TIEMPO DE SILENCIO. Necesario “one hit wonder”

Pedro, un joven médico que trabaja en el campo de las investigaciones sobre el cáncer, se embarca en una suerte de odisea que le llevará por los rincones de un Madrid de chabolas y suburbios por querer encontrar unas ratas de laboratorio que son importantes para el avance de sus estudios.  En este periplo, que sucede en pocas horas y que recuerda en su narración literaria a obras como el «Ulises» de Joyce o, en algunos aspectos, a la sordidez que representa Max Estrella en su deambular por un Madrid putrefacto, así como a alguna obra de Baroja o de otros autores europeos que tardarían en llegar a esa «España del hambre» de finales de los cuarenta, principios de los cincuenta. Nos estamos refiriendo, con esta sinopsis, a la obra «Tiempo de silencio» de Luis Martín Santos. Obra que, aunque ya hemos vista adaptada al cine a través de la mirada de Vicente Aranda en 1986, llega por primera vez al teatro en una adaptación a los escenarios de la mano de la dirección de Rafael Sánchez en una versión de Eberhard Petschinka que hemos podido ver en Teatros de La Abadía.

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No es sorpresa que algo está ocurriendo en el teatro con la originalidad (también le ocurre al cine). Nos referimos a que son cada vez más frecuentes las obras literarias que tienen su adaptación a la escena. Nosotros, en pocos días, hemos sido testigos de varias obras, en cartel, que proceden de una adaptación de la literatura, de la novela. «En la orilla», de Rafael Chirbes, «El corazón de las tinieblas» de Joseph Conrad y «Tiempo de silencio» de Martín Santos. Conviene señalar que las tres adaptaciones son espléndidas, sin duda alguna, pero, sí, también nos planteamos si es este un signo de cierta precariedad en la escritura teatral que obliga a directores o a productores a recurrir a historias tomadas de la novela, del relato. En cualquier caso, más allá de ese hecho incidental, nos centraremos en hablar de «Tiempo de silencio» en su salto al teatro.

La historia se prolonga en torno a la hora y cuarenta y cinco minutos. Sobre el escenario de la sala Juan de la Cruz, de La Abadía, un gran lienzo de tela pende al fondo. Una especie de paño gigante que nos remite a un muro agrietado, a un paredón color tierra que quizá sea metáfora de esa división que se establece entre los dos mundos que concurren en la pieza: el mundo pequeño-burgués del médico y el mundo lumpen y de extramuros al que acaba accediendo. División, por otro lado, que parece representativa en la novela: una España hendida, cuarteada en dos, la de los vencedores y vencidos tras una guerra y un prolongado letargo de dictadura. La de los que comen y la de los que no tiene qué llevarse a la boca.

El argumento de la obra de Martín Santos no destaca por su singularidad y, precisamente, si algo ha elevado la obra a categoría de hito de la novela de posguerra es su lenguaje, su ruptura del discurso narrativo. Esto se observa en la representación dado que el lenguaje mantiene los monólogos interiores, la coralidad de voces y pensamientos que fluyen, la riqueza lingüística y el poder sarcástico que contiene, plagado de ironías. Leer el texto no se asemeja a la experiencia de verlo representado y, obligatoriamente, recortado para poder ensamblarlo en lo escénico. No obstante, esta versión de «Tiempo de silencio» ha quedado bastante guarnecida. Buena parte de la riqueza del lenguaje sigue ahí y, pese al paso de los años, la obra continúa teniendo vigencia. Solo hay que observar la actualidad de un tema como el cáncer que aparece en la novela o el asunto del clasismo, el racismo, el asunto de la sociedad enferma y que enferma a quienes la habitan. Su cinismo es también categórico y la dota de fuerza. Tanta ironía que, algunos críticos de la novela, defienden la imposibilidad de ver en «Tiempo de silencio» una redención ética. El lector y el espectador, en este caso, descubren pronto que la falta de moral sacude por igual a las clases más bajas y a las más acomodadas. El incesto, la prostitución, el alcohol, el asesinato, etcétera, campan a sus anchas por el relato.

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Quizá, a este montaje le falte una mirada mucho más ácida, más mordaz o irónica pues hemos visto una puesta en escena que peca de austera, de seria y tremendista y nos queda escasa la dosis de sentido del humor, de artefacto ideológico que era también el creado por el escritor para reprender a la España gris de su momento. (Solo hay que reparar en su final, con esa alusión a San Lorenzo, condenado a morir quemado en una parrilla, pidiendo que le den la vuelta al sentirse ya tostado por uno de sus lados).

Hay tantos pliegues en esta novela que entendemos lo arduo de la tarea de llevarla a escena, condensada. Potentes metáforas que van desde la lucha por la supervivencia, la lucha entre especies, el determinismo social, el viaje del antihéroe que no llegará nunca a lograr lo que desea, el papel, sí, también del deseo y del hedonismo, del puritanismo, de la doble moral y un larguísimo etcétera.

