LA OMISIÓN DE LA FAMILIA COLEMAN. La espontaneidad como vórtice

Una familia disfuncional, apuntalada gracias a la firmeza y el sentido común de una abuela, espera la visita de uno de sus miembros: una hija que fue criada desde bien pequeña en otro entorno social. El choque de statu quo y de maneras de pensar será inevitable sobre todo cuando la hija «exiliada» se haga cargo de los pagos de un hospital privado en el que la abuela de la familia tendrá que acudir por un problema médico.

Este podría ser un intento de sinopsis de la obra «La omisión de la familia Coleman» que hemos podido ver en la sala verde de los Teatros del Canal, dirigida y escrita por el argentino Claudio Tolcachir.

Este es nuestro primer acercamiento a una obra que generaba enormes expectativas tras haber leído y oído hablar tan bien de la misma. Una obra representada en multitud de lugares de Latinoamérica y Europa, recalando en España ya en varias ocasiones. Para no jugar a los trileros, diremos, de entrada, que esas expectativas no se cumplieron en nuestro caso y para ello haremos un análisis de la trama y de las interpretaciones, así como del contexto que rodea el éxito, legítimo, y más o menos justificado de esta pieza.

La popularidad de Tolcachir con esta obra, si uno revisa su historia, procede de una tarea absolutamente esforzada. En un Buenos Aires asolado por la crisis económica de 2001, él se convirtió en pionero. Montó una escuela de teatro, Timbre 4, en el barrio de Boedo y se impuso el ejercicio de crear un espacio en el que ensayar, debatir, crear, alentar en tiempos oscuros. El tiro podía haberle salido por la culata, pero le salió bien y allí, en eso que se conoce como off o teatro independiente porteño nació «La omisión de la familia Coleman». Más tarde, con el éxito de la pieza, suponemos que todos en Buenos Aires quieren/intentan reproducir una fórmula que guarda a partes iguales trabajo, tesón, y seguramente una buena dosis de azar e idealización con arreglo a la hazaña de Tolcachir. Hoy Timbre 4 es marchamo para dramaturgos y dramaturgas, actores, actrices, quizá buscando algo de ese halo inmaterial que poseen los lugares que sacralizamos y mitificamos.

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Su obra nacía, según él mismo cuenta, de numerosos ensayos e improvisaciones; así germinaría el texto: puro acto de aprendizaje para todos. Ese sentido comunitario como marca de la casa. La etiqueta off/independiente se le hizo pequeña y la obra de los Coleman evaporaría cualquier frontera entre comercial e indie. Desde luego es toda una proeza en una ciudad como Buenos Aires repleto de salas donde todos y todas, queremos pensar, se estaban reinventando. Encontrar el epicentro de ese terremoto Tolcachir  se hace inaccesible más allá de la voluntad de un grupo de gente trabajando, luchando por una idea, poniendo toda su voluntad.  Inaccesible, decimos, porque tras leer y escuchar el texto de «La omisión de la familia Coleman» todavía no logramos comprender qué se nos escapa, a nosotros, para considerar que, juzgando la obra literariamente, se nos haga imposible creer que no hubiese en Argentina dramaturgos y dramaturgas con una sístole más inspirada.

El texto deviene en creación atrapada en su propia retahíla, en su  propio deambular errático. Todas sus costuras, costumbristas, hiperrealistas y grotescas, quedan al descubierto pese a que muchos señalen (inclúyasenos, por favor) su espontaneidad o su viveza. Bien diferenciada en dos partes, a nosotros  la primera se nos hace bola. Semeja un batiburrillo hiperelocuente sin mucha hondura. Una escritura basada en un flow que, entendemos, incluye la reescritura, pero a la que le notamos una abultadísima falta de resonancia: no hay ningún vuelo poético, ningún esqueleto al que asirse que no sea el que vemos: una familia desestructurada que discute, refriega, tan explicitada que se adentra dentro de un ejercicio de hiperrealismo (en este punto, si se juzga esa coordenada, impecable).

Quizá sea eso lo que el público reconoce: una familia alocada, vitriólica, que también podría ser la propia de muchos espectadores. Lo que nosotros intuimos es una escritura atravesada por la teatralidad del montaje. Quizá eso es algo demasiado visible, deliberado. Como si el autor quisiese descubrirnos todos los borrones que fue dejando sobre el texto (¿para que nos demos cuenta de cómo iba recogiendo los frutos de las improvisaciones de sus actores y actrices?).

