EL CURIOSO INCIDENTE DEL PERRO A MEDIA NOCHE. Pólvora mojada

Christopher, un chico de 15 años que adora las listas, las matemáticas, el orden, y nunca dice mentiras, es acusado, falsamente, por su vecina, la señora Shears, de haber asesinado a Wellington, su caniche. A partir de entonces el chico decide convertirse en una especie de Sherlock Holmes, con síndrome de Asperger, para averiguar quién mató a Wellington.

Esta podría ser la sinopsis de la obra «El curioso incidente del perro a media noche» que hemos podido ver en el Teatro Marquina, versión de la novela original de Mark Haddon adaptada al teatro por Simon Stephens y dirigida por José Luis Arellano García.

La obra nos sumergirá en dos partes bien distintas y que, por desgracia, ofrecen resultados bien dispares.

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La primera parte es la presentación de los personajes y avanza hasta un momento de cierto clímax que nada tiene que ver ya con la muerte de Wellington, el perro de la señora Shears. Al tratarse de una obra coral, esta primera parte servirá de muestrario inicial. En ella se nos presentarán el personaje central, Cristopher, que encarna en la obra el actor Alex Villazán. Los demás personajes, más o menos secundarios, quedarán al servicio del joven protagonista. En escena, un equipo, a priori, bien elegido, formado por Marcial Álvarez, Lara Grube, Mabel del Pozo, Carmen Mayordomo, Anabel Maurín, Boré Buika, Eugenio Villota, Alberto Frías y Eva Egido.

En esta primera parte, podríamos decir que la obra arranca bien y mantiene considerablemente la intriga, el suspense naif; una trama que se hace atractiva pues asistimos a las pesquisas del joven para desentrañar quién mató al perro de su vecina, conocemos su relación con el mundo que le rodea, sus singularidades, su vecindario, el vínculo que tiene con su padre, con su mascota, una rata, y sobre todo su diálogo interno. Hasta aquí, todo marcha bien. Las interpretaciones fluyen, hay un excelente trabajo de coreografía escénica, y todo está maravillosamente organizado incluyendo una escenografía estupenda de Gerardo Vera, una resolutiva y eficaz iluminación en manos de Juanjo Llorens, el fantástico trabajo de videoescena de Álvaro Luna o la música de Luis Delgado.

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Las imágenes empastan a la perfección, (véase la evocación de la vía láctea, las representaciones mentales de Cristopher, su cerebro repleto de datos y conceptos); todo responde a una estructura meditada y trabajada que en el escenario da muy buen resultado. Coreografías, videoescena y escenografía se hibridan en inequívoca comunicación. Todo fluye sin estridencias y atrapa. Nos parece que, en esta primera parte de la pieza, que sumada a una segunda parte se prolonga en torno a las dos horas y 20 minutos, el resultado genera expectación y potencia las ganas de ver qué concederá el siguiente bloque, tras una pausa de 15 minutos.

En esta primera parte, destacamos la solvencia del joven Álex Villazán componiendo un personaje un tanto estereotipado con arreglo a los clichés del género (nótese la hiperbólica referencia más actualizada al respecto del espectro autista: la serie de televisión «The Good doctor»). Nos hubiese gustado una interpretación más supeditada al cerebro de científico antes que la que se nos devuelve: la de crío de 15 años al que parecen haberle practicado una lobotomía.

Como dice en su libro «Confesiones de un caracol: vivencias en tono Asperger», el autor Leonardo Farfán: «Que nos cueste abrazar o besar no significa que no podamos sentir, no somos robots». Es precisamente de eso de lo que peca Villazán. De emitir una conducta propensa a la robotización en un adolescente. Sí, de acuerdo, hay muchos datos en su cerebro. Hay una vida interior al borde del colapso. Una mente científica/técnica. Una perplejidad ante el mundo. Pero nosotros no vemos, apenas, conatos de asombro que le hagan salirse de unas coordenadas demasiado estrechas. ¿Son los Asperger como Sheldon Cooper? ¿Es esta representación una polarización que vende una imagen alejada de la realidad y que sobre representa a una minoría? Lo más probable. Al público le gusta. Lo Asperger vende. Policías asperger, compañeros de piso asperger, médicos asperger. Los llamados personajes «aspies» están donde quiera que mires. Bienvenido sea. El hándicap de esta sobrerrepresentación es que pareciera que de un personaje solo se puede ver esa punta de iceberg.