Tomando en consideración la fascinación hacia la novela, de quien escribe esta crítica, la expectativa era elevada el a al conocer su salto al teatro. Nos ha gustado mucho como se resuelve en términos generales. Las actuaciones están bien equilibradas y se solventan inteligentemente. Lola Casamayor despliega un sobradísimo talento; dibuja cada uno de sus roles con aplomo y, no tenemos duda, que el patio de butacas termina encantado con su interpretación. Nos gusta mucho, igualmente, el papel que desarrollan las otras dos actrices de la pieza: Lidia Otón y Carmen Valverde. Otón mantiene un perfecto pulso, sobre todo, en su «Ricarda» y consigue emocionarnos en escenas cargadas de desgarro, turbadoras. Valverde sabe regatear con sus diferentes roles y está muy convincente siendo su balance interpretativo enteramente ecuánime. El papel de Fernando Soto es más periférico y, con todo, traza con desenvoltura los rasgos de un «Muecas» naturalista, cercano a lo grotesco, con arreglo a un papel que demanda de él contención y estereotipia a partes iguales.

Julio Cortázar, más anecdótico en su papel de «Matías», sí nos resulta de extraordinaria fuerza en su rol del «Cartucho», espléndido, con una pose de salvajismo e inquina muy bien conseguidas. El papel de Pedro lo interpreta Sergio Adillo, que logra evocar esa indolencia del personaje, una suerte de hombre movido por la inercia, arrastrado por lo pusilánime de sus actos. Quizá le falte algún recoveco más por explorar que lo pudiese llevar por retiros algo más sombríos de un personaje que en la novela es descrito de un modo más propenso al rapto de pensamiento, a la culpa amordazada, a la autoflagelación, que, a lo apocado, a lo medroso. En el papel de mancebo de Pedro, ayudante de este en el laboratorio, tenemos a Roberto Mori que transita por algunos de los terrenos más ladinos y subrepticios de cuantos vemos en escena. Su personaje está bien recreado y viene a ser una suerte de Sancho Panza con ademanes de rata, de mamporrero, que parece planear cada gesto. Nos gusta cómo parece disfrutar de su actuación y jugar con su papel.

La trama es precisa, bien asimilable y creemos que hay un trabajo robusto de síntesis. Es evidente que hay una poda de aspectos que, el director y el adaptador de la novela, han tenido que hacer. Nos falta, por ejemplo, haber dotado al relato de esa pátina fascinante de otro de los personajes de la novela que es «la ciudad», el espacio urbano. Ese ambiente de los cafés de los intelectuales, del prostíbulo, de los suburbios, de las chabolas. También una mayor sordidez, mayor suciedad en el estilo: el alcoholismo, el incesto, el aborto clandestino, lo carcelario, no están subrayados en exceso en la pieza teatral. La escenografía de Ikerne Giménez, la iluminación de Carlos Marquerie, y el espacio sonoro de Nilo Gallego se alían para lograr sintonía entre los tres, pero la propuesta nos parece un tanto sucinta, aunque creemos que se ajusta a esa idea de recrear o evocar desde el minimalismo, que también es legítimo.

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Hay un rasgo de uno de los personajes que nos llama poderosamente la atención. Se trata de Ricarda, la mujer del «Muecas». Ricarda aparece en la novela como una figura oronda, gorda, tabernaria, horrenda. En la obra sí se evoca ese registro, pero echamos en falta algo más grotesco. Todo es recreado por medio del texto. Desde la narración, antes que desde la interpretación.

Es irónico que sea Ricarda (una mujer analfabeta, muy alejada del mundo en el que se mueve Pedro, el médico), la que salve al doctor de una posible condena de prisión. Este hecho, en sí mismo, puede ser quizá uno de los aspectos más plausiblemente mordaces y éticos, al mismo tiempo, de la obra. Lo decimos por lo que presupone. Por lo que posee de simbólico. Si no fuese por alguien de una extracción social mucho más baja, Pedro hubiese acabado en la cárcel. La honradez de las clases menos acomodadas como potente mensaje. Tiene también Ricarda ese perfil de Nora de extrarradio. Capaz de dar su enérgico portazo personal al mundo determinista de las chabolas y a una existencia perpetuamente precaria. A pesar de toda su bajeza e incultura o fealdad, deliberadamente, es este el personaje más humano de todos.

Estamos ante una obra maravillosa, inquietante, sórdida, esperanzadora o, todo lo contrario, de condición desoladora, misántropa. Esa es precisamente su virtud. Lo que la hace atemporal: su genio, su impedimento para reducirla a una única exégesis. Y, por fortuna, sí, debemos reconocerle el mérito y la voluntad de riesgo a esta adaptación teatral por haber reparado en este icónico y necesario one hit wonder de Martín Santos que, algunos, idolatramos desde hace años.

TIEMPO DE SILENCIO

PUNTUACIÓN: 4 CABALLOS Y UN PONI

Se subirán a este caballo: Cualquier entusiasta de la mezcla entre buena literatura y adaptación al teatro.

Se bajarán de este caballo: Pocos jinetes o pocas amazonas querrán bajarse.

***

FICHA ARTÍSTICA

Autor: (Novela de) Luis Martín Santos.

Puesta en escena   Rafael Sánchez
Versión   Eberhard Petschinka

Reparto: Sergio Adillo, Lola Casamayor, Julio Cortázar, Roberto Mori, Lidia Otón
Fernando Soto, Carmen Valverde.
Escenografía y vestuario   Ikerne Giménez
Iluminación   Carlos Marquerie
Espacio sonoro   Nilo Gallego
Con la colaboración de los músicos Pelayo Arrizabalaga, Julián Mayorga y Luz Prado
Ayudante de dirección   Andrea Delicado

 

Reseña de @EfejotaSuarez

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