VORONIA. Bailar en los renglones torcidos de Dios

Una pieza de danza contemporánea que explora los recovecos del mal. Voronia es el nombre de una abismal cueva que existe en el Caúcaso Occidental y que sirve de alegoría para hablar de lo moral y lo extramoral; todo por medio de la danza, el texto y la imagen.

Esta podría ser una sinopsis de la pieza «Voronia» de la compañía La veronal que, dirigida por Marcos Morau, y con Dramaturgia de Roberto Fratini y Pablo Gisbert – El Conde de Torrefiel-, nosotros hemos podido ver en los Teatros del Canal.

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La pura razón sirve de poco ante lo inefable de esta pieza evocadora, inserta en lo onírico y altamente penetrante en lo subconsciente. En el escenario, el acto se inicia con ceremonial implacable desde el minuto uno. Un niño nos conduce a las puertas del relato. Ese niño que, quizá, como en la filosofía de Nietzsche, es la mayor aspiración a la que deberíamos llegar. Del camello al león y del león al niño, que dice Nietzsche por voz de su Zaratustra. Y créannos que apartar la mirada será ardua tarea a partir del comienzo de esta pieza. Todo se mueve con tal pujanza y progresa tan adecuadamente que no será posible emanciparse de lo que ocurra en escena.

Imposible no pensar en Lynch y en su estética cinematográfica con una escenografía apabullante, aséptica por momentos, wagneriana, también, en otros (en esto ayuda una selección musical de quitarse el sombrero). Tenemos la sensación de que los personajes del artista Mark Ryden hubiesen cobrado vida y se pusiesen a bailar. La estética es una poderosa fuerza que se hermana, en esta «Voronia», con el fondo. Buscamos lo que nos evoca esta danza, este pleito de los cuerpos de los bailarines consigo mismos: figuras que se retuercen, que se ven sometidas a lo Dionisíaco, que luchan por aferrarse a lo Apolíneo. Asombro para quienes miramos la voracidad de los movimientos en escena. Disfrute. En esa búsqueda de lo que nos es evocado, encontramos a Dante y su Divina Comedia.

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Un descenso a los infiernos del yo, del hombre lanzado al vacío de moralidad. Encontramos una topografía de la moral, de lo bueno y lo malo, de lo dentro y fuera, del arriba/cielo y abajo/infierno; el niño que escapa de ese espíritu de la pesadez que conlleva la propia existencia; los hombres y mujeres sometidos a imperativos categóricos de la religión, devorados por su necesidad de asideros, de encontrar sentido; danzantes en el vertiginoso abismo del nihilismo. Los cuerpos que comparecen en esta pieza parecen decirnos que ya no les reconforta la idea de uno que es Alfa y Omega al mismo tiempo. Bailar en los renglones torcidos de Dios. Bailar en los márgenes como la única manera de huir de un centro que se ha convertido en vórtice, en vorágine. Convertir lo pesado en ligero, el cuerpo en bailarín y todo lo que es espíritu, en pájaro, que diría Nietzsche.

La Veronal nos arrebata, nos mesmeriza, pese a verter en escena una dramaturgia cercana a lo infernal, casi próxima al exorcismo. Si el Bosco pudiese hacer bailar a su imaginario, repararía en La Veronal, en este corolario de imágenes que explotan frente a nosotros, que tienen un poder casi Junguiano. Dioniso bailando. Pongamos un solo pero: la extensión de la coreografía en el cuadro de la mesa y la cena. ¿Quizá sea demasiado larga y termine diluyéndose?

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Con todo, no hay juego en esta pieza que no sea apetecible. No hay embestida que no deseemos recibir. Aprenderemos, aquí, a soportar la única verdad: que Dios no está ni se le espera. Que la moral de un hombre no está en el fondo de su corazón sino en un aparatoso nudo en algún lugar de su conciencia. Que no hay ascensor que lleve al paraíso. Que no podemos escondernos bajo la mesa e ignorar la bacanal que tiene lugar sobre el mantel.

La Veronal nos han conquistado con este oficio antireligioso, con esta misa negra alejada de toda catequesis, con esta pieza de evangelio según la caverna de Platón. Y nosotros solo podemos decir que entra, ya, en el podio de lo mejor que llevamos de 2019.

Citando de nuevo a Nietzsche: «Hemos abolido el mundo verdadero. ¿Qué mundo nos ha quedado?»

La respuesta, quizá, pase por mirar dentro de nuestro interior, dentro de esa enorme caverna que es el yo. Una caverna infinitamente más grande que la cueva de Voronia.

VORONIA

PUNTUACIÓN: 4 CABALLOS Y 1 PONI

Se subirán a este caballo: Quienes se deleiten con las cosas extraordinariamente bien hechas.

Se bajarán de este caballo: Quienes tengan anteojeras y cilicio en el armario.

***

Dirección: Marcos Morau |

Coreografía: Marcos Morau en colaboración con los intérpretes |

Dramaturgia: Roberto Fratini y Pablo Gisbert – El Conde de Torrefiel |

Intérpretes: Rober Gómez, Jon López, Núria Navarra, Lorena Nogal, Shay Partush, Marina Rodríguez, Manuel Rodríguez, Sau- Ching Wong |

Escenografía: Enric Planas |

Iluminación: Albert Faura |

Sonido: Marcelo Lastra |

Vídeo: Joan Rodon

Coproducción: Mercat de les Flors, Grec 2015 Festival de Barcelona, Hessisches Staatsballett / Staatstheater Darmstadt & Hessisches Staatstheater Wiesbaden, Tanz im August Berlin, Théâtre National de Chaillot París

Con la colaboración de El Graner, centre de creació
Con el apoyo de ICEC – Departament de Cultura de la Generalitat de Catalunya y Ministerio de Cultura y Deporte – INAEM

Distribución: produccion@laveronal.com

Una crítica de Watanabe Lemans

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