ISLANDIA. La melodía muerta

Un joven islandés decide ir en busca de su madre que vive en Nueva York quizá para rendir cuentas en el terreno afectivo, quizá como viaje iniciático de autodescubrimiento. En su camino, nada más llegar a la estación ferroviaria de la ciudad, se irá topando con toda una retahíla de personajes que le conducirán, poco a poco, hasta el lugar en el que podrá reencontrarse con su progenitora.

Esta podría ser una suerte de sinopsis de la obra «Islandia» de Lluisa Cunillé que hemos podido ver en la Sala Grande del Teatro María Guerrero bajo la dirección de Xavier Albertí.

Todo arranca en Islandia. En una Islandia sugerida en el texto puesto que no hay una sola imagen del país o una sola imagen que nos aproxime a esos poderosos paisajes que existen en la isla de los frailecillos.

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El pretexto para hablar de Islandia (o para ubicarnos en Islandia como punto de partida) no es su paisaje ni su paisanaje sino la crisis financiera que hizo que los tres bancos principales del país colapsasen al unísono en el 2008/2009 llevando a la nación a unos cuantos años de recesión y de protestas sociales que cristalizaron frente al Parlamento Islandés el día en que el pueblo pidió la dimisión en bloque de sus dirigentes. Lo único que queda claro es que la crisis en Islandia, un pequeño país que parecía vivir plácidamente alejado del miedo al hombre del saco de Wall Street, se vio afectado por lo colateral de un sistema capitalista que siempre campó a sus anchas globalmente. Sin entrar mucho más allá en explicaciones sobre la crisis del país, sí vemos adecuado presentar a Islandia como paradigma de los coletazos de la bestia inclemente que es el capitalismo.

La metáfora puede funcionar bien con arreglo a las exégesis de los críticos, a quienes les gusta escudriñar más allá del texto y leer entre líneas, pero debemos reconocer que sobre el escenario se muestra bastante banal. Poco efectiva. De entrada, la escena que abre la obra se hace irremediablemente larga y falta de ritmo. Solo la sorpresa con la que termina, nos logra sacar del tedio que comienza a operar en el patio de butacas. Todo el planteamiento está muy alejado del naturalismo teatral y transita más por una suerte de realismo mágico un tanto autoconsciente de la perplejidad que transmite. Desde ahí, desde esa escena con la que arranca la obra, comienza el viaje del hombre/adolescente que parte de Islandia, hacia Nueva York, en busca de su madre.

Nueva York es personaje en la obra como lo es en el Manhattan Transfer de John Dos Passos o incluso en Poeta en Nueva York. Una ciudad que aquí queda reflejada por el lumpen, vista como tierra (de nadie) de las oportunidades. Muy bien mostrada, debemos reconocer, gracias a la escenografía de Max Glaenzel y a la iluminación de Ignasi Camprodon que nos recuerdan, tanto, a esos oscuros cuadros de perdedores que lograba componer Edward Hopper. En esta «Islandia» son muchos los halcones nocturnos que deambulan por un Nueva York sociófugo.

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En general, todo el conjunto nos ha parecido tocado por un halo de contención que va más allá del lenguaje, de las palabras. Creemos que obedece a un efecto de la dirección de actores y actrices en este particular. Si lo que se quiere es dotar al texto de un extrañamiento o incluso de un alejamiento, de una especie de melodía muerta, lo han conseguido. La llama está tan medida que no se le permite en este «Islandia» que flamee más de una altura determinada cuando, tal vez, el público desearía que la llama se elevase más y ardiese con otra pasión. Todo es tan nimio, tan trivial, que la poesía no nos alcanza. No restalla. No cruje. No latiguea.

Nos preguntamos, durante la función, qué ha pasado para que la pieza devenga en artefacto deliberadamente plano, sin pliegues. (Quizá sea la cadencia de silencios que se extienden sin sentido o de cuadros cuya acción se hace eterna, fatigosa). Echamos en falta, y mucho, un poco de ardor, de ímpetu. De apasionada narración o interpretación. Esa sería una palabra efectiva. Pasión o desgarro. Nos valdría. Cualquier cosa antes que la «nada» elevada a categoría de búsqueda sublimada.

Todo se queda en un viaje intrascendente. Las interpretaciones no nos convencen en general. Es más, todas se parecen en el tono: profundamente inoperante. De nuevo, dudamos que sea una cuestión del texto. Nos atreveríamos a decir que la dirección ha optado por un arreglo minimalista, contenido, de ayuno meditado, en las interpretaciones. El resultado, pensamos, es fallido si exceptuamos la parte que tiene que ver con la escenografía, la iluminación, el vestuario y el sonido.

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El viaje de un hijo buscando a una madre, dejando su vida y su entorno para enfrentarse, cara a cara, con la vorágine de una ciudad como Nueva York (de nuevo tan icónica o evocadora como Islandia) sería más que motivo suficiente para que la obra transitase por la insolencia, el atrevimiento, la suciedad, la vehemencia o el dolor antes que por la cautela y la tibieza. Entendemos que la figura del niño que emprende su viaje es la de un joven lleno de ingenuidad que volverá cambiado, transformado en cuerpo y mente perturbadas por una sociedad que, en cuanto puede, te sonsaca, te agrede, te intenta dar gato por liebre. Podemos comprender su ingenuidad, pero nos resulta recalcitrante la escasez, la carencia de ritmo, el apego a un tono tan monocromático. El problema es, aquí, la búsqueda de esa esencia contenida en la hondura. Imposible pensar en el poso o la suave cadencia del cine de Kiarostami o Gus Van Sant, por ejemplo. Nada que ver. El estudio de esa cadencia para conferir calado a una pieza es, qué duda cabe, todo un arte.

No obstante, esta «Islandia» que pretende aproximarnos al precipicio, al barranco de la falta de afecto, que intenta preguntarnos acerca de cómo es posible encontrar sentido a seguir habitando la adultez con los ojos abiertos del niño que fuimos, esta «Islandia» que tiene como elemento de sustrato la desvergüenza de una crisis económica que se irradió sobre las personas sin tener éstas apenas responsabilidad, esta «Islandia», sí, termina por parecerse más a la Islandia sin árboles, a la Islandia del extenso desierto de Ódáðahraun antes que a la Islandia voluptuosa de Skogafoss o Arnarstapi. Si este era el efecto que se quería conseguir, chapeau. Pese a todo, nosotros buscábamos un poco más de pasión; una ruta por las Highlands emocionales de los personajes. Esperábamos toda esa poesía que tiene, también, cuando se lo propone, cualquier historia de derrota.

 

ISLANDIA

PUNTUACION: 2 CABALLOS
Se subirán a este caballo: Quienes busquen un teatro en donde el Logos esté por encima del Pathos.
Se bajarán de este caballo: Quienes apuesten por el teatro con mordiente, donde el Phatos esté por encima del Logos.

***

Ficha artística:

Lluïsa Cunillé (Texto)

Xavier Albertí (Dirección)

REPARTO (por orden alfabético): Joan Anguera, Lurdes Barba, Paula Blanco, Juan Codina, Oriol Genís, Jordi Oriol, Albert Pérez, Albert Prat, Lucía Quintana y Abel Rodríguez

Max Glaenzel (Escenografía)

Ignasi Camprodon (Iluminación)

María Araujo (Vestuario)

Lucas Ariel Vallejo (Sonido).

Producción: Teatre Nacional de Catalunya

Reseña de @EfeJotaSuarez

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