TOP GIRLS. Del extrañamiento al desconcierto

Una mujer, recién ascendida en el mundo del mercado inmobiliario, decide dar una fiesta en su casa en la que reúne a una serie de mujeres de otras épocas. Al mismo tiempo, esta mujer ha de enfrentarse a una serie de cabos sueltos familiares cuando regrese a la ciudad en la que se crió.

Esta podría una suerte de sinopsis de la obra «Top girls» que escrita por Caryl Churchill y dirigida por Juanfra Rodríguez , nosotros hemos podido ver en la sala Francisco Nieva del Teatro Valle-Inclán

Adoptando la forma de una poética que pretende romper con lo establecido, casi desde un punto de vista en sintonía con las tesis Brechtianas, así, arranca la propuesta en torno al texto de la dramaturga británica: pieza dividida, claramente, en tres partes que parecen no dialogar entre sí y que bien podrían pertenecer, en apariencia, al menos, a dos textos diferentes.

La primera parte transcurre en un apartamento en el que una afitriona, Marlene, recibe a sus invitadas: diferentes mujeres que han jugado algún papel determinado en sus respectivas épocas. Marlene se nos presenta como una mujer exitosa, de esas capaces de frivolizar y hacer brindis por casi cualquier cosa. El orden temporal nos lleva a situarnos en la década de los 80. En el apartamento de Marlene esta hace gala de su hospitalidad y su rol se reduce al de anfitriona que escucha, que empatiza y quita hierro o sororiza con las demás invitadas. Si algo poseen las obras de Churchill es la destreza para fabricar extrañamiento. Ocurre ya desde el principio. El espectador ha de preguntarse, casi con seguridad, ¿quiénes son esas mujeres? ¿Qué pintan en un apartamento del Londres de los años 80 cada una de su padre y de su madre? ¿Qué pretende este primer acto? ¿Hacia dónde se supone que quiere llevarnos?

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Todas son preguntas pertinentes, no siempre necesariamente posibles de ser respondidas. De acuerdo con las aproximaciones a la obra que ha hecho la propia autora, Marlene representaría esa mujer que, en la actualidad, está en la cresta de la ola de su carrera profesional y no se identifica demasiado con la opresión del patriarcado que sí relatan sus comensales. Quizá para ella la opresión solo guarde relación con la violencia física. El papel de esta Marlene, que mantendrá su personaje a lo largo de las tres partes, sí podemos relacionarlo con el de una mujer distanciada o disociada, fría, superficial. Las interpretaciones, en esta parte, no nos convencen demasiado si pensamos en lo que tiene que ver con captar nuestra atención o nuestra emoción y, deliberadamente, todo se pierde en un estrépito de melones que se abren y no se cierran, de diálogos que se solapan y de discursos que no se completan. Esta era con toda seguridad la intención de la autora cuando escribió el texto, pero, en escena, las cosas funcionan de otro modo y, en este caso, se diluyen con demasiada rapidez quedándose este primer cuadro en una especie de galimatías con escaso sentido.

Tiene uno que leer y adentrarse en los por qués y los propósitos de Churchill si quiere poder encajar el relato (al menos el de esta primera parte) dentro del resto de la obra. De nuevo Bretch está en esos diálogos que se solapan, en esa pseudorealidad que se produce en el apartamento de Marlene. La autora quiere algo muy claro: que el espectador se involucre, se esfuerce por hacer su propio dibujo del personaje y de la trama, más allá del aparente anteproyecto de quien la escribe. Lo mejor de este acto, el momento en que Griselda suelta su discurso sobre la violencia vivida en carne propia. Lo peor, la endiablada insistencia del violín.

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La segunda parte nos conduce al mercado laboral. Al mundo en el que Marlene se ha covertido en una top girl. Una mujer en la cima. Un mundo que parece reservado a los hombres, ese territorio de las ventas. Esta transición de la primera parte a la segunda, puede descabezar la atención de quien trata de mantenerla, desde el patio de butacas. No nos acaba de convencer la puesta en escena con unas escaleras que acceden a una especie de piso a doble altura. Ese subir y bajar resta atención, la divide, excluye demasiado la mirada sobre la obra y sobre un texto que, por si fuera poco, discurrirá ahora por las partes más ásperas y monótonas. Al menos, nosotros perdemos y recuperamos el interés por oleadas. La repetición de entrevistas laborales termina por hacerse tediosa. Si no fuese porque en este cuadro se intercalan otras escenas, que suceden en el patio trasero de una casa, probablemente hubiésemos bostezado más de la cuenta. Pero esos interludios en los que Angie y su amiga Kit charlan a escondidas de la madre de la primera, nos sacan del letargo. Ahí es donde capta poderosamente nuestra atención la actriz Macarena Sanz, que ya lo había hecho interpretando en la primera parte a Griselda. Y su forma de captar nuestra atención, es sin duda lo mejor de esta obra. Es ella, con toda seguridad, la que más nos gusta del conjunto. Sus apariciones se hacen especiales y posee ese carisma que logra que el espectador se oriente a ella todo el rato. Es cierto que su pose, su voz, su gestualidad ayudan mucho al ir, además, de la mano de un texto poderosamente alucinado. Su personaje nos recuerda a una suerte de Matilda esquizofrénica: es dulce, pueril, inocente, pero también parece encontrarse a punto del arrebato, del brote; como si, en cualquier momento, fuese capaz de reventarle el cráneo a su madre con un ladrillo (sin perder la sonrisa, eso sí).

