TOM EN LA GRANJA. Cuando miras el abismo, pero el abismo no te mira a ti

Tom, un joven publicitario, acude al funeral de su novio, que ha fallecido en un accidente de tráfico. La familia del novio vive en una remota granja. Allí se encontrará por vez primera Tom con la madre de su amado. Ella no lo conoce ni sabe qué clase de relación mantuvo con su hijo. Tom descubrirá entonces que su novio había estado enamorado de una mujer llamada Sarah y que la familia de su chico parece vivir instalada en una dramática violencia interiorizada.

Esta podría ser una sinopsis de la obra «Tom en la granja» de Michel Marc Bouchard dirigida por Enio Mejía y que nosotros hemos podido ver en la sala Jardiel Poncela del Teatro Fernán Gómez.

No se llora solo con los ojos. Las palabras, el cuerpo, también, a su manera, lloran. La obra que firma Bouchard es una obra en la que se llora por medio de la violencia, de la sumisión. Los personajes de Tom, la madre de su pareja y el hermano de este, guardan un dolor que exuda no precisamente en forma de lágrimas. Enfrentarse a un texto como el de «Tom en la granja» es como enfrentarse a una carta escrita desde una habitación en llamas. Urgente, angustiosa, terriblemente profunda. No se puede sobrevivir sin el asidero del lenguaje y el autor construye, en esta pieza, un recipiente perfecto para que el lenguaje se haga corpóreo. Tom narra en una suerte de carta, de manifesto íntimo, de diario de duelo, sus meditaciones en torno a lo cotidiano: la llegada a la granja de su pareja fallecida, el encuentro con la familia que le recibe con la consideración de un amigo sin saber que es y fue algo/mucho más. Sus pensamientos, su diálogo interno, su forma de decir al espectador que ha olvidado todos los sinónimos de tristeza. Tom ha perdido a Guillaume, pero se ha perdido a sí mismo. Decía Goethe que «somos nuestros propios demonios y nos expulsamos de nuestro paraíso». Es esto lo que le ocurre a Tom.

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Su paraíso es imposible de mantener dentro de su desesperación por la pérdida y, en esa auto expulsión del paraíso, Tom se deja caer en un infierno en el que el hermano de Guillaume acaba convirtiéndose en un intento personal, impulsivo y ponzoñoso de reemplazo de la figura amada. Tan pronto el mundo de Tom es irreal como desreal. Tom, en un primer momento, está neurótico, irrealizado y, hacia el final de la obra, quizá termine un poco loco, desrealizado por completo.

Qué complejo poner en escena este aplastamiento psíquico, esta sobrecarga de padecimiento y fragilidad. Esta necesidad de descenso a los infiernos de Tom, deliberada, consciente, masoquista. Si uno ha visto esta historia contada por Xavier Dolan en el cine, lo tendrá muy crudo porque la comparación es odiosa entre cine y teatro, pero es que, además, la obra que nos ocupa descarrila estrepitosamente en lo que a interpretaciones se refiere. Pasemos a ese particular.

El papel de Tom, en manos de Gonzalo de Santiago, provocará la desazón del espectador de un modo irremediable. Pero por desazón no se entienda aquí una interiorización del personaje sino, al contrario, una desapasionadísima mirada sobre su papel, una falta de pulso tan elocuente que aleja su interpretación de toda verosimilitud e incluso de todo el potencial poético que debería emanar. Gélida semblanza que lleva su papel a la máxima irrelevancia.

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Nos quedamos, de entre todas las interpretaciones, con la de Yolanda Ulloa, mucho más capaz de ejercer un control de la dirección sobre su personaje de la madre a medio camino entre la afabilidad y la hostilidad. Una mujer conservadora desgarrada por la pérdida de un hijo. La madre es la que llorará para siempre. La que sabe o parece saber, pero no verifica hasta el último momento porque esa verificación puede conllevar más sufrimiento. Su aspecto de granjera matriarca «Zen», errabunda, contradictoria, confusa, pero consciente, sí nos convence.

El papel del hermano del fallecido, interpretado por Alejandro Casaseca, sí posee una atractiva energía física: su corpulencia, sus ademanes de fortachón y homófobo, reprimido, de homínido embrutecido, de hombre de mirada acostumbrada a maizales, pueden estar quizá un tanto hipertrofiados, pero encajan. Si bien, se aleja mucho del personaje muchísimo más estilizado que compone Pierre-Yves Cardinal en la versión cinematográfica de Dolan.

La granja, recreada por Alessio Meloni tiene cierto sentido, pero nos deja bastante fríos en una escenografía que pretende contar el paso del tiempo a través de la madera. A nosotros se nos queda más en previsible y nada evocadora.

Concedemos nuestra puntuación a esta obra, fundamentalmente, por su texto antes que por su puesta en escena, su dirección y, desde luego, antes que por su interpretación.

Nos abismamos ante esta versión teatral de «Tom en la granja». Nos abismamos con deseo, con ganas, pero salimos ciertamente exangües porque el abismo que debería contener la pieza, no nos acaba mirando a nosotros. Y eso, claro, es lo más desafortunado que le puede ocurrir a esta dramaturgia.

TOM EN LA GRANJA

PUNTUACIÓN: 2 CABALLOS Y UN PONI

Se subirán a este caballo: Quienes busquen una mirada teatral de la obra cinematográfica (no nos engañemos, la mayoría)

Se bajarán de este caballo: Quienes busquen interpretaciones a la altura de un texto hermoso.

***

Ficha artística

Autor: Michel Marc Bouchard
Traducción: Line Connilliere / Gonzalo de Santiago
Dirección: Enio Mejía
Reparto: Agatha – Yolanda Ulloa, Francis – Alejandro Casaseca, Tom – Gonzalo de Santiago y Sara – Alexandra Fierro

Una reseña de @EfejotaSuarez

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