CRONOLOGÍA DE LAS BESTIAS. El dramaturgo como trilero

Once años después de haber estado desaparecido, un hijo parece regresar a casa de la manera más inesperada convertido en un joven de 23 años. La madre, que no contaba con ninguna explicación de la desaparición de su hijo, trata de buscar una explicación lógica a esa cronología del primogénito desaparecido. También lo harán, junto a ella, su hermana (tía del joven) y el hijo de esta (primo del chico) además de un cura de la localidad en la que viven. Ese desconcierto de la reaparición del muchacho pondrá a toda la familia y a toda la comunidad sobre la pista de querer indagar y conocer qué había detrás de esa larga ausencia.

Esta podría ser la sinopsis de la obra «Cronología de las bestias» que hemos podido ver en la sala principal del Teatro Español, escrita y dirigida por el dramaturgo argentino Lautaro Perotti.

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La obra presenta, en su escritura, un esquema de saltos en el tiempo con los que el público irá aclimatándose, poco a poco. La idea es plantear una situación que, al final, termina por ser otra y jugar, en cierto modo, a la escalonada revelación de la trama. En «Cronología de las bestias» nada es lo que parece y ese es su mayor mérito y, reconozcámoslo, también su mayor riesgo.

La historia, al principio, avanza sin resultarnos muy esforzada: el regreso, casi mágico y desde luego sorpresivo, de un hijo a un hogar que parecía roto por su ambigua pérdida. El regreso de un niño, transformado en adulto, que se muestra receloso. La familia que debe ganárselo de nuevo pero que tiene, también, muchas preguntas sin resolver. La conciliación de ambos aspectos en una urdimbre insostenible. Se nos van confiando detalles de la relación madre e hijo. Una relación que parecía no estar muy apuntalada pues el desapego y la culpa, tras once años de desaparición, marcarán el ritmo de la convivencia. En el hogar familiar pasan muchas horas, también, la tía del chico recién reaparecido, y su hijo, primo del muchacho; papeles interpretados por Pilar Castro y Santi Marín, respectivamente. Ambos personajes transitan por la casa como esbirros de una madre, que interpreta Carmen Machi, cuyo poder  familiar es omnímodo.

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El cura del pueblo aparece por el domicilio, de cuando en cuando, a modo de corrumpente subsidiario, en un rol que resulta extraño pues es el que esperaríamos más en un detective o en un bonachón agente de la ley. La religión inmiscuida en lo comunitario y en lo familiar, como loba con piel de cordero, se concreta en la pieza en asunto en torno al que reflexionar.

La pieza podría acabar sustanciándose en alegato sobre los dobles vínculos familiares, o en alegato sobre las contradicciones de los apegos humanos y la fragilidad de los vínculos pero, craso error, uno debe esperar al final para la fumata blanca. Dadas las coordenadas de la obra, que no debemos revelar, sí podemos decir que «Cronología de las bestias» no es una historia sobre el apego y el vínculo sino sobre el reverso emponzoñado de la condición humana.

Aquí el capítulo del vínculo está escrito con renglones bien torcidos. La figura de la madre se acerca más a la de Medea que a la de cualquier otro perfil reparador y bondadoso. Nos quedamos, eso sí, con muchos, demasiados, cabos sueltos. Entre ellos, lo inespecífico de la aparición de un taller clandestino en la trama: toda una intrahistoria sin completar, repleta de lagunas que dejará a más de un/a espectador/a con cara de póker. También nos planteamos algunas incoherencias que atraviesan el relato y lo neutralizan: ¿Cómo es posible que una madre no explore más en la naturaleza de su hijo recién llegado? ¿Cómo es posible que, tras reencontrarse con el hijo reaparecido, la madre, la lista de la familia, no se muestre más contumaz a la hora de exhortar al hijo desde el extrañamiento y la perplejidad? Quizá ello obedezca a fallas del propio texto, muy trabajado para el efectismo y el encaje de las piezas pero un tanto despreocupado por la honradez y la integridad de los detalles.

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En el capítulo interpretativo tenemos a una Carmen Machi con pulso firme, en franco acierto con su papel de madre corrompida desde el interior. Hay momentos de trabajo profundo y cavilado pero también hay momentos de ademanes desatados y desquiciados que acercan su personaje al despeñadero de lo ininteligiblemente cómico si lo contextualizamos dentro de un drama que parece tener hechuras de dimensión trágica.

