1984. Empequeñecido Gran Hermano

En un mundo controlado por el Big Brother, el Gran hermano, el ojo que todo lo ve y todo lo controla, vive un hombre llamado Winston Smith cuyo trabajo diario, en el Ministerio de la Verdad, consiste en cambiar los hechos del pasado, manipular titulares y recuerdos para tener amedrentada y a raya a toda la población (un presagio de los profesionales actuales dedicados a las fake news). En medio de este clima insoportable del «allá donde fueres haz lo que vieres» elevado a la máxima potencia, Winston tiene tiempo de enamorarse y de entrar, junto a su chica, en una organización clandestina cuyo objetivo parece ser querer derrocar el régimen totalitario del Gran Hermano.

Esta podría ser la sinopsis de la obra «1984» que en su adaptación la escena, hemos podido ver en el Teatro Galileo.

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Convertida en superventas en Estados Unidos, en los primeros meses de entrada al poder de Donald Trump, 1984 sigue siendo un jalón bien visible para quienes desean aproximarse a una historiada y visionaria versión de lo que, desde el pasado, se podía asumir que podría llegar a ser el futuro. Claro referente de distopías literarias y cinematográficas, centinela de las actuales «Black Mirror» y sucedáneas, por la novela de George Orwell parece que no pasasen los años o al menos, supiese envejecer con verdadero donaire.

La propuesta que Javier Sánchez-Collado y Carlos Martínez-Abarca hacen de la obra de Orwell, en su adaptación al teatro, resulta precisa, trabajada y apegada al original, a la novela. En la obra concurren elementos suficientes para que, de entrada, tenga atractivo pero quizá hiciese falta apartarse algo más del original y haber incorporado elementos más actuales para ponderarla.

La primera parte de la obra resiste el visionado. El despliegue de la constelación Orwelliana es evidente. Pantallas de televisión, cámaras, todo el aparataje del Big Brother, todo el ruido y la furia de los mantras «Guerra es Paz, Libertad es Esclavitud, Ignorancia es Fuerza», repetidos hasta convertirlos en cutícula, en células. Todo el miedo interiorizado, la disciplina de una existencia hiperracionaizada e hipercalculada milimétricamente.

Tales elementos están sobre el escenario y contribuyen a la hora de dotar a la historia de cierto halo de extrañamiento, de esa aureola de lo furtivo, de lo subrepticio. Es en esa primera parte de presentación de contexto y de personajes donde todavía no chirrían demasiado. Podemos sumar, a este apartado, lo irregular y desigual de las interpretaciones desde el comienzo. El personaje que dibuja Alberto Berzal, interpretando al protagonista absoluto de la pieza, Winston Smith, no acaba de convencernos. Es cierto que entrega en escena un trabajo esforzado y afanoso, pero no termina de transmitir o irradiar algo más que una mezcla entre miedo y torpeza con la que quiere investir al personaje. Nos faltan matices. Incluso a veces a su personaje pareciera sobrarle una buena dosis de ingenuidad.

Queremos destacar otra de las interpretaciones, sobre las demás, por su atinado acercamiento a los diferentes personajes por los que transita. Hablamos del actor José Luis Santar. El actor representa varios papeles secundarios y debemos señalar que es quién más nos ha transmitido, especialmente en su papel del mezquino señor Charington en la tienda de antigüedades. Creemos que logra conducirnos  a ese territorio tan abrupto donde viven los proles,  a esa sociedad tan pusilánime y ladina en la que habitan policías del pensamiento.

El intervalo de la obra que destaca por su efectividad y su acertado pulso, a medio camino entre Orwell y Dickens, es el de aquellas escenas que ocurren en la tienda de antigüedades y en la habitación que el viejo Charrington alquila a Smith para sus encuentros clandestinos. Esas escenas poseen cierto magnetismo, cierta capacidad de evocación y nos adentran en la obra, en sus pliegues.

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Con todo, lo malo está por llegar. La segunda y última parte de la representación, una vez que el protagonista es detenido, rompe con cualquier hallazgo anterior y debilita la propuesta en términos generales. Por un lado, dada su extensión.

El cautiverio y torturas de Smith se alargan innecesariamente. Una cosa es que literariamente pueda encontrársele sentido a la trama pero en su adaptación a la dramaturgia creemos que se desmorona, claramente, el conjunto edificado. Es tal la reiteración y la prodigalidad de la misma soflama (dos más dos es igual a cinco) que la narración pierde fuerza, se deshilacha inexorablemente.

Llegados al punto en el que por tercera vez se le dan descargas a Smith, uno se pregunta cuánto tiempo queda para que la obra termine y ese es, sin lugar a dudas, un preocupante síntoma.

Todo el cuadro que va desde que el protagonista es detenido y hasta el final de la pieza,  el ritmo se hace dilatado, reiterativo e incluso diríamos que tedioso.

Orwell fue un visionario en su modo de percibir el futuro como un espacio para la distopía, por hacernos entender que tener el poder se basa en infligir dolor y humillación, por señalarnos que no hay ningún delito, ninguno, que no pueda ser tolerado cuando lo comete nuestro lado o que el lenguaje político está diseñado para darle apariencia de solidez al mero viento.

El problema de esta adaptación teatral de «1984» reside en su apuesta por el, poco arriesgado, más de lo mismo, en su oblicua mirada a la actualidad, al presente, y en un necesario mayor trabajo del ritmo y de la tijera al texto a partir de la mitad de la pieza. Por desgracia, como el propio Orwell decía: «ver lo que tenemos delante de nuestras narices requiere una lucha constante».

 

1984

PUNTUACIÓN: 2 CABALLOS

Se subirán a este caballo: Quienes sean muy seguidores del clásico Orwelliano y de las distopías.

Se bajarán de este caballo: Quienes esperen una actualización sobre el sustrato de la novela de Orwell.

FICHA ARTÍSTICA:

Autor: George Orwell

Versión: Javier Sánchez-Collado y Carlos Martínez-Abarca

Dirección: Carlos Martínez-Abarca

Reparto: Alberto Berzal, Luis Rallo, José Luis Santar y Cristina Arranz

Espacio escénico e iluminación: Javier Ruiz de Alegría

Vídeoescena: David Blanco

Diseño de sonido: Eduardo Ruiz

Vestuario: Paradoja Teatro

Ambientación de vestuario: María Calderón

Producción ejecutiva: Javier Sánchez-Collado

Adjunto a la dirección: David Lázaro

Comunicación: Arte GB

Distribución: SEDA

 

Reseña de @EfejotaSuarez

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