EN LA ORILLA. “Asquerosamente” maravillosa.

Un cuerpo aparece en una laguna. Una mano asoma del agua. Algo putrefacto. Cerca de allí, varios hombres suelen ir a cazar. Aves, patos. Es lo de menos. Lo que importa es la camaradería y charlar y beber y soltar lastre, soltar adrenalina. Uno de esos hombres es Esteban cuyo padre, al que cuida, un anciano, rojo de toda la vida, parece haber perdido la memoria. Esteban no tiene buena cara. Hay demonios interiores. Lleva toda su existencia deslomándose en una carpintería de su pueblo, en Levante, pero está cansado, ha colapsado por dentro; sus ojos tienen un brillo a medio camino entre la agonía y la ambición. El hombre que busca infructuosamente en lo que debería ser almacén y es vertedero. ¿Por qué él no ha medrado como el resto de sus amigos con los que suele ir a cazar? ¿Por qué se siente un pusilánime? Este podría ser el sustrato de la obra «En la orilla», adaptación de la novela homónima de Rafael Chirbes que dirige y protagoniza Adolfo Fernández.

La obra, que lleva casi dos años de gira, tras su estreno en Madrid en el Centro Dramático Nacional, se enfrenta al peso de una novela aclamada por la crítica y valedora del premio Nacional de Narrativa en el año 2014. La adaptación no ha debido ser sencilla dado que la literatura siempre es reticente a la adaptación a otros formatos, pero debemos señalar que,  su salto al teatro, aparenta haber sido ejecutado con pértiga pues la altura del vuelo alcanzado la ha llevado a un lugar impecable.

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Chirbes dijo haberse inspirado en Galdós para aproximarse a «En la orilla». En su serie de «Episodios nacionales». Todo ese rastro, esa estela, esa impronta Galdosiana, irrumpe, en la  escritura de aquel, de forma bruñida y cristalina. «En la orilla» bien podría ser el reflejo de ese lenguaje que sabe captar, de modo instintivo, los quehaceres de la tribu (por no emplear el término de la manada),  que sabe captar su ecosistema, sus pulsiones, sus ademanes y acaba por exponerlos en forma de bodegón neorrealista. Lo pintoresco habita en lo cotidiano. En el «animal humano y su fisiología» que diría Chirbes.

Estamos ante un texto virtuoso, acerado, asquerosamente maravilloso o viceversa. La España que distinguimos en este lienzo es el reverso una España palpable, inconfundible. La España de quienes han medrado a base de marrulleros engaños, no la España de los pícaros de tiempos pasados sino de los neo pícaros, mucho más ladinos, que han cambiado la astucia por la codicia ramplona y descarada.  Por la  voracidad antes que el apetito. Los personajes de la obra son compendio de la realidad, de la moralidad de una época. Una época que no sabe ya nada de epopeyas pero lo sabe todo sobre «pelotazos», sobre el arte de trepar sin red. He ahí el maravilloso drama actual.

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Capturar esa «idea del mundo» que nos rodea y la substancia en la que germinan las identidades, las idiosincrasias o las mismas crisis de valores, ese, es el gran logro de Chirbes. «En la orilla», en su adaptación a la dramaturgia, sale gallarda, airosa, con creces. La obra teatral es capaz de alambicar todos estos parámetros y revelarlos sin perder ni una pizca de estética ni de ética. Es tierra de cieno, es sedimento fangoso, visceral y es, al mismo tiempo, incontestable relato capaz de elevarse y llevar al espectador al territorio, a menudo tan vedado, de las emociones. De lo sublime.

La historia engancha. Su poder turbador no solo obedece a la catenaria a la que está unida, la de un texto impecable, sino que tiene otros grandes aciertos en las poderosas interpretaciones. Aquí hay teatro. Y del bueno. Los actores y actrices que desfilan por la escena, representando a veces hasta tres papeles diferentes, se mueven con tal soltura que apabullan. No hay una sola interpretación que no entone en el conjunto. Todo está depurado con escrupuloso oficio y talento.

Chirbes lleva a los personajes de «En la orilla» al extremo opuesto de lo pudibundo, de lo beatífico. Queda apenas, en la mayoría de ellos y ellas, un reguero de candidez. Todos parecen haber sucumbido a una especie de torsión que implica el ir cumpliendo años, abandonando quijotismos, la torsión que implica el paso del tiempo. Sus conciencias están lejos de la pureza. En este mundo de «En la orilla» todo es necesariamente sucio, impune, descarnado y abusivo como para mirar la vida con modestia. Con honestidad. Pundonor, eso sí. La honestidad no sirve de nada en un mundo en el que huele a podrido a kilómetros a la redonda. O comes o te comen. O matas o te matan. O asciendes o eres un donnadie. El afecto se ha volatilizado ya. Nadie muestra piedad por nadie. Solo los personajes de un subsahariano que trabaja en la carpintería o Liliana, la chica Colombiana que cuida del padre de Esteban, parecen conservar cierta dosis de misericordia. Los demás, hasta aquellos que han muerto y regresan a la vida en forma de sueño, como Leonor, hacen declaraciones de intenciones inequívocas, del estilo: «solo sobreviven quienes consiguen creerse que son lo que no son».

