LAS BICICLETAS SON PARA EL VERANO. Y las guerras no entienden de estaciones.

Una familia comienza el verano de 1936 en Madrid con la irrupción de la guerra civil en la capital. Un matrimonio y sus dos hijos comparten esta tesitura con la criada y sus vecinos. En medio de toda esta situación, el hijo pequeño, que ha suspendido el curso, trata de convencer a su padre para que le compre una bicicleta, aunque la guerra, será suficiente pretexto para que la compra de la bici se posponga sine die.

Este podría ser un resumen de la obra «Las bicicletas son para el verano», obra del conocido actor, autor y director, Fernando Fernán Gómez que hemos podido ver en la Sala Guirau del Teatro que lleva su nombre, Teatro Fernán Gómez, en Madrid, dirigida por César Oliva.

Estamos ante eso que se ha acuñado como clásico contemporáneo. Fernán Gómez escribió su texto en 1977 valiéndole, ese mismo año, el Premio Lope de Vega del Ayuntamiento de Madrid. Han pasado, por tanto, cuarenta y un años desde entonces y treinta y seis desde su estreno en 1982 en el Teatro Español. Contamos igualmente con la versión cinematográfica del texto teatral que adaptó Lola Salvador Maldonado y dirigió Jaime Chávarri en 1984.

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La obra dirigida por César Oliva se aparta, mucho, del código cinematográfico en varias cuestiones en las que nos parece oportuno entrar. No es que queramos caer en la comparación, pero esta es inevitable. El texto es el mismo, sí, pero hay varias cosas que no pasan desapercibidas.

Veamos. La dirección de César Oliva no alcanza a superar un retrato propenso a caer en lo naif. Todo huele demasiado a naftalínico. Nos falta mucho, pero mucho, una mirada capaz de dotar al conjunto de ese halo de amargura implacable y mordiente de visceralidad que debería tener aquel momento histórico. Todos los personajes, a excepción quizá del anarquista, que hace una brevísima aparición, funcionan a modo de personajes excesivamente domesticados por su aureola costumbrista.

Entendemos que el contexto se presta al costumbrismo: la España de las postrimerías de la segunda república previa al golpe militar de la dictadura, pero uno, como director, bien puede conceder a los personajes una fuerza mayor o menor, otra médula, una pose, una actitud que los haga transitar por otros derroteros. El exceso de ingenuidad, falsamente confundida con cotidianidad, conceptos que además no guardan relación, es el principal escollo de esta revisión de «Las bicicletas son para el verano».

Vayamos, en lo concreto, al capítulo de las interpretaciones. Hay demasiada caricaturización. La realidad queda deformada por una exuberancia de manierismos en los personajes. La cotidianidad (las costumbres y los hábitos), que es algo que se le valora al texto, se convierten aquí en aspectos hipertrofiados. Véase en las gesticulaciones del padre, en su tono impostado, en la interpretación de la madre que se nos hace cuesta arriba por cuanto tiene de mujer sometida o sumisa y, para rematar, en la interpretación de Luisito que dista de parecerse a un adolescente para llevarnos más a la evocación de un torpe joven adulto con demasiada escombrera mental y poca sesera. Nos preguntamos por qué su papel no recae en alguien que pudiese suplir el rol de un adolescente por ejemplo, qué tal, ¿un adolescente? ¡Eureka!

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Nos desconcierta este punto y más todavía la interpretación. Creemos, eso sí, que no es responsabilidad tanto de los actores/actrices, per se, como de la falta de una dirección de escena más valiente y capaz de apropiarse del talento actoral obteniendo, de este, otras delicadezas, otros recursos. En comparativa, los personajes de esta revisitación de la obra de Fernán Gómez se quedan muy, pero que muy lejos, de los que transitan por la película de Jaime Chávarri de 1984.

Con todo, examinado en su conjunto, el repertorio interpretativo consigue sacar de manera digna la pieza, siempre y cuando seamos capaces de mirar para otro lado con relación a unos cuantos exabruptos como son: el caso de Luisito y su forzada adolescencia, el recato pertinaz de la madre o la impostura del padre compeliéndose a sí mismo un tono de cascarrabias irritante.

El motivo de fondo, sustrato de la obra, no ha pasado de moda en esta España, a menudo, aún carpetovetónica. Esta España en la que, decía Fernán Gómez, «no solo funcionan mal los que mandan sino también los que obedecen». Una España instalada, todavía, en los dos bandos, en la que esta pieza cobra vigencia absoluta. Máxime en estas fechas en las que se habla de exhumaciones y de memoria histórica. Creemos más que necesario el acercamiento a una época de nuestra historia que, nos tememos, quede diluida dentro de la liquidez de la posmodernidad como tantos otros asuntos trascendentales.

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Obras como «Las bicicletas son para el verano» abordan una realidad aplastante: la de la España que cambió de rumbo de manera espantosa en el 36, la de una España condenada, clausurada, obligada a tomar posición en una delicada e incierta tesitura; la de una España fratricida que salió debilitada de mirarse en el espejo deformador del nacionalismo. Es lección pertinente, más que nunca, el recordatorio de cómo unos se impusieron a otros de la manera menos honrosa posible, el recordatorio de un Madrid sitiado, donde caían bombas, de una España donde se fusilaba y se mataba por ideales políticos, de una España de hambruna, de ruina, de miedo, de una España que entró en un verano, en el 36, y no sabía si podría enfrentar otro verano. La España franquista en la que el diálogo final entre padre e hijo resume la contienda: «¿Ha llegado la paz, padre?» «No, hijo, ha llegado la victoria».

Exactas las palabras. La paz atañe a todos, la victoria solo a los vencedores.

 

«LAS BICICLETAS SON PARA EL VERANO»

 

PUNTUACIÓN: 2 CABALLOS Y UN PONI

Se subirán a este caballo: Quienes deseen acercarse a la memoria histórica de nuestro país y encontrarla en un texto teatral conciso, sencillo, conmovedor.

Se bajarán de este caballo: Quienes esperen encontrarse con un nivel interpretativo capaz de emocionar y transmitir tanto como el reparto de la película «Las bicicletas son para el verano» de Jaime Chávarri del 1984.

***

 

Ficha artística:
Autor: Fernando Fernán Gómez
Dirección: César Oliva

Reparto:
DOÑA DOLORES: Rocío Múñoz Cobo
DON LUIS: Patxi Freytez
DOÑA ANTONIA: Diana Peñalver
LUISITO: Víctor Sevilla
MANOLITA: Teresa Ases
JULIO: Agustín Otón
MARIA: María Beresaluze
PABLO: Adrián Labrador
MALULI: Ana Caso
DOÑA MARCELA: Lola Escribano
 

Reseña de @EfeJotaSuarez

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