LA CANTANTE CALVA. La tragedia del lenguaje

Dos matrimonios se citan en la casa de una de las parejas para una velada. Una velada en la que compartirán unas conversaciones alejadas de la órbita del común de los mortales dado su nivel de absurdo en el lenguaje. Esta podría ser una suerte de sinopsis de «La cantante calva», obra elevada a la categoría de clásico del autor rumano Eugene Ionesco. Nosotros la hemos visto en su regreso a la cartelera Madrileña, en el Teatro de La Latina, con versión de Natalia Menéndez y dirección de Luis Luque, tras una gira por el resto de España.

Ionesco no es un autor «para todos los públicos». No al menos dada su entrega a una escritura teatral caracterizada por la irrupción en sus obras de anti tramas, de un lenguaje que se inflama cuanto más se acerca al no lenguaje, a la ruptura con los cánones.  Un lenguaje que años después podríamos incluso observar en muchas de las explicaciones sobre la comunicación humana patológica sobre la que sentaría cátedra el padre de la anti psiquiatría, Ronald Laing.

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Lo curioso es cómo Ionesco llega a escribir «La cantante calva». Él mismo cuenta:

«He aquí lo que me sucedió: para aprender inglés compré, pues, hace nueve o diez años, un manual de conversación franco-inglesa, al uso de los principiantes. Me puse a trabajar. Copié concienzudamente las frases extraídas de mi manual para aprenderlas de memoria. Releyéndolas atentamente, no aprendí inglés pero sí, en cambio, verdades sorprendentes: que hay siete días en la semana, por ejemplo, lo que, por otra parte, sabía; o bien, que abajo está el piso, arriba el techo, lo que sabía igualmente, quizá, pero en lo cual nunca había reflexionado seriamente o que había olvidado, y que me parecía de pronto tan asombroso como indiscutiblemente cierto. Tengo sin duda bastante espíritu filosófico como para darme cuenta que lo que transcribía a mi cuaderno no eran simples frases inglesas en su traducción inglesa sino verdades fundamentales, comprobaciones profundas».

Así surgió la pieza para el autor. En su reflexión sobre la  futilidad o importancia del lenguaje más cotidiano y anodino que dejamos pasar de puntillas. El propio Ionesco se quejaba de la suerte que corría su texto al ser representado. Todo su afán pasaba por mostrarnos el desmoronamiento del lenguaje y, ergo, de la realidad que nos rodea. (A propósito, no busquen una cantante calva por ningún lado porque no aparecerá un personaje así. De nuevo un salto con pértiga sobre la lógica de las palabras).

No estamos ante una crítica a la sociedad burguesa británica. No. Teatro didáctico, que diría Ionesco. Palabras que van camino de convertirse en cáscaras con sonido. Personajes que provocan extrañamiento y que se van vaciando también de su sustento psicológico. Ese mensaje encubierto de que todo está anclado o apuntalado en el lenguaje así que, cuando este se nos escapa, perdemos toda posibilidad de seguir con los pies en la tierra.

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Ionesco se sentía orgulloso de haber escrito una suerte de «Tragedia del lenguaje». Eso era para el autor si nos remitimos a sus entrevistas y conferencias, charlas.  En cierto modo llegó a admitir que su obra (o antipieza) podría ser vista como una crítica a lo burgués. Pero a lo burgués en sentido general. A un mundo plagado de autómatas parlantes que hablan para no decir nada.  Sí. A la parte enferma y viscosa de la comunicación humana.

Georges Deleuze ya hablaba, también, sobre ello cuando nos advertía que no debemos caer en la trampa de interpretar el lenguaje sino, antes bien, experimentarlo. Con toda su potencia lo hizo Ionesco. Experimentarlo. Emplearlo para revelarnos el tamaño de la angustia que escondemos detrás  frases huecas. Eso parece haber hecho Luis Luque en su dirección de esta «La cantante calva» para lograr que actrices y actores interpreten unos roles abismados, insólitos. La clave: jugar, experimentar.

Y así lo hacen, Adriana Ozores y Joaquín Climent que abren la pieza. Su interpretación es la más interesante de todas cuantas podremos ver en escena. Ella dice su texto con enorme solvencia. Lo cual no es sencillo, pues todo está supeditado a un repertorio veleidoso. Adriana Ozores es sin duda la mejor interpretación de la función. Joaquín Climent la acompaña resolutivo y ambos poseen buena química. Vis cómica para unos papeles que deben apuntar más allá de un texto inverosímil. La repetición del lenguaje es pieza fundamental. Asistimos a la desintegración de los parlamentos en forma de frases cotidianas que se suceden como disco rayado, en juegos de palabras, en deliberadas desconexiones de la lógica hasta alcanzar un clímax de enrarecimiento y perplejidad frenética en el que se nos imbuye hacia el final.

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Igual que nos convence la escena que abre la pieza, debemos decir que no nos convence tanto la pareja que interpretan Carmen Ruiz y Fernando Tejero. Les falta mucha más química y el texto, muy difícil a la hora de ser recreado con naturalidad, suena bastante más mecánico.

La irrupción de la sirvienta y del bombero aportan, textualmente, ligereza a la función. Al principio nos reímos con la presentación de la sirvienta, pero luego se nos hace vodevilesca y no parece encajar demasiado en el tono general. Su presencia parece un intento por franquear el absurdo para penetrar en el territorio de lo grotesco o de lo caricaturesco y ello rompe con ciertas dinámicas (ocurre lo mismo con la figura del bombero).

Habrá quien no conociendo a Ionesco espere encontrar en el teatro una comedia costumbrista, una astracanada con la que reírse un rato. Solo eso. Pero Ionesco asumía otro reto: el de profundizar en lo superficial para, con su bisturí del absurdo, extraer esa capa de finísimo existencialismo que hay en cada relación humana, en toda historia.

Al menos para eso puede servir su teatro, que no es poco. Como él mismo decía: «Si es absolutamente necesario que el arte o el teatro sirvan para algo, será para enseñar a la gente que hay actividades que no sirven para nada y que es indispensable que las haya». Dicho queda.

LA CANTANTE CALVA

PUNTUACIÓN: 3 CABALLOS

Se subirán a este caballo: Quienes estén dispuestos/as a aceptar los códigos del absurdo en torno al lenguaje.

Se bajarán de este caballo: Quienes esperen una comedia convencional al uso.

***

Ficha artística

Dirección: Luis Luque

Con: Adriana Ozores, Javier Pereira, Helena Lanza, Fernando Tejero,Carmen Ruiz y Joaquín Climent

Traducción y versión: Natalia Menéndez

Música original: Luis Miguel Cobo
Diseño de escenografía: Monica Boromello
Diseño de iluminación y video escena: Felipe Ramos
Diseño de vestuario: Almudena Rodríguez Huertas
Diseño de peluquería y maquillaje: Lolita Gómez

Ayudante de dirección: Álvaro Lizarrondo

Reseña de @EfejotaSuarez

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