquería: CHEMA NOCI

PRODUCTORA EJECUTIVA : Maria Jose Miñano

Ayudantes de producción : Triana Cortés y Raul Luna.

PRODUCIDO POR JOSÉ VELASCO

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