PUNTOS SUSPENSIVOS. La intimidad de los extraños.

Dos hermanas esperan en la sala de espera de un hospital en el que su madre ha ingresado tras una nueva tentativa de suicidio. En la sala se topan con otra mujer que también espera, en este caso a su marido. La trama se sostiene en torno a la intimidad que se genera con esa extraña vecina de sala de espera y en torno a los cabos sueltos familiares que ambas hermanas han de ir amarrando en esas horas de tiempo muerto en el hospital.

Esta podría ser la sinopsis de la obra «Puntos suspensivos» que hemos podido ver en la sala 4 de los Teatros Luchana, con texto y dirección de Esther Santos Tello.

Decía Robert Graves que los seres humanos somos diferentes en una cosa a los animales: nosotros somos la única especie que mira a las estrellas, al sol, a la luna. La única criatura que levanta la vista del suelo quizá por ser consciente de su dimensión diminuta frente al cosmos, el universo. Quizá porque somos sabedores del absurdo, del sinsentido. Este carácter humano se observa también en nuestra apuesta por el amor, por atar los cabos sueltos, por la búsqueda de una intimidad que nos repare, que nos proteja frente a lo indecible, frente a la muerte.

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Las tres mujeres de «Puntos suspensivos» transitan por esta senda. Tres criaturas tan acostumbradas a tener que mirar al suelo que pisan que quizá se hayan olvidado de levantar la vista al cielo. La obra pone su foco en la búsqueda de la humanidad dentro de la deshumanización que, per se, contiene un espacio tan sociófugo como un hospital; la deshumanización que contiene también el sufrimiento, el dolor, la incertidumbre de dar tiempo al tiempo para que el equipo médico informe y contar con un resultado.

Veremos como, al margen de los lazos familiares entre dos hermanas alejadas por la vida y reencontradas de nuevo gracias a la figura de la madre, en la pieza se nos aproxima a esa realidad que supone alcanzar un alto nivel de intimidad con los extraños. En este caso, la extraña es una mujer, que se encuentra en la sala de espera, aguardando a recibir noticias de la evolución del estado de su marido. La intimidad llega de la manera más indiscreta pues las dos hermanas escuchan una serie de  particulares y sui generis conversaciones telefónicas de esta mujer.

El planteamiento de la pieza es sencillo y destaca por su tono hipernaturalista, costumbrista; el tono consigue captar un aura de naturalidad y de espontaneidad muy razonables que logran que la propuesta se transforme en un melodrama honesto, sin grandes aspavientos. Quizá este exceso de infra significación  también sea una de sus debilidades. Echamos en falta un juego escenográfico que la arrope más pues su desnudez es hasta cierto punto