EL IDIOTA. Los idiotas son los otros

El príncipe Mishkin regresa a Rusia de un sanatorio suizo para alojarse con una pariente lejana, la señora Yepanchin, esposa de un acaudalado general. La novela nos reflejará el impacto que causa Mishkin en los Yepanchin y el medio social en que viven. Una obra en la que la irrupción de Mishkin, en las vidas de los demás personajes, servirá para que aflore la hipocresía social y los sentimientos soterrados que hay detrás del statu quo, el dinero, el poder, el deseo y el matrimonio.

Esta podría ser una suerte de sinopsis de la obra «El idiota» que José Luis Collado adapta al teatro basándose en la novela del mismo título de Dostoievski. Nosotros la hemos podido ver en la sala grande del Teatro María Guerrero bajo la dirección de Gerardo Vera.

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Convertido en paradigma, la figura del idiota de la novela de Dostoievski  publicada en 1869, nos habla de un universal: el ideal cristiano de bondad (de acuerdo con la mirada del autor).

El idiota representa, de modo simple, el hombre en el que se vertebran valores de ingenuidad, bondad y honestidad por encima de todo. De tan bueno, parece idiota. Entendamos la idiotez no tanto a modo de insulto, como en nuestros días, sino como a modo de tábula rasa. Dostoievski era, un humanista. Un vocero de los pobres, de los débiles. Un retratista de los interiores del alma humana, casi a modo de psicólogo. Así pues, su idiota no es un idiota al uso de lo que entendemos hoy en día. Tomémoslo más en los términos de los que habla Plutarco analizando el vocablo «idios» que se le atribuye a un hombre extraordinario o fuera de lo común. O, mejor aún, emparentado con el «beatus ille» de Horacio del que hablaba Diderot: el idiota como el «hombre particular, que se ha encerrado en una vida retirada, lejos de los asuntos políticos, es decir, aquel a quien hoy llamaríamos sabio». Así es el príncipe Mishkin, un santurrón.

La lieratura en torno a Mishkin nos lo emparenta también, de modo directo, con el caballero Don Quijote: con su carácter de profanador de convenciones, de hombre asombrado y asombroso. Ambos emparentados en su afán por deshacer entuertos. Ambos capaces de crear un mundo propio, alejado del que les aqueja. Un mundo en el que la supervivencia depende directamente de mantener con vida la ingenuidad. Personajes tocado por cierto halo de divinidad o misticismo.

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Este Mishkin, apuntalado en su bonhomía, carece de retranca, de ironía. Son los demás, quienes están sobre afectados de misantropía, de exceso de equipaje, de lastres sórdidos, de peajes por pagar. Es él quien llega al mundo de los otros para que estos se miren en ese espejo de la bondad. Y esa mirada, en los demás, es lo que les hará estallar, colapsar como si no pudiesen hacerse cargo de sus traumas. El propio Rogoyin le espeta: «(…) eres un genuino “bobo de Cristo”, de esos a quienes ama Dios» La propia atribulada Nastasia se despedirá de él diciendo, con intención de criticar a los malvados que les rodean: «¡Adiós, príncipe, es la primera vez que he visto a un hombre!»

Lo que ocurre con este idiota de Mishkin es que de tan bueno se nos hace tonto, de esos que bien decimos que les mean encima y dicen que llueve. Esa era también la manera que tenía el autor de hacer crítica de un carácter tan indolente (o, al menos, deseamos pensar). Su compasión es un gesto humano, pero al mismo tiempo una clara alusión a que la virtud está en el término medio pues demasiada compasión también puede hacer más daño del que se pensaba. Mishkin nada tiene que ver con la idea de superhombre que abrazaba Nietzsche sino con la ética cristiana y sus constricciones. El hombre que se sacrifica, el hombre que lo da todo. El propio Nietzsche hablaba del mundo «singular y enfermo en que nos introducen los Evangelios» y lo vinculaba con la novela rusa, al decir que era en la novela rusa «donde parecen darse cita la escoria de la sociedad, las enfermedades nerviosas y un idiotismo “infantil”».

Más allá de una tesis de la figura del idiota, que podría ser edificante, pero no es el objetivo de esta crítica, nos gustaría detenernos en la pieza en varios aspectos. Por un lado en su sentido como adaptación de la novela, por otro lado en la dirección de la propuesta y su mirada escenográfica y para terminar en las interpretaciones.

