MI NIÑA, NIÑA MÍA. Algún día, tus ojos encenderán luciérnagas.

Una mujer nos relata su historia de supervivencia en el campo de concentración de Terezin. Su historia discurre, en paralelo, a la de otra mujer, entomóloga que, un buen día, se ha de enfrentar a la revelación de un secreto familiar.

Esta podría ser una suerte de sinopsis de la obra «Mi niña, niña mía», propuesta que escrita por Amaranta Osorio e Itziar Pascual, dirigida por Natalia Menéndez y protagonizada Ángela Cremonte y Goizalde Núñez, nosotros hemos podido ver en la sala Margarita Xirgu del Teatro Español.

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El campo de concentración de Terezin es, probablemente, uno de los menos conocidos frente a la presencia de Auschwitz, Dachau o Treblinka. La historia de esta pieza arranca en ese lugar, a unos 60 kilómetros de Praga. El primer contingente de judíos y judías deportados llegan a Terezin un 24 de noviembre del año 1941. Allí llega también una de las protagonistas de la historia, siendo una mujer joven. Es ella la que se encarga de hacer un potente y evocador relato de los hechos para situarnos en medio de aquel horror donde llegarían a morir 33 mil personas. Con todo, Terezin poseía una singularidad frente al resto de campos destinados a la solución final: en Terezin se podía encontrar un nutrido grupo de intelectuales, hombres y mujeres de teatro, de cine, del mundo de la música, con intereses de lo más diverso: psicología, antropología, sociología, etcétera. Los nazis consintieron el desarrollo de ciertas actividades lúdicas, de esparcimiento. En el campo de concentración podían escucharse conciertos de jazz, óperas, verse obras de teatro de Gogol, Schiller, Moliére, Shakespeare, Lessing, etc. Pese al horror de fondo, las gentes que ocupaban el gueto podían desarrollar, más o menos clandestinamente, sus inquietudes. Esto obedecía más a una estrategia del régimen Nazi antes que a cualquier atisbo de humanidad o bondad. Al Führer le serviría para crear una imagen idealizada de un lugar en el que los judíos podían expresarse; una especie de falsa imagen del régimen, una envenenada propaganda que nada tenía que ver con las intenciones del gobierno de Hitler.

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Con Terezin como telón de fondo, una protagonista de la historia nos revela sus argucias para sobrevivir en aquel lugar. El teatro le serviría para huir de una realidad recalcitrante. Para convertirse en autómata capaz de ignorar el ruido de sus tripas, el sufrimiento de su conciencia. Esta historia, como se ha dicho, discurre en paralelo con otro relato que nos presenta a una joven investigadora que trabaja en el campo de los insectos y cuya vida parece situarse lejos de Terezin, más próxima a nuestros días. La presentación de ambas mujeres comprende lo que podríamos llamar el primer bloque de esta obra que se divide en dos bien diferenciados. El segundo bloque, comienza cuando se produzca la transición hacia el encuentro de ambas mujeres en un apartamento en Praga. Las dos mujeres, fuertes y vulnerables a un tiempo. Las dos mujeres capaces de lograr plantar cara a sus miedos, a los necios y a la necedad que las rodea. Esas mujeres que, como diría Giaconda Belli, «piensan» y cuyos ojos, cuyas miradas, «algún día encenderán luciérnagas».

La obra nos convence. Sentimos que ambas actrices están espléndidas y que el texto progresa con gran interés, al menos en el primer bloque. En esta primera parte, nos encontramos con toda una coreografía de verosimilitud, de potencia interpretativa. Las actrices se mueven en la hondura, en la filigrana, en la capacidad de hurgar dentro de sí mismas redondeando un texto que les sienta como un guante.

La sensación es diferente en el segundo bloque, pues debemos reconocer que tenemos la sensación agridulce de que ambas historias colapsan de un modo un tanto forzado y precipitado. Es más algo que tiene que ver con la trama que con las interpretaciones. En cualquier caso, hay algo que nos seduce en este juego de vías cruzadas y guarda relación, definitivamente, con el equilibrio en su dosis de lo intrigante.

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La primera parte, en la que las dos historias no convergen, se nos presenta enigmática y eso es siempre estimulante. Nos desconcierta un poco la escena de la esquiadora en la nieve que no acabamos de comprender en la tesitura de la obra si no como a modo de rompiente, de transición entre una escena y otra. Por lo demás, nos fascina la manera en que están situados los elementos escénicos, las videocreaciones, los cuadros con los insectos; toda esa hermosa simbología de la fragilidad. Gran trabajo de Elisa Sanz (vestuario y escenografía), Juanjo Llorens (iluminación), Álvaro Luna (videoescena) y Luis Miguel Cobo (música) que funcionan bien armonizados.

Quizá, a medida que avanza la pieza, adivinemos, sin dificultad, que la relación entre ambas mujeres era la pronosticada. Más allá de eso, destacaríamos, por encima de todo, el perfecto ajuste, en el primer bloque, de las interpretaciones con arreglo a un texto deliciosamente evocador y simbólico.

Entramos de lleno en la narración que contemplaremos como una fábula, con moraleja final incluida, en la que las luciérnagas forman parte crucial de la misma. Nos parece haber entrado en un cuento hermoso, que se mueve con sigilo, con tacto, ante el espanto del Holocausto. Una apuesta por la voz femenina, por el alegato de las supervivencias, de las supervivientes; un emocionante canto al sufrimiento de tantas mujeres y niñas que dejaron su impronta en aquellos lugares donde la presencia del hombre era arrolladora, imponente, hostil; en aquellos lugares en los que, especialmente ellas, se veían usurpadas de toda identidad. Algunas lograrían brillar incluso en esos momentos tan lóbregos y aciagos del alma humana. Porque, como ocurre con las luciérnagas, en la penumbra, también ahí, muchas mujeres irradian toda la luz que portan.

MI NIÑA, NIÑA MÍA

PUNTUACIÓN: 3 CABALLOS Y 1 PONI
Se subirán a este caballo: Para quienes tengan la suficiente sensibilidad para dejarse arrollar por una fábula que ha brotado desde la oscuridad.
Se bajarán de este caballo: Quienes busquen historias sin hondura y alejadas del drama.

***

Ficha artística

Dirección:
Natalia Menéndez
Reparto
Ángela Cremonte
Goizalde Núñez
Ficha artística:
Escenografía y vestuario Elisa Sanz (AAPEE)
Iluminación Juanjo Llorens (AAI)
Música Luis Miguel Cobo
Videoescena Álvaro Luna (AAI)
Ayte de dirección Pilar Valenciano
Ayte escenografía Lúa Quiroga (AAPEE)
Ayte videoscena Elvira Zurita

Una crítica de Watanabe Lemans

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