ALGUIEN VOLÓ SOBRE EL NIDO DEL CUCO. El drama lobotomizado

McMurphy, un hombre acusado de violar a una menor de edad y condenado a años en prisión, decide fingir un trastorno mental para que lo trasladen a una institución psiquiátrica pensando que podrá descansar un tiempo hasta alcanzar su libertad. Allí, no encontrará sosiego sino a unos compañeros de institución convertidos en seres sometidos que han olvidado quienes son y sus deseos viviendo en una realidad pesadillesca de absoluta indefensión aprendida.

Esta podría ser la sinopsis de la obra «Alguien voló sobre el nido del cuco», adaptación teatral a cargo de Dale Wasserman basada en la novela de Ken Kesey, dirigida (y traducida) por Jaroslaw Bielski en la sala Guirau del Teatro Fernán Gómez de Madrid.

Podríamos decir que la obra ha envejecido bien por cuanto que el tema en el que se sustancia es el de la libertad individual y, como no, sigue teniendo vigencia. Si, además, sustituimos la prisión por «las instituciones de poder», en términos Foucaltianos, podríamos encontrar múltiples escenarios para trasladar el mensaje de la propuesta: el ser humano que acepta la indefensión como fruto del aprendizaje frente a aquellos que detentan el poder. Hagas «A» o hagas «B», el resultado será siempre el que los demás decidan. Es, pues, el personaje central de la obra de Kensey, McMurphy, una suerte de trasunto del Prometeo que se rebela frente a los Dioses, del rebelde que no acepta un sistema pensado para separar a los que son «normales» de los que no lo son. Su rol es central dentro de una pieza coral que dibuja roles muy claros siendo el de McMurphy y la enfermera Ratched los más pesados en significación.

Suponemos que uno de los principales atolladeros, a priori, para el montaje teatral de esta obra es su, inevitable, comparación con la icónica representación cinematográfica elevada a la categoría de clásico en la película del mismo título dirigida por Milos Forman. Si bien, habrá muchos jóvenes que no hayan visto la película y lleguen vírgenes al teatro, nosotros sí contamos con una imagen imposible de reemplazar: la de un jovencísimo Jack Nicholson interpretando el papel de Mc Murphy en el cine.

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Quizá sea su interpretación lo más destacable de la película de Forman junto a su encendida defensa de la libertad individual en una época de psiquiátricos, lobotomías y manicomios en plena expansión. En su folleto, la compañía que produce esta obra alude también directamente a lo cinematográfico y al hermanamiento entre lo dramatúrgico y lo audiovisual. La novela resiste bien el paso a lo teatral y no chirría en ese aspecto. Digamos que parece encajar perfectamente en este territorio, más allá de lo cinematográfico y, por ese lado, no existe pega alguna. Si bien resulta atractiva la propuesta de hacer aterrizar en el teatro un clásico como «Alguien voló sobre el nido del cuco», nos preguntamos qué ocurre para que la pieza acabe hurtándonos buena parte de lo que nos aportaba su referente más próximo: la película.

Si el problema no reside en el texto ni en su traducción; si el problema no cae de lleno en la escenografía, un tanto distópica, en el sentido de «actualizada» para la ocasión, con guardas que parecen salidos de «La naranja mecánica», si el problema no está en buena parte del reparto elegido, ¿dónde se encuentra? Para nosotros, la obra escora de modo muy pronunciado en la elección de uno de sus personajes principales: el de Mc Murphy. En esta obra, ese papel es interpretado por Pablo Chiapella. No es nuestro afán, desde luego, comparar a Nicholson con ningún otro actor elegido puesto que son palabras mayores y alcanzamos a no caer en ese juego fácil y tramposo. Con todo, Chiapella tensa sobremanera los códigos del arquetipo que pueda tener en su repertorio mental cualquiera que haya visto la película de Forman o haya leído la novela (y esto queda al margen de cualquier comparación con Nicholson).

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«Si tienes que forzarlo, es que no es de tu talla». Es este el caso que observamos con Chiapella a quien no le restamos capacidad y voluntad, pero a quien le falta oficio. Mucho. Estamos ante un personaje enormemente complejo que obliga a quien lo interpreta a saber driblar con aspectos que van más allá de la recitación de un texto y que requieren hilar muy fino con el subtexto: el de un hombre que se encuentra con una situación de sometimiento, el de un hombre que empatiza con un grupo de personas que sufren y a las que está decidido a ayudar, por encima de su fanfarronería, levantando un personaje moralmente controvertido: acusado de haber violado a una joven y, al mismo tiempo, erigido en portavoz de los sin voz, en firme redentor contra un sistema totalitario y panóptico, aún vigente.