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Es lo que nos ocurre con Cristopher en la versión teatral de la obra de Haddon: que el personaje principal fagocita, por medio de un asperger sobre inflado, cualquier otra parte de la personalidad del joven Boone. (Claro, de eso va la obra, ¿no?, dirán algunos/as). Echamos en falta un espectro más amplio de riqueza comportamental en el personaje principal. Si bien, señalado esto, debemos subrayar que el trabajo de Álex Villazán no deja de ser perseverante, eficaz, presto a cargar sobre los hombros con la responsabilidad del peso de la obra, que, sí, recae fundamentalmente sobre él.

Construir un personaje más allá del tópico y de la hipérbole, cuando se aborda el espectro asperger, sigue siendo una tarea que merece más ahínco. De la obra nos quedamos también con la gracia y el desparpajo de Carmen Mayordomo así como con la inquietante ternura de Marcial Álvarez.

El gran problema de este «El curioso incidente del perro a medianoche» se encuentra en su segunda parte.

Antes de una pausa de quince minutos, la historia, como habíamos comentado, se queda en un buen lugar. En ese lugar que hace que la audiencia quiera desentrañar, averiguar, verificar el suspense, la intriga; desenredar el nudo y querer alcanzar el desenlace.

La primera parte nos desvela algo, poco, de lo que vendrá, pero, desde luego, no tanto como para hacernos cargo, como espectadores, del bandazo deletéreo que llevará a la pieza hasta un anticlímax inesperado.

Sin entrar en detalles que desvelen la segunda parte, sí podemos señalar que, como si de un macguffin hitchcockiano se tratase, el misterio del perro pasa a un periférico cuarto plano y la historia cae del lado del melodrama casi sonrojante. No se entiende que el giro de los acontecimientos se precipite hacia un atolladero de afectación semejante más pensado para emocionar, sin sentido del ridículo, al público (cachorro incluido en una caja).

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¿Cómo se explica que el posible suspense/ divertimento de Cristopher tratando de averiguar qué pasó con el perro de la señora Shears, sea solo el pretexto para hablar del maltrato doméstico y de las infidelidades de pareja? Cuesta aceptar el final de la obra: una suerte de historia demasiado forzada con happy end in extremis que incluye al cuerpo de profesores del joven Boone, a sus padres, a sus vecinos y, si nos ponemos, al cuerpo de policía. El mensaje, a lo Billy Elliot, de superación personal con el mantra de que con esfuerzo uno pude conseguir lo que se proponga, queda, aquí, desfigurado, terminando por parecerse a una de esas frases de manual de autoayuda sin complejos y sin pudor alguno.

«El curioso incidente del perro a media noche» es de esas obras que funcionan bien como emboscada, con carnaza suficiente en su título y en el marchamo de premios que la avalan en teatros del mundo, pero que, en la práctica, no deja de terminar siendo una obra desnortada en su viraje, engañosa, en cierto modo, y con altas dosis de trama empalagosa. Nos quedamos con la primera parte. Con la voluntad actoral y con la excelente iluminación y escenografía, así como con la dirección de escena. Ponemos en cuarentena su segunda parte y la trama en su recta final que no estalla porque es pólvora mojada.

EL CURIOSO INCIDENTE DEL PERRO A MEDIANOCHE

PUNTUACIÓN: 2 CABALLOS Y 1 PONI

Se subirán a este caballo: Quienes busquen un teatro comercial basado en novelas de éxito. Los fans de la novela de Mark Haddon.

Se bajarán de este caballo: Quienes huyan de tramas propensas al melodrama.

***

Ficha Artística

Autor: Simon Stephens adaptación teatral de la novela de Mark Haddon

Dirección escénica: José Luis Arellano García

Adaptador del texto: José Luis Collado

Reparto: Álex Villazán, Marcial Álvarez, Lara Grube, Mabel del Pozo, Carmen Mayordomo, Anabel Maurí, Boré Buika, Eugenio Villota, Alberto Frías y Eva Egido

Escenografía: Gerardo Vera

Iluminación: Juanjo Llorens

Vestuario y ayudantía de escenografía: Silvia de Marta

Música: Luis Delgado y Alberto Granados

Videoescena: Álvaro Luna

Coreografía: Andoni Larrabeiti

Caracterización: Sara Álvarez

Una reseña de @EfeJotaSuarez

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