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Con relación al paso de la novela al texto, debemos felicitar a José Luis Collado por un dignísimo trabajo. No parece tarea sencilla pasar a las tablas la que es una de las novelas más inspiradas de un autor convertido en cirujano del alma. Ese salto a las tablas podría asustar a cualquiera. Hemos visto adaptaciones menos dignas de novelas en las tablas, alguna de ella reciente como el caso de Jane Eyre que no corrió la misma suerte que la presente. La obra de Dostoievski destaca por su empleo del lenguaje, por la penetrante indagación en la psique de sus personajes. Por esto, el alumbramiento como hecho escénico de este «El idiota» es tan emocionante. Incluso, para lo larga que uno se la podría esperar, la pieza deviene en artefacto bien urdido e hilvanado, sin perderse en demasiadas subtramas, comprensible y tamizado que no pasa de las dos horas. 

En lo que tiene que ver con la dirección de Gerardo Vera, debemos también felicitarle por el logro de una estética sobria, austera, incluso un tanto misteriosa que hace que la propuesta se dote de una singularidad que le hace falta. (Nótese esa proyección del Cristo de Holbein que nos invita a pensar, como a Rogozhin, en cómo es posible que un cuerpo tan maltrecho y humano pudiese llegar a resucitar. ¿Cómo los apóstoles podrían siquiera llegar a creer en la resurrección de un cuerpo así? Lástima que esta disquisición se haya quitado de la adaptación al teatro).

La dirección de escena no termina de convencernos en el protagonista principal que interpreta a Mishkin. Nos falta cierto pulso y entrega en este personaje que debiera, así lo entendemos nosotros, dejarnos prendados. En ese punto ponemos nuestro mayor reparo. La escenografía sí nos parece acertada y hace que la propuesta se vea con gusto y sin resultar demasiado densa.

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En el apartado interpretativo, al tratarse de una obra un tanto coral, destacan para nosotros tres papeles: el que interpretan las actrices Yolanda Poveda (Natasia), Yolanda Ulloa (la señora Yepanchin) y Jorge Kent (como Rogozhin). Poveda nos embelesa con sus artes. Es torbellino, es fuerza y carismática en escena. Su papel de una Natasia atribulada, queda bordado. Ulloa demuestra su eficacia en un personaje que no tiene la carga emocional de Natasia, pero la sentimos precisa, rigurosa, profesionalmente impecable. Y Kent se mete en el personaje de un Rogozhin atormentado, severo consigo mismo, loco de celos, de pasión. Su fuerza es poderosísima y nos convence en cada escena. No podemos decir lo mismo de Fernando Gil en su papel protragónico de Mishkin. Un papel que hemos visto en el mundo de la literatura o del cine replicado hasta la saciedad, pero que no por ello deja de ser atractivo. Solo hay que detenerse en Lars Von Trier y en los papeles de Selma en Bailar en la oscuridad o de Bess (impresionante Emily Watson) en Rompiendo las olas. Ese tipo de bondad, de carácter que puede llegar a crisparnos, por su pureza, no es el que vemos en este idiota que interpreta Gil. No acabamos de reconciliarnos con su falta de matices en un papel que es tan icónico y que debería concitar gran atención. A nosotros se nos queda en irregular. Toda la hondura que esperábamos, no llega.

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Decía Nietzsche que «Jesús no habría negado “el mundo”, ni lo habría minusvalorado como tránsito a un mundo «mejor» del más allá: simplemente no lo tomó en cuenta, ni lo afirma ni lo niega, fue un «idiota» (…) Jesús no fue un negador, un opositor, un “combatiente” contra la iglesia judía ni contra nada; fue un renunciante, un individuo «propio». Así nos parece también este idiota de Dovstoievski: un renunciante que nos viene a hablar de que no existe idiota sin un entorno que lo posibilite. De que, quizá,  los demás, sean, también, otro tipo de idiotas, pero idiotas al fin y al cabo.

 

EL IDIOTA

PUNTUACIÓN: 3 CABALLOS Y 1 PONI

Se subirán a este caballo: Quienes busquen un acercamiento a la obra de Dostoievski.

Se bajarán de este caballo: Quienes esperen mucho más de la interpretación de un personaje tan icónico como el idiota.

FICHA ARTÍSTICA

Fiódor Dostoievski (Texto)

José Luis Collado (Versión)

Gerardo Vera (Dirección y escenografía)

Reparto: Alejandro Chaparro, Fernando Gil, Ricardo Joven, Jorge Kent, Vicky Luengo, Marta Poveda, Fernando Sainz de la Maza, Yolanda Ulloa y Abel Vitón

Juan Gómez-Cornejo (Iluminación), Alejandro Andújar (Vestuario), Alberto Granados (Espacio sonoro), Álvaro Luna (Videoescena) y Ana Catalina Román (Movimiento escénico).

Producción Centro Dramático Nacional

 

Una crítica de Watanabe Lemans

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