EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS. Poderoso y gótico relato sobre el alma humana.

Marlow, un hombre británico, es contratado por una compañía que comercia con marfil, para llegar hasta Kurtz, un idolatrado agente de la compañía que parece haber caído enfermo en algún lugar del Congo. Marlow relata su viaje en barco hasta dar con Kurtz. Un viaje que le llevará por el río Congo, por la selva, por un África salvaje y bestial en la que Marlow se descubrirá a sí mismo en un periplo que, al final, deviene en exploración interior. Un viaje a los orígenes del mundo, donde los grandes árboles son los reyes, que decía Joseph Conrad, el escritor de la obra «El corazón de las tinieblas» que hemos podido ver, en su adaptación al teatro, en la sala verde de los Teatros del Canal.

Quizá la obra más celebrada de Conrad, escritor Polaco/Británico, que influiría sobre autores tan dispares como Virginia Woolf, Faulkner, Hemingway, Graham Greene, Patti Smith, o el mísmisimo Francis Ford Coppola que se basaría en «El corazón de las tinieblas» para filmar su aclamada «Apocalypse now» hace 38 años. En esta ocasión el seducido ha sido Darío Facal que con su compañía «Metatarso» se ha atrevido a levantar esta pieza con formato dramatúrgico que, adelantamos ya, ha quedado impecable.

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La versión teatral lo tenía difícil dado que se trata de una obra excesivamente discursiva, narrada por esa constante voz de Marlow, alter ego de Conrad, que nos va haciendo el relato de su éxodo, de su alejamiento del mundo occidental y europeo hasta el interior de un mundo atávico, instintivo, primitivo. Pese a toda esa complejidad a priori, nada más entrar en la sala uno es consciente del despliegue sobre el escenario que se ha querido hacer para levantar esta propuesta y respiramos tranquilos. Todo indica que la obra jugará con lo extraordinario y nos llevará a rincones evocados poderosamente a través no solo del verbo sino también de lo audiovisual, de la música, de la performance. Se intuye un trabajo de preparativos, de prolegómenos arduo. Dedicación, documentación, voluntad de aunar teatro y rigurosidad y la expectativa es elevada.

Todo comienza con un epílogo. Un actor que aún no es personaje nos pone en contexto. Nos introduce en lo que vamos a ver (porque, ¿cuántos en la sala han leído la obra, por mucho que su título suene tan reconocible?).

Nos ubicamos en el contexto histórico. Finales del siglo XIX, año 1884. Bismarck organiza la infausta conferencia de Berlín para el reparto de áfrica. Leopoldo II, rey de Bélgica, se queda con el territorio del Congo, ochenta veces la extensión de Bélgica. Ya nos podemos oler qué hizo Leopoldo: el rey era un tirano absolutista que convirtió a los congoleños en esclavos a su servicio durante casi 23 años de control total de la colonia. De allí, del Congo, procedía el marfil que llegaba a Europa para fabricar bolas de billar, piezas de dominó o teclas de pianos. Sí. Miles de elefantes muertos para tener bolas de billar. Luego llegaría la fiebre del caucho, tras la invención del neumático por parte de John Dunlop. El Congo sucumbió a esta fiebre y se esquilmó cuanto se pudo esquilmar, transformándose así el paisaje y el paisanaje del país. Lo peor: el colonialismo bestial que Leopoldo ejercería con brutalidad. Follow the Money también a finales del siglo XIX, ese parecía ser el leitmotiv del rey Belga. La obra nos lo explica con tremebunda precisión. Los nativos, considerados bestias paganas, además de ser adoctrinados, fueron igualmente maltratados, mutilados, asesinados masivamente; sus derechos quebrantados de un modo tan autócrata y opresor que el espectador se revolverá en su butaca cuando, durante la obra, cada pasaje del libro se evoque por medio de fotografías de la época, imágenes reales, hasta hacernos conscientes/partícipes de la envergadura que tenía el corazón tenebroso de aquellos colonos. Solo Hitler o Stalin calcularon purgas, genocidios, asesinatos o torturas tan similares a las de Leopoldo II.

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Fueron Conrad y otras figuras públicas como George Washington, Mark Twain, Arthur Conan Doyle, quienes comenzarían a denunciar lo que estaba ocurriendo en aquel país Africano que parecía no importar a nadie. De hecho, «El corazón de las tinieblas» es una obra que puede ser leída en forma de querella, en forma de un «yo acuso» mediante el que Conrad/Marlow exponía, negro sobre blanco, las fechorías del hombre occidental, europeo; el retrato degradante y cautivo de un país y una cultura sometidas, expoliadas, usurpadas por el hombre occidental, capaz de alcanzar las más altas cotas de deshumanización. «La fuerza de uno es solo un accidente que se deriva de la debilidad de los otros», que diría Conrad.

La vida se le presentaba a Marlow como una bufonada con su ristra de remordimientos inagotables. Y así nos lo cuenta, sobre el escenario, Ernesto Arias, el actor que encarna al protagonista. Su tono transita entre lo descriptivo y evocador de la novela. Su sólida presencia es la que amortiza el relato. Resuelve con franqueza y con serena habilidad nos conduce al estupor de la jungla, a los ríos, a los desvaríos del hombre blanco en el continente negro. Arias consigue, con tino, adentrarnos en el relato y hacer que nos inmiscuyamos. Podemos sentir el agotamiento, el calor, el cansancio, la pérdida de la esperanza, el horror, sí, de un alma que se va debilitando a medida que avanza su incursión por el río Congo. Nos percatamos de que la naturaleza es otro de los personajes. Sus silencios, sus peajes, sus arteras jugadas.