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Tal y como la dramaturgia nació, en un apartamento en el que la familia hacía participe al público de su historia dando portazos, atravesando los pasillos, moviéndose con el fluir de cualquier familia en una casa, con transiciones que no ejercían ninguna fricción, pensamos que su paso a los escenarios, como la sala verde de los teatros del Canal, hace que pierda cierta esencia imposible de capturar en un teatro frente a la vivencia en el propio apartamento de Timbre 4. Suponemos que lo mismo sentirían los espectadores en la avenida Corrientes cuando, diez años después del estreno en el off, la obra llegó a los teatros del Paseo de la Plaza.

Salvando esta parte quebrantada del espacio de la pieza que la dota de verosimilitud y fuerza (el hecho de desarrollarse dentro de un apartamento real), el resto de la propuesta nos parece, como hemos comentado anteriormente, carente de hondura. ¿Cuál es la reflexión? Podremos ponernos todo lo sesudos que queramos y leer exégesis en torno a que la metáfora que presenta aquí Tolcachir es la del correlato de familia en crisis/ una Argentina en crisis, una familia individualista/Argentina individualista que enarbola aquello de que «cada palo que aguante su vela». Quizá un psicoanalista (pongamos por ejemplo a Badaracco) sería capaz de meterse en los recovecos del análisis de este sistema familiar en pura homeostasis en el que el padre es la verdadera omisión. El nombre del padre como omisión, de acuerdo. En cualquier caso, nos parecen elucidaciones demasiado constreñidas. Está claro que la voluntad puede llevarnos a interpretar libremente, lo cual es legítimo, pero creemos que es ir más allá de lo que nos entrega un texto bastante estándar. Entendemos que la falta de hondura es deliberada y que la obra está concebida desde una apuesta fuertemente naturalista en la que el lenguaje cotidiano, los dobles vínculos, la organicidad, fuesen protagonistas. Con todo, no nos conmovió. Ni siquiera su final, ese clímax de tragedia abandónica en la que el más frágil del sistema queda sentado en el sofá del apartamento esperando que alguien de su familia regrese.

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En el capítulo de las interpretaciones, sabemos que se trata de una obra con larguísimo recorrido y que los actores y actrices han ido cambiando. El reparto, en los teatros del Canal, se muestra correcto con arreglo a un texto que los lleva por la senda de la locura, lo patológico del vínculo, lo enfermizo de lo relacional, pero igualmente no acaba de eclosionar emocionalmente. Hay algunas risas fruto de torpezas, malos entendidos, azoramientos, etcétera. Nada que sea remarcable como fruto de un trabajo de alto nivel. No podemos decir que las interpretaciones están mal, pero sí muy desiguales. Hay papeles bastante absurdos. ¿Qué pinta el chofer de Verónica en la ecuación? Las apariciones del médico resultan anodinas. Y muchos de los momentos de Marito, crispantes por la interpretación del actor. La intervención más eficaz en términos de frescura y gracia se la lleva la actriz que interpreta a Memé: quien sentimos que interpela más al público en su posición de madre discordante y francamente tarambana. Si la naturalidad forma parte del valor de la obra, la tiene, claro, pero no llega a sentirse como algo demasiado útil en un drama tornadizo y repleto de tics ya vistos. Esta familia porteña queda muy lejos (pero mucho) de la familia de la América profunda que perfiló Tracy Letts en su «August: Osage County».

Se nos escapan, debemos reconocer, tantos elogios a una obra más bien en la media, con una escritura a menudo redundante y previsible y, en ese punto, pensamos que el refranero es bien sabio y comedido: «Cógete una fama y échate a dormir». (O mejor dicho: «cría fama y échate a dormir» que ya sabemos que el verbo coger es polisémico en otras latitudes). En este caso, la espontaneidad, la naturalidad y la verité actúan nada más y nada menos que como vórtices. Y ya se sabe que un vórtice lo engulle todo como un torbellino, rompiendo con cualquier idea de equilibrio.

LA OMISIÓN DE LA FAMILIA COLEMAN

 

PUNTUACIÓN: 2 CABALLOS Y 1 PONI.

Se subirán a este caballo: Quienes busquen una historia de enredos familiares llena de tics bastante estándar.

Se bajarán de este caballo: Quienes esperen encontrar hondura poética en una dramaturgia atravesada por la espontaneidad como vórtice.

***

Ficha artística:

Dirección: Claudio Tolcachir

Intérpretes: Jorge castaño, Diego Faturos, Candela Souto Brey, Adriana Ferrer, Cristina Maresca, Jose Frezzini, Fernando Sala, Macarena Trigo

Producción: Teatro Timbre4 / Maxime Seugé y Jonathan Zak

 

Una crítica de @EfeJotaSuarez

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