EL JARDÍN DE LOS CEREZOS. Fascinante Chéjov

La señora Ranevskaya regresa a Rusia después de haber dilapidado su fortuna en París para encontrarse con que su finca va a ser subastada para pagar una serie de deudas. Un vecino,  Lopajin  intenta convencerla para que venda antes la propiedad y transforme las parcelas en casas de vacaciones para los veraneantes. La propiedad es bien conocida porque posee unos amplios jardines repletos de cerezos.

Esta podría ser una sinopsis de la obra «El jardín de los cerezos» de Antón Chéjov que  nosotros hemos podido ver, dirigida por Ernesto caballero, en la sala grande del Teatro Valle-Inclán, sede del Centro Dramático Nacional.

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Esta pieza de Chéjov, sobrerepresentada de mil y una maneras, tiene ya más de 100 años de historia. Sería la última obra que escribiría el autor ruso antes de morir y de acuerdo  con su biografía, fue una obra en la que se afanó sobremanera en el proceso de reescritura. No se trata de una reescritura lo que hace, aquí, el director sino de una adaptación contemporánea (quizá el referente más cercano sea el proyecto que en su día Sam Mendes trajo consigo al Teatro Español con The bridge project). A nosotros, ver dónde ha decidido posar la mirada Caballero, en esta ocasión, nos parece fabuloso. Partiendo de esta  premisa y para no jugar al despiste, diremos desde el principio que nos ha deslumbrado.

Este «El jardín de los cerezos» logra imponerse en varios territorios ante los que no queda otra que quitarse el sombrero. Comencemos por la manera de interpelar al texto y el análisis que se hace del sentido Chejoviano a lo largo de la propuesta. El tono de comedia, agriada, crepuscular, sublimada está en su punto. La gran vuelta de tuerca que se evidencia en la dirección de escena pasa por traer a Chéjov al 2019 sin hacerle perder sentido alguno al texto. El propio Chéjov se negaba a observar a su criatura como un melodrama e insistía en que no estaba afectada por lo trágico sino atravesada, de cabo a rabo,  por la ironía (o, mejor, la sátira).

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Ernesto Caballero capta a la perfección esa sátira y la vierte sobre las tablas con precisión de prestidigitador. La obra se ve con disfrute, sin particulares faltas de ritmo, ni embustes. Es honesta en su transformación al código al que se adscribe: el contemporáneo, al menos en sus formas. El fondo, ese esqueleto Chejoviano, sigue intacto en su texto. Detrás de la sordidez, de la voluptuosidad o de la frivolidad de los dueños del la finca donde está el jardín de los cerezos, se esconde lo absurdo de sus vidas. Su miedo, sus intentos de huida de sí mismos, su percepción de precario equilibrio en el que se encuentran como burgueses, nobles, ante una sociedad que avanza, sin pausa, en otra dirección.

La pieza, que nos ha parecido exquisitamente cinematográfica en su planteamiento, está repleta de personajes que podríamos encontrar en un film de Berlanga o de Woody Allen antes que en una cinta de Bergman o de Tarkosvky. Encontramos ecos también de los personajes de Fellini y su dolce vita o del más reciente Sorrentino en la indagación de la naturaleza contradictoria y decandente de aquellos que pierden su lugar en el mundo (nótese la apelación a «La gran belleza»). En este punto, solo podemos otorgar a Ernesto Caballero nuestra máxima credibilidad y agradecerle el pulso conferido a la obra que logra resignificar, reempoderar a golpe de ejercicio de estilo pop. Hay una dirección maravillosa de lo que ocurre en escena y muchos momentos para sentir que estamos ante algo brillante. Nos arrebata. Nos embelesa.