El hombre blanco es poca cosa al adentrarse en la jungla. El Támesis es poca cosa al medirse con el río Congo. La selva se nos presenta como ese lugar donde la barbarie puede tener lugar. Donde la moral no sirve de nada. Ese asunto de la falta de moral es el gran tema de la novela con el que carga todo el relato. La pieza, en su adaptación teatral, conserva toda esa pátina de melancólica reflexión sobre la condición humana. Es más, podríamos resaltar el tono gótico que se logra. Los vestidos, la indumentaria de época, el juego de una iluminación, el despliegue visual, acertadísimos, logradísimos. Todo está al servicio de un relato cuya finalidad es penetrar en los pliegues del alma humana, de su mezquindad y su falta de escrúpulos. Un viaje a los infiernos, Dantesco, en el que el hombre solo puede pedir que la naturaleza se apiade de él, solo puede salvarse si deja de lado su moralidad, su raciocinio como lo hace Kurtz, otro de los personajes.

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En muchas partes pensamos en referentes cinematográficos como Werner Herzog y su «Fitzcarraldo». En las peripecias mesiánicas de Henry Ford en «Fordlandia». En la desmesura de todo acto colonizador sobre el colonizado. Sin ir más lejos se nos invita a repensar cómo, en los tiempos que corren, áfrica sigue siendo el lugar que esquilmamos para abastecernos sino ya de caucho o de marfil sí de otros recursos como el coltán. Antes era bolas de billar hechas con marfil; ahora son smartphones hechos con coltán. Tan lejos, tan cerca. Exhortación a aquello de que los principios no son más que vestidos, trapos que vuelan a la primera sacudida.

Los demás actores y actriz, al margen de Ernesto Arias, contribuyen a dosificar una narración inquietante. Se incorporan en la historia con buen criterio, bien delimitados, y añaden nuevas capas al conjunto. Con todo, es Arias quien lleva el peso, alrededor del cual basculan los demás.

Por último, hablemos de la música y de diseño de audiovisuales. Merecen, ambos, un apartado al margen. La historia se recrea a la perfección en gran parte gracias al arrope de estas dos disciplinas. Por un lado, en el diseño de audiovisuales, a cargo de Javier Patiño, queremos destacar la riqueza de elementos empleados en escena. Una pequeña cámara capta fotografías, objetos, pequeñas acciones, que se exponen, simultáneamente, en una gran pantalla. Hay arte. Hay trabajo de campo. Hay autenticidad en cada uno de los elementos elegidos que dotan a la obra de una suerte de organicidad, de artefacto vivo, pocas veces visto de este modo en lo teatral. Solo podemos dar nuestra enhorabuena, desde aquí, a este valioso trabajo que involucra a un montón de personas desde espacio escénico, a diseño de iluminación, vestuario, dirección, etcétera.

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Mención singular para José Luis Franco y Ass Sabar. Uno al piano, el otro a la percusión, respectivamente. «A nuestro deseo le hace falta la música sabia», decía Rimbaud.  La música es clave en el impulso de la obra. Potencia su aureola de irrealidad, de ensoñación, de delirio y es capaz de conmovernos. La mezcla de occidente y áfrica es palpable. Las notas del piano se funden con las percusiones, de modo eficaz, altamente sugestivo. No hay una sola pega al conjunto y el viaje es redondo. Prepárense para un final de esos que dejan impronta. Una obra que termina de la manera más bella que hemos podido ver en mucho tiempo, gracias, sin duda, a la parte, sabia, musical.

Nos quedamos con aquella reflexión de Conrad a propósito de que «no es necesaria la creencia en algún tipo de maldad humana pues los hombres, por sí solos, ya son capaces de cualquier maldad». Porque, sí, todos tenemos un corazón que alguna vez ha habitado o habitará también allí, en las espesura de las tinieblas.

 

EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS

PUNTUACIÓN: 5 CABALLOS

Se subirán a este caballo: Quienes acudan buscando un teatro fascinante repleto de emociones, ligazones. Además de un conmovedor relato clásico de la literatura.

Se bajarán de este caballo: No creemos que nadie con buen gusto se baje de este caballo.

***

FICHA ARTÍSTICA

Dramaturgia y dirección: Darío Facal

Reparto: Ernesto Arias, Ana Vide, Kc Harmsen, Rafa Delgado

Piano / músicas: Jose Luis Franco

Percusión / músicas: Ass Sabar

Diseño de iluminación: Manolo Ramírez

Espacio escénico: María de Prado

Espacio Sonoro: Room 603

Diseño de vestuario: Ana López

Espacio escénico: María de Prado

Diseño de audiovisuales: Javier L. Patiño

Asistente audiovisuales: Mario Alonso

Regiduría: Cristina Otero

Fotografía cartel: Álvaro Serrano / Patricia Fuertes

Diseño de cartel: Sonia Castillo

Prensa: Marian Gómez Campoy (MGC&CO.)

Jefe técnico: Álvaro Delgado

Directora de producción: Cristina Otero

Ayte. de dirección: Javier L. Patiño

Producción: Metatarso Producciones y Teatros del Canal

Reseña de @Efejotasuarez

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