Pilar Castro, que interpreta el papel de la tía del muchacho que regresa, aborda la personalidad de una mujer de segundo plano, de una mujer que siempre ha sacado las castañas del fuego a los demás pero a la que no parece habérsele reconocido jamás tal mérito. Es más, aquí comparece como la hermana tonta, la hermana disminuida intelectualmente, poblada de afectos, de piedades, de bonhomía; la mujer que, al final, se revelará conocedora silente del drama. Una de esas personas que cumplen a rajatabla con el «ver, oír y callar», con todo lo que ello implica, hasta que contravienen el último mandato y abren la boca. La actriz cumple con soltura.

El primo del muchacho, interpretado por Santi Marín, deviene en ejemplar envenenado, en hombre de la casa por méritos propios; en macho alfa ejecutor. Capta bien el tono de un personaje casi indolente y bastante mezquino y logra hacer el retrato del que finge y mira para otro lado como estrategia de supervivencia.

El cura, interpretado por Jorge Kent, no destaca por un papel protagónico pero deja una estela más que decente en su paso por el vórtice del drama. Logra ponerse en la piel de un cura conciliador y persona non grata al mismo tiempo.

Por último, el papel del hijo reaparecido queda en manos de Patrick Criado. Su papel es, quizá, el mejor perfilado, a medio camino entre hijo y no hijo, entre recién llegado y forastero que desea salir corriendo. Nos parece que demuestra buen obrar y se presenta verosímil, sin artimañas, sin trampas, lo cual es de agradecer pues, en el fondo, la historia, la trama, tiene mucho de engañosa.

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«Cronología de las bestias» nos ha hecho pensar en aquello que Hitchcock contaba a François Truffaut sobre el arte del «MacGuffin» en el libro «El cine según Hitchcock». El autor francés preguntaba sobre qué significado tenía esa palabra y Hitchcock respondía lo siguiente:

«La palabra procede de esta historia: van dos hombres en un tren y uno de ellos le dice al otro: ¿Qué es ese paquete que hay en el maletero que tiene sobre su cabeza? El otro contesta: Ah, eso es un McGuffin. El primero insiste. ¿Qué es un McGuffin? Y su compañero de viaje le dice: Es un aparato para cazar leones en Escocia. Pero si en Escocia  no hay leones, le suelta el primer hombre. Entonces eso de ahí no es un MacGuffin, responde el otro».

Nos preguntamos, hasta qué punto la aparición del hijo, eje central de la trama, no termina por convertirse en un taimado «MacGuffin» que se prolonga hasta bien entradas las tres cuartas partes de la historia. Hasta qué punto no está, ahí, solo para hacer avanzar a los personajes pero, en realidad, no tiene la suficiente entidad en la trama.

Es posible que la reaparición del hijo ausente solo sea un ardid muy bien planificado, un dedo apuntando al sol para que el público termine mirando al dedo (un paquete en el maletero de un tren que no pinta nada, que diría Hitchcock).

«Cronología de las bestias» termina, pues, proyectándose, como en un juego de trileros, hacia otra dirección, más cercana a la peligrosa y deshumanizante depravación humana. No obstante, sea como fuere, el público siempre acaba adivinando dónde estaba la bolita. O lo que es lo mismo: dónde estaba la trampa.

 

CRONOLOGÍA DE LAS BESTIAS

PUNTUACIÓN: 2 CABALLOS Y UN PONI

Se subirán a este caballo: Quienes acepten un relato, en cierto modo, tramposo y gusten de adivinar dónde está la bolita.

Se bajarán de este caballo: Quienes  busquen coherencia interna, dentro de una trama, desde el principio hasta el final.

 

FICHA ARTÍSTICA

Autoría y dirección: Lautaro Perotti.

Intérpretes: Carmen Machi, Pilar Castro, Santi Marín, Patrick Criado, Jorge Kent
Escenografía: Mónica Borromello  
Iluminación: Carmen Martínez
Vestuario: Sara S. de la Morena
Fotografías: Javier Naval 

Espacio Sonoro: Sandra Vicente
Ayte. Dirección: José Luis Huertas
Auxiliar de dirección: Paola Camargo         
Jefa de producción: Nadia Corral

Dirección de Producción: Josep Domènech
Ayte. de producción: Raquel Valencia
Realización de escenografía: Mambo Decorados
Ayte. de escenografía: Paola de Diego

Una Producción de Octubre Producciones, Teatre Lliure y Teatro Español.

Reseña de @EfejotaSuarez

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