ROJO. Monocromía para un duelo desigual

El artista Mark Rothko recibe el encargo de pintar una serie de murales, excepcionalmente bien pagados, para ornamentar el elitista restaurante Four Seasons de Nueva York. Esto implicará un dilema en su carrera profesional. ¿Aceptar el encargo y llenarse los bolsillos o decir que no y mantener cierta integridad, aun con los bolsillos vacíos?

Esta podría ser la sinopsis de la obra «Rojo» con texto del autor John Logan dirigida y protagonizada por Juan Echanove y Ricardo Gómez, que nosotros hemos podido ver en la Sala principal del Teatro Español.

Lituano, pero con una biografía tan apegada a Estados Unidos que nadie podría separarlo de la cultura norteamericana, el artista Rothko era encontrado por su ayudante, Oliver Steindecker, un 25 de febrero de 1970 a las 9 de la mañana, muerto en su apartamento. Causa de la muerte: sección de las venas de su antebrazo y desangramiento. De esto no habla la historia de Logan que, al contrario, parece mostrarnos a un tipo intratable, más o menos vanidoso, pero con arrojo, fuerza. Todo el tratamiento que se hace en la pieza es velado, tamizado, pasado por un filtro sin mucho sentido. Solo una mención al suicidio cuando el personaje de Rothko comenta que él dejaría bien claro que se suicidaría, si llegase a hacerlo, para que la gente no tuviese que especular (como sí pasó con la muerte de Pollock, por ejemplo).

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El núcleo central de la obra «Rojo» gira en torno a un momento en la vida del pintor en el que debe decidir si acepta el encargo de una corporación de multimillonarios para dejar su obra en las paredes de un lujoso hotel y pasar, así, a la posteridad. En medio de este sustrato que quiere funcionar a modo de dilema, de conflicto para el personaje, se entremezclan otros contenidos que van desde la historia del arte, a Nietzsche, pasando por la melomanía o la reflexión en torno a si uno debe aceptar los cambios en las formas artísticas y saber dejar llegar a nuevos talentos (más allá de ver solamente a jóvenes oportunistas y charlatanes en los nuevos movimientos que se abrían paso).

Pionero del expresionismo abstracto consagrado, la crítica dice de él que logró, entre otras cosas, dar salida a un arte que era un lenguaje del sentimiento poco examinado hasta su época. Si bien Logan, el autor del texto, trata de plasmar la idea de que Rothko parecía no aceptar las transformaciones que venían en el mundo del arte, su retrato queda demasiado tocado por un halo de misantropía, de hombre altanero que parecía no respetar otro arte más que el propio; él, abanderado de un arte espiritualizado. Quizá ahí recae el mayor problema de este texto junto con un exceso de rimbombancia fatua, de intelectualidad mal destilada cuyo mensaje no siempre acabará llegando como debiera al patio de butacas.

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Del gusto por el color que apreciamos en Rothko, Logan se queda con una visión bastante monocromática y su receta se hace reiterativa, en cierto modo aburrido. Nos preguntamos si acaso el autor no sabía de esa inquina que Rothko tenía hacia la contemplación intelectualizada de sus cuadros, de sus pinturas. El artista detestaba las posibilidades discursivas de sus cuadros y apelaba, con brío, a las vísceras, a la emoción honda que pudiese suceder en la comunicación entre el espectador y su obra. Hete ahí la función sanadora del arte. Destruir lo figurativo para recalar en la belleza de la reminiscencia.

El texto no empuja a la obra, va a la zaga y si esta sale adelante, si avanza, es, sin duda alguna, por la maestría de Echanove que, en lo interpretativo, se ubica, de nuevo, en ese lugar que sabe habitar tan bien: el del absoluto e ineludible animal escénico. Dotado como pocos, su composición es lo mejor de la pieza: su construcción profunda y respetuosa de un personaje que fue persona, de un universo en el que logra imbuirnos por momentos. El color, en Echanove, es infinito.

Por desgracia, nos alejamos del contenido, aunque respetamos, eso sí, la enorme valía del actor que, además, se exige la tarea de dirigir la obra. No entendemos muy bien su elección por un texto como este, tan difícilmente tratable como material dramático. Quizá la asunción de un reto, su pertinencia como desafío. Quizá de ahí brote su elección.

Complejo es que la pieza se resuelva con eficacia contando con un texto tan engolado, contumaz. Otras cosas que no acaban de funcionar pasan por la interpretación de Ricardo Gómez, quien encarna el papel de ayudante del artista. El tándem televisivo atrae al público, desde luego, pero no recibe la suerte de las musas teatrales. Gómez se desdibuja por completo y, pese a algún conato de intento por salirse de su zona de comodidad en la que lo observamos encorsetado, nada diestro, el resultado no es convincente. Frente a Echanove, desgraciadamente, no está a la altura. Monocromía para un duelo desigual.

Otro problema que urge resolver a la función, si es que inicia la andadura de gira, es de índole más prosaica: se trata de los momentos de transiciones entre escenas: unos oscuros que hacen perder fuerza a la pieza, que nos dejan perplejos por la lentitud con la que se asumen y por lo que comportan para quienes estamos en la butaca. Salirse del texto es fácil, más aún cuando tales transiciones entre escenas están tan mal resueltas.

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Echanove, y solamente Echanove, hace que la obra obtenga para nosotros la puntuación que obtiene. No nos quedamos con otra cosa que no sea la humanidad del actor, su apabullante manera de enfrentarse a un texto esquivo, y defenderlo con esa fuerza que él posee. Todo es creíble, genuino, gracias a él.

Rothko despistó a los críticos de arte contemporáneo. Les obligó a inventarse un vocabulario que no existía, del que carecían para hablar de su arte. Rothko pensaba que pintando cuadros grandes podría estar dentro del cuadro, hacer de esa experiencia no algo reductor sino más bien íntimo y humano. Por desgracia, John Logan crea con esta pieza un cuadro grande, sí, pero pomposo y vano que solo Echanove logra reconciliar en algo un poco más espiritualizado.

Rothko, lo descubrirán en la obra, tomó conciencia de su ideario socialista. Tal era su cosmovisión del mundo. Sus rojos se hicieron casi marrones tras el encargo del Four Seasons. La Tate Gallery recibió buena parte de esos lienzos para ser expuestos y, azares del destino, llegaron a Londres un día después de su suicidio en Nueva York. En su apartamento, solo quienes fueron testigos del charco derramado por el suelo quizá pudieron entrever que el color rojizo de su sangre también había adquirido un doliente tono marrón. Quien sabe.

ROJO

PUNTUACIÓN: 3 CABALLOS

Se subirán a este caballo: Quienes acudan buscando la presencia de un tándem televisivo sin muchas más pretensiones.

Se bajarán de este caballo: Quienes esperen encontrar un texto a la altura de una biografía como la de Rothko.

***

Ficha artística

Autor: John Logan

Dirección: Juan Echanove

Reparto: Juan Echanove y Ricardo Gómez

Traducción José Luis Collado
Diseño de escenografía Alejandro Andújar
Diseño de Iluminación Juan Gómez-Cornejo (A.A.I.)
Diseño de vestuario Alejandro Andújar

 

Una reseña de @EfejotaSuarez

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