Esta segunda parte avanza y no parece sujeta a una continuidad con la primera parte ya vista. Sí posee mucha mayor continuidad con la tercera y última parte de la propuesta que se alarga en torno a las dos horas. Ahora bien, debemos reconocer que la aparición de la señora Kidd en las oficinas de Marlene nos resulta tan forzada e irresoluble que preferimos no comentar. En esas misma oficinas aparecerá también Angie que, desde luego brilla ahí mucho menos que en sus momentos como Griselda, en el patio trasero de su casa o en la tercera parte de la obra.

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A nuestro juicio, la tercera parte es la mejor por cuanto  tiene de aclaratorio, de contrapeso con las dos anteriores y sí, de autorevelación de los personajes. Esta tercera parte transcurre, unívocamente, en la cocina de Joyce, la madre de Angie, a la postre, hermana de Marlene. Marlene acude a su ciudad natal, donde viven su hermana y su sobrina y descubriremos que ha acudido a la llamada de su propia sobrina.

Hasta ahora todo nos había parecido lo suficientemente intrincado, desnortado y brumoso, por momentos, como para otorgarle una gran puntuación. Es cierto que acudíamos a la obra con altas expectativas buscando la autoría de Churchill (que tanto nos había gustado en «Amor e información» cuando la habíamos visto en Conde Duque), pero tan solo en algunos momentos muy concretos encontramos esos destellos de la autora en este «Top girls».

Las expectativas bajaban minuto a minuto y, quizá, en esta tercera parte logramos reconciliarnos, solo un poco más, con algunos de los elementos que veníamos buscando. Nos gustaba esa idea de concitar el extrañamiento, desde luego, pero fallan bastantes otras cosas. Muchas de las interpretaciones se nos hacen completamente planas, monocordes. El arco de acción de la protagonista parece no expandirse quedándose en un más de lo mismo. La escenografía termina por hacérsenos un tanto aburrida, deslucida e inerte; la idea de aglutinar todos los espacios es repetitiva y no parece haber una diferenciación en lo que respecta a: esto el apartamento de Marlene, esto son las oficinas, esta es la casa de Joyce. Todo está muy hibridado.

En la tercera parte, las dos hermanas se dejan llevar por el alcohol y eso propicia que surja la catarsis: sus revelaciones se ponen sobre la mesa, afloran fantasmas, trapos sucios y hay tiempo para hablar de política. Una es la hermana que se quedó en la pequeña ciudad criando una niña y otra la ejecutiva con maneras de varón que ha ascendido y solo desea seguir ascendiendo pase lo que pase (up, up, up). Esta coreografía del pulso de ambos caracteres nos interesa mucho más que el resto de lo visto (si exceptuamos los momentos en que aparece Angie/Griselda).

Esta última parte nos ofrece momentos interesantes. Nótese el trance en el que las dos hermanas encienden la mecha: en este punto Manuela Paso y Rosa Savoini nos gustan más que nunca en todo el conjunto. O el momento del regalo del vestido, de las confesiones. Marlene se hace más real que nunca frente a su hermana, como si Londres la hubiese absorbido o convertido en una idiota neoliberal. Es lo que tiene regresar al lugar donde alguna vez fuiste feliz.

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Sabemos que Caryl Churchill escribió esta obra desde unos parámetros bastante claros: poner en tela de juicio los cánones por medio de los cuales una mujer se mide a sí misma para triunfar, es decir, esos que la tutelan desde un modelo testosterónico heredado del capitalismo o del liberalismo propio de la Tatcher de los años ochenta. Desde ese modelo, cada individuo que aspire a ser alguien en la vida ha esforzarse  y hacer méritos para llegar al top of the tops. Cada cual puede llegar donde se proponga mientras se haga responsable de sí mismo y excluya de la ecuación sus orígenes y la tutela de papá Estado. (Vemos en este punto una elocuente lectura de lo que Marlene hizo con su hija cuando era joven). El cuento de hadas neoliberal que dista de parecerse al cuento de hadas socialista. De acuerdo, todos los sesgos en el mismo bombo dando vueltas: el sesgo de género, el sesgo social, el sesgo económico, etcétera. El problema, aquí, no es que no se comprendan perfectamente los mimbres teóricos de los que se nutre la autora sino que hay que especular demasiado para ver que todo esto ha dado, en realidad, el salto también a la escena. 

Bienvenido sea el extrañamiento del que es capaz, como nadie, Churchill. Pero, ojo, que del territorio del extrañamiento al territorio del desconcierto hay tan solo unos pasos contados. Y sí, en este caso, se les fue la cuenta. 

 

TOP GIRLS

PUNTUACIÓN: 2 CABALLOS Y 1 PONI

Se subirán a este caballo: Para fans de Churchill y buscadores/as del extrañamiento.

Se bajarán de este caballo: Quienes, por desgracia, se adentren buscando extrañamiento y solo encuentren desconcierto.

***

FICHA ARTÍSTICA

Equipo artístico: Caryl Churchill (Texto), Juanfra Rodríguez (Dirección), Alicia Blas (Escenografía), Valentín Álvarez (Iluminación), Guadalupe Valero (Vestuario), Ángel Ruiz (Asesor musical) y Emilio Valenzuela (Vídeo)

 

Reparto: Huichi Chiu, Paula Iwasaki, Miriam Montilla, Manuela Paso, Macarena Sanz, Rosa Savoini y Camila Viyuela.

Producción Centro Dramático Nacional

Agradecimientos Casual Madrid del Teatro

 

Una crítica de Watanabe Lemans

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