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Estamos ante un perfil muy sórdido de identidades forjadas en la quintaesencia del clasismo, del aparentar. «Uno no es lo que come sino con quién come y dónde come», dice uno de los personajes. Misóginos, ellos;  fingidoras, ellas. Todos deambulan por la misma cuerda. Todos aprietan los nudos del mismo modo. Para seguir vivo hace falta una enorme dosis de idealismo o bien una gigantesca habilidad para el autoengaño. Este es el retrato de personajes que nos presenta «En la orilla».

El pulso de las interpretaciones es de magisterio. Nos gustan todas, sin excepción. Hay un trabajo de dirección igualmente intachable. Dentro del repertorio interpretativo, queremos destacar, particularmente, a Sonia Almarcha, Yoima Valdés y Marcial Álvarez.

Almarcha compone en escena hasta tres personajes siendo el de un joven marroquí y el de Leonor los principales. En este juego de intercambio de roles observamos su gran versatilidad. En escena puede ser soberbia, ingenua, elegante, sucia, volátil, flemática, pero, en todo caso, el denominador común es uno: su carisma.

Yoima Valdés, en su papel de cuidadora del padre de Esteban, se muestra entusiasta, arrebatada, vehemente, voluptuosamente carnal, generosa y emotiva en un papel nada sencillo que logra convertir en vigoroso demostrando un dominio total.

Marcial Álvarez se lleva la palma. Borda su perfil de hombre repugnantemente fascinante. Su duelo es consigo mismo al tener que moverse entre el exabrupto y la contención. Entre la furia y el autocontrol cínico de su ego. Su poderío reside en la sobrada pericia que observamos cuando armoniza un carácter que es el de un alma accidentada henchida de asco hacia sí mismo. Su vida es tierra quemada, y lo sabe, pero la ha barrido bajo la alfombra. Hombre desmesurado y atribulado que destripa las aves de caza. Figura paradigmática del conseguidor, del mamporrero, del que sabe a quién hay que llamar para hacerse con un volquete de putas o unos gramos de coca. Arquetipo de tantos y tantos donnadies que interpreta, de modo brillante, desde un realismo exuberante, arrollador.

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Esta versión teatral  de «En la orilla» es un hallazgo. Un sortilegio. Parece casi indudable que Adolfo Fernández y Ángel Solo se lleven el premio Max de teatro 2018 como mejor texto adaptado.

Tenemos, además, un planteamiento escenográfico indiscutiblemente eficaz de Emilio Valenzuela. La evocación de los cielos  o de otras imágenes que van sucediéndose, como la de los fusilados, es deliciosa. La iluminación, la música y el sonido así como el vestuario, funcionan sin histrionismos, encajan dentro de un conjunto muy bien pensado e hilvanado. Convincente de principio a fin y sin hendiduras.

El Chirbes heredero y fiel admirador de Galdós, de Clarín, de Max Aub se hace ostensible en las tablas. Su visión del mundo, su realismo apremiante, su integridad sin moralinas, su misantropía palpitante; todos presentes, sus signos. Los signos del hombre que decía que «es la ideología la que pone los adjetivos», del escritor que hacía decir a sus personajes que «a la gente le da todo igual; mientras no le tiren la basura del otro lado de la tapia, ni le llegue el olor de podredumbre a la terraza, se puede hundir el mundo en mierda». Y mientras el mundo se hunde en mierda, sí, que duda cabe, nosotros nos congratulamos con que Chirbes haya llegado hasta la orilla de un teatro necesitado de historias tan bien escritas, de tigres de Bengala como él, que, deseamos, no se extingan jamás.

 

EN LA ORILLA

PUNTUACIÓN: 5 CABALLOS

Se subirán a este caballo: Quienes busquen teatro de calidad con un texto y unas interpretaciones intachables.

Se bajarán de este caballo: No vemos a nadie apeándose de este corcel.

***

Ficha Artística

Rafael Chirbes (Texto)

Adolfo Fernández y Ángel Solo (Adaptación)

Adolfo Fernández (Dirección)

Intérpretes: Sonia Almarcha, Marcial Álvarez, Rafael Calatayud, Adolfo Fernández, Mariano Llorente, Ángel Solo, Yoima Valdés

Emilio Valenzuela (Escenografía), Pedro Yagüe (Iluminación), Miguel Gil Ruiz (Música y sonido), Blanca Añón (Vestuario), Sergio Parra (Fotos)

Coproducción Centro Dramático Nacional, K Producciones, La Pavana/Diputación de Valencia y Emilia Yagüe Producciones

Reseña de @EfejotaSuarez

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