KOHLHAASS. O el deseo insatisfecho de justicia

En un lugar de Sajonia, un criador y comerciante de caballos se ve envuelto en una injusticia frente a unos poderosos de la nobleza. Para resarcir el daño, el criador de caballos comienza una lucha contra quienes le han hecho la afrenta.

Esta podría ser una sinopsis de «Kohlhaas», obra que hemos podido ver en los Teatros Luchana, protagonizada por Ricardo Rigamonti y dirigida por María Gómez.

El texto, lo es todo en esta pieza. De hecho, estamos ante una novela, un relato en toda regla, antes que ante una pieza teatral per se; el hecho, incontrovertible, es que asistimos a una hora y media de narración. El actor que nos cuenta la historia se vale únicamente de una silla, su cuerpo y su voz. No es un monólogo ni un soliloquio, sino un ejercicio de relato tomado de la novela homónima del escritor, del siglo XVIII/XIX, Heinrich Von Kleist.

Una novela conocida y perdurable, sin duda, que como historia no deja de tener vigencia en lo que respecta a los abusos de poder: sustancia universal para los códigos de lo literario o los parámetros de lo cinematográfico. Para lo teatral, claro, también.

La historia es sencilla y así está relatada. La primera parte, que se distingue, es el agravio cometido, bastante arbitrario, sobre un hombre aparentemente íntegro: un criador de caballos llamado Kohlhaas. Un noble impide que el criador de caballos pase por un camino cercano a sus territorios, y como exigencia para continuar con su tránsito, le reclama dos de sus mejores caballos zaínos. Ante la disyuntiva, el criador acepta un trato en el que se cometerá una injusticia.

La segunda parte diferenciada dentro del relato es la que discurre en paralelo a la necesidad del criador de apelar a la justicia: primero humana, en manos del emperador. Luego, a la suya propia, la venganza, para resarcirse del daño.

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En ambas partes el actor cuenta con soltura la historia. No hay aditamentos de ningún tipo: solo un foco que le ilumina y él sentado en una silla. Sobre la silla, su relato se hace evocador, ciertamente, pero ¿hasta que punto existe un trabajo de profundidad de evocación con el cuerpo o con la voz frente a un texto que es, en sí mismo, evocador al ser contado? No podemos decir que Rigamonti no eche la carne en el asador: su cuerpo es el médium para la historia, su cara, su gesto turbado, sufriente; sus aspavientos de doliente, casi haciendo de la novela un radio teatro. Sin duda penetra en la historia y de deja imbuir por ella. No obstante, nos parece que el manejo de la pieza en términos teatrales no ofrece nada nuevo o singular a la experiencia de leer la obra y dejar que invada a cada lector.

Si entendemos la experiencia teatral como algo que va más allá de un texto recitado o declamado, aquí deberíamos precisar que nos topamos frente a un ejercicio de meritorio cuentacuentos más que una rigurosa construcción teatral.

La historia escrita por Von Kleist, que fascinaba al mismísimo Kafka, es interesante por su fácil digestión; es decir, por permitir a cualquiera empatizar con Kohlhaass en términos del perjuicio infligido. El asunto que está en el epicentro de la trama es el del abuso de poder y la pregunta que se nos inocula es: cómo alguien que no detenta el poder puede enfrentarse a un sistema corrupto, corporativista, que privilegia a los ricos y poderosos y castiga, o deja al albur, al resto.

La figura de Kohlhaas es pura ficción. Uno, al escuchar el relato, podría pensar que se trata de un personaje real, pero no es así. Desgraciadamente hay muchos «Kohlhaas» repartidos por el mundo porque hay otros tantos que campan impunes a sus anchas.  He ahí la empatía con el criador de caballos: Kohlhaass podríamos ser cualquiera de nosotros.  Alguien tratando de reclamar lo que le corresponde.  Una historia sobre la rabia recalcitrante que se aviva al observar la impunidad de quienes merecían sanción. De quienes merecían una lección ejemplarizante. Frente a la espera desesperada de la justicia humana o poética, Kohlhaas se inclina por la justicia de la venganza que es la única que sale de las vísceras.

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Lo que la historia tiene de interesante es que está bien escrita y es potente a la hora de abordar un universal: el deseo insatisfecho de justicia. Una novela que se aleja del romanticismo para ser precursora del expresionismo. Una novela con una estructura palpable, reconocible, tan próxima que podemos apropiárnosla pese a ocurrirle a un tipo en el siglo XVI.

Más allá de todo esto, nosotros nos hemos quedado con una duda razonable. ¿Que qué decía la profecía que Koolhaas llevaba escrita en un papelito dentro de un colgante? No. No se trata de esa duda. La nuestra es: ¿Ofrece esta obra una experiencia mejorable a la de leer el texto bajo la sombra de un árbol o en la cama cualquier día antes de irse a dormir?

Hagan ustedes mismos la prueba.

 

KOHLHAAS

PUNTUACIÓN: 2 CABALLOS Y 1 PONI

Se subirán a este caballo: Quienes busquen un meritorio cuentacuentos en el que un actor evoque un relato.

Se bajarán de este caballo: Quienes prefieran el poder de la evocación de la novela sin necesidad de recurrir a una narración teatralizada.

***

Ficha Artística

Dramaturgia: Marco Baliani y Remo Rostagno. Basado en “Michael Kohlhaas”, de H. Von Kleist
Dirección: María Gómez
Reparto: Riccardo Rigamonti
Traducción: Beatriz Castellary
Iluminación: Magdalena Broto

Una reseña de @EfeJotaSuarez

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