TRATANDO DE HACER UNA OBRA QUE CAMBIE EL MUNDO. Y no consiguiéndolo

Un grupo de actores preparan un proyecto teatral. Para ello se han reunido en un lugar escondido, en algún lugar remoto de su país, Chile, donde nadie pueda molestarles ni, por supuesto, descubrirles, pues parece que el sistema político que reina en el exterior, censuraría o prohibiría dar rienda suelta a sus ideas de crear un teatro que cambie el mundo.

Esta podría ser la sinopsis de la obra «Tratando de hacer una obra que cambie el mundo» de la compañía chilena La Resentida que nosotros hemos podido ver en el Festival de Otoño de la comunidad de Madrid, en este caso en la sala verde de los Teatros del Canal.

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Aceptemos varias premisas para poder encajar la función. La primera: su deliberada explotación de la autoparodia recalcitrante.

La pieza nace como un intento hinchado, abultadísimo, de meterse con su propio gremio en un sentido no realista sino ajustado al código de lo grotesco. El sustrato de esta pieza de metateatro parece asentarse en la siguiente reflexión: «Hagamos una obra donde podamos burlarnos de nosotros mismos y del proceso de creación de los y las autores/as contemporáneos en el sentido más posmoderno del término». Lo que vemos sobre el escenario es a un grupo de actores intentando pergeñar nuevos códigos teatrales que remuevan a los espectadores. Para ello despliegan toda una sarta de ideas, a cual deliberadamente más extravagante y nefasta, que pasan por la presentación en el escenario de niños africanos desnutridos, con un personaje que encarne el SIDA, y moscas, muchas moscas, además de la presencia de Nadia Comaneci como hito camp . Por si eso no fuera suficiente, los susodichos sienten que uno de ellos debería morir en escena. La muerte como el valor más alto de verosimilitud, que es uno de los códigos que creen más necesarios.

Todo esto ocurre en medio de una trama desnortada, muy chillona, (un setenta y cinco por ciento de la función tiene un nivel de voces en grito y pseudo apasionamento que acaba por hartar, y mucho). Llegados a este punto comprendemos varias cosas: De acuerdo, nos quieren hablar del teatro como artefacto, del teatro como potente herramienta para el cambio, del teatro político versus el teatro adocenado, de la sobre afectación que ha hecho mella en lo posmoderno, como si una corriente cuyo sustrato fuese lo cool, lo camp o lo hipster, detentase la hegemonía de los nuevos creadores. Crear un teatro basado en el activismo no como una convicción sino como una corrección política que queda bien sobre la escena. En ello podemos estar de acuerdo: solo hay que ver algunas propuestas que abundan y que parecen nacidas del horror vacui o, mejor dicho, del imperio de la estética sobre el lenguaje: ¿Acaso no es en eso en lo que se basan gran parte de las subculturas contemporáneas?

Si el teatro pierde su ética, lo pierde todo. Podemos y queremos comprar ese argumentario de la compañía chilena La re-sentida. (Si es que por ahí van los tiros). Compraríamos, asimismo, esa idea de que no hay peor enemigo dentro del teatro que los egos de los creadores y creadoras; las dificultades de consenso, las dificultades para ser originales, creativos. Sí. Nada nuevo bajo el sol.

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No obstante, el eco del discurso empaquetado de «Tratando de hacer una obra que cambie el mundo», nos resulta ampuloso, falto de un rigor que siempre acaba siendo el más responsable de que un producto sea visto como auténtico o como un corta y pega. Y esta pieza raya más en lo segundo que en lo primero. No entendemos de dónde proviene ese marchamo de «punks del teatro chileno» si no es por el inusitado sentido de libertad de la propuesta. No vemos otra posibilidad. Libertad total con un mensaje enmarañado, mil veces escuchado, mil veces oído.

En cuanto a punk, en el sentido de outsider, creemos que Duchamp lo fue mucho más con su idea del urinario. Incluso Celine en su «Largo viaje hacia la noche» era muchísimo más punk. Por no hablar de Víctor Jara. Cualquier canción del cantautor chileno tiene más quejido y hondura que la propuesta que nos ha traído La re-sentida en forma de pieza teatral con moralina incluida bajo el brazo. Una moralina que llega a modo de letanía repetida en escena por uno de los actores erigido en voz, grandilocuente, de una generación que entona su mea culpa porque no le ha pasado nada. No ha vivido la pobreza, el hambre, la miseria, las guerras, que han vivido sus padres y madres. Entendemos que el mensaje quiere ser portable y no localista. Que en España o en Europa podamos vernos reconocidos. El problema está en lo falaz, en expresar un pensamiento un tanto equívoco y tramposo, pues la generación de los que hoy tienen treinta o cuarenta es una generación desconsolada, repleta de anhelos incumplidos, de promesas robadas, asaeteada por un capitalismo feroz y desprovisto de cualquier compasión. Una generación con motivos de sobra para el descontento y la queja. Con motivos de sobra para hacer activismo permanente.

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Si al menos las interpretaciones nos pareciesen más certeras, más profesionales y no nos recordasen tanto a un teatro aficionado, si el discurso hubiese contenido pólvora no tan mojada y si hubiésemos reconocido, detrás de la libertad en escena, un teatro menos ensimismado y endogámico, casi pensado para llegar a los directores, intérpretes, creadores y creadoras que pudiese haber en el patio de butacas antes que pensado para llegar a un público más amplio, entonces, habríamos visto otra obra.

Parafraseando a Duchamp: «El arte tiene la bonita costumbre de echar a perder todas las teorías artísticas». El problema, en esta pieza, es que su presentación como totum revolutum ha tenido la mala fortuna de echar a perder el arte que nosotros esperábamos de la propuesta.

«TRATANDO DE HACER UNA OBRA QUE CAMBIE EL MUNDO»

PUNTUACIÓN: 2 CABALLOS

Se subirán a este caballo: Quienes acepten dosis de moralina escondida en los recovecos de la obra.

Se bajarán de este caballo: Quienes crean que el punk teatral es otra cosa bien distinta.

***

Ficha Artística

Tratando de hacer una obra que cambie el mundo

Dramaturgia: La Re-sentida

Dirección: Marco Layera

Intérpretes: Carolina Palacios, Pedro Muñoz, Benjamín Westfall, Nicolás Herrera y Eduardo Herrera

Diseño integral: Pablo de la Fuente

Diseño de vestuario: Carolina Sandoval

Jefe técnico: Karl Heinz

Técnico de sonido: Alonso Orrego

Asistente de escena: Carolina de la Maza

Distribución y producción delegada: Carlota Guivernau

Una crítica de @EfeJotaSuarez

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