La interpretación de Chiapella se queda en conato, en intento, en desvergüenza sin control. Su personaje parece moldearse por fuera sin un «adentro» en el que reverbere toda su indisciplina, todo su pulso al sistema montado a su alrededor. No acaba de convencernos al conducirse a modo de delincuente de poca monta muy apegado a los clichés de «canalla» sin mucha otra médula. Entendemos que la apuesta de la dirección ha pasado por la apelación a lo bufonesco, en detrimento de privilegiar los resortes del drama. Falta mucha sutileza. Y sobra bravuconería.

No hay mordiente y lo que es mucho peor: no hay apenas carisma. Y ese es un precio muy alto en un protagónico como McMurphy. El resto de la función, gracias a un texto y una trama coherentes, salva los muebles. También algunas interpretaciones poseen calado y enjundia. Por ejemplo, la de Mona Martínez en el papel de la enfermera Ratched que sortea con buen tino un buen número de elementos adversos tamizados bien por el desmedido histrionismo o bien por la insipidez de algunos de los personajes de la obra. Entre los que atraviesan el histrionismo están el propio Chiapella (que para llamarse Mc Murphy y estar en un psiquiátrico norteamericano no esconde su tono cañí) o alguno de los personajes interpretados por los compañeros de institución. Con el papel del jefe Indio, que interpreta Rodrigo Poisón, nos reconciliamos y también con el de Martini (Fernando Tielve) que está absolutamente metido en su rol. Dale Harding, interpretado por un Alejandro Tous comedido aunque un tanto escorado en su dicción, nos resulta agradable y honesto. Billy Bibbit recae en Niko Verona quien despliega su registro maravillosamente.

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Entre los personajes más insustanciales se encuentra el del Doctor Spivey (Manuel Tiedra) a quien no acabamos de encajar, pues más allá de un buenismo que exige su interpretación, termina por resultar increíblemente impersonal.

Centrémonos ahora en el título de la pieza: «Alguien voló sobre el nido del cuco». Se trata de una frase de un cuento que la abuela del jefe indio le contaba a este. Una historia que hablaba de que «había tres gansos en la bandada. Uno de ellos voló al este, otro al oeste y un tercero voló sobre el nido de cuco».

El nido del cuco como alegoría de un manicomio y el vuelo de los gansos, cada uno en una dirección, como metáfora de lo que significa perder la fuerza del grupo, el apoyo de la tribu. Una poderosa reflexión acerca de que cuando la bandada se dispersa, y toca volar a solas, se pierde algo muy valioso: la fortaleza de estar acompañados, de sentirnos queridos y alentados.

Bella historia que podría habernos conmovido si se hubiese elegido un protagonista con otro arrojo; un ganso más idóneo para liderar esta bandada, este drama al que, también de algún modo, aquí, le han practicado una lobotomía.

ALGUIEN VOLÓ SOBRE EL NIDO DEL CUCO

PUNTUACIÓN: 2 CABALLOS Y UN PONI
Se subirán a este caballo: Quienes acudan buscando ecos de la película de Forman llevada a las tablas.
Se bajarán de este caballo: Precisamente quienes buscaban ecos de la película de Forman llevada a las tablas.

***

Ficha artística
Autor de la obra: Dale Wasserman, basada en la novela de Ken Kesey

Dirección y traducción: Jaroslaw Bielski
Reparto:
McMurphy – Pablo Chiapella
Enfermera Ratched – Mona Martínez
Dale Harding – Alejandro Tous
Billy Bibbit – Niko Verona
Jefe Bromden – Rodrigo Poisón
Martini – Fernando Tielve
Cheswick – Emilio Gómez
Doctor Spivey – Manuel Tiedra
Scanlon – Manuel Teódulo
Ruckly – Ramón Valles
Candy Starr – Carmen Ibeas
Auxiliar Williams – Javier Sáez
Auxiliar Warren – Chechu Moltó
Auxiliar Turkle – Sergio Pozo
Enfermera Flinn – Carmen Ibeas
Sandy – Iris Rico

Ficha técnica:
Producción: La Dalia Films y Adaptaciones Teatrales 2018, A.I.E.
Propuesta artística: La Dalia Films, con la colaboración de Niko Verona
Productores ejecutivos: José Luis Rancaño y Silvia Melero
Escenografía: Laura Lostalé
Diseño de iluminación y vídeo: Felipe Ramos
Vestuario: Fede Pouso y Almudena Bretón
Composición musical: Luis Prado
Maquillaje y peluquería: Helena Domínguez
Dirección técnica y regiduría: La Cía. de la Luz
Sastra: Mª José López
Equipo de producción: Ana Gálvez, Mamen Tortosa
Ayte. de Dirección: Pablo Esguevillas
Distribución: Elena Millán Capote
Prensa y comunicación: Marea GlobalCOM

Reseña de @EfeJotaSuarez

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