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El montaje técnico (escenografía, espacio sonoro, iluminación, vídeo creaciones, etcétera) tiene una gran parte de responsabilidad en lo que a esa fascinación respecta. Nos queremos referir a la incontestable escenografía de Paco Azorín que hace de esta función una galaxia en sí misma. Nos deja boquiabiertos. Desde el tren y la casa de muñecas del inicio hasta el versátil escenario móvil, el jardín de cerezos que atisbamos al fondo en un momento dado, las hojas otoñales cayendo, la recreación de la fiesta, todo, absolutamente todo se comporta con una fuerza plástica y un sentido estético deliciosamente evocadores. Pensamos que igual que Chéjov relataba en esta pieza el cambio de orden al que se enfrentaba una sociedad como la rusa, también Caballero se enfrenta a un cambio de orden al asumir una mirada desprejuiciada, poderosamente original, sobre este jardín de los cerezos que siempre ha sido visto como un huevo de Fabergé, como un samovar.

En el capítulo de interpretaciones destacamos a Carmen Machi siempre elegante, punzante, velocipedista en terreno emocional. Nos mesmeriza. Su pose, su garbo y su fragillidad, sí, su insidiosa y disfrazada voluntad quebradiza con la que dota a su personaje; ella que sabe que si uno se encuentra en una jauría, ladre o no ladre, por lo menos ha de saber menear la cola. Ella sabe menearla siempre. Da igual la jauría en la que se meta.

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Nos gustan también, especialmente, Nelson Dante: un asombroso y vigoroso Lopajin que evoluciona con brío, verosímil, francamente arrebatador cuando asistimos a su discurso una vez que ha comprado la finca y comparece con un hacha en las manos; Tamar Novas, con su fantástica encarnación de ese profesor/profeta que sabe lo que espera al final del túnel y parece ser el propio Chéjov hablándonos y vaticinando aquello de que por lo menos, una vez en la vida hay que mirar a la verdad a la cara. A los ojos.  Por último, Isabel Dimas, encarnando al viejo Firs: conmovedora por cuanto de mundo en descomposición hay en su papel, el criado que muere sirviendo, el que no sabe hacer otra cosa más que lo que siempre hizo. Firs, el elefante encadenado a una estaca que no haría nunca un sencillo movimiento para arrancarse los grilletes. Cuánta triste belleza en su arrastrarse por el escenario. Maravillosa Dimas.

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Poco más nos queda que decir de esta adaptación que obtiene ya podio directo en el primer puesto de lo que llevamos visto de 2019 en la cartelera teatral madrileña. Parafraseando a Chéjov para terminar: «Si realmente reflexionas, todo es maravilloso en este mundo. Todo, excepto nuestros pensamientos y acciones cuando nos olvidamos de reflexionar». Es eso lo que les pasa a muchos de los personajes de «El jardín de los cerezos»: que han suspendido el juicio, la reflexión, para poder seguir viviendo. Pero cuando no reflexionas, hasta el cerezo más hermoso se convierte en un simple tronco muerto. 

 

EL JARDÍN DE LOS CEREZOS

PUNTUACIÓN: 5 CABALLOS

Se subirán a este caballo: Quienes busquen el goce absoluto en el teatro.

Se bajarán de este caballo: No creemos que nadie, en su sano juicio, deje de querer subirse a este caballo.

FICHA ARTÍSTICA

Anton Chéjov (Texto)

Ernesto Caballero (Versión y dirección)

Reparto: Chema Adeva, Nelson Dante, Paco Déniz, Isabel Dimas, Karina Garantivá, Miranda Gas, Carmen Gutiérrez, Carmen Machi, Isabel Madolell, Fer Muratori, Tamar Novas, Didier Otaola y Secun de la Rosa.

Paco Azorín (Escenografía)

Ion Aníbal (Iluminación)

Juan Sebastián Domínguez (Vestuario)

Luis Miguel Cobo (Música y espacio sonoro)

Pedro Chamizo (Vídeo)

Carlos Martos (Movimiento escénico).

Producción Centro Dramático Nacional

Una crítica de Watanabe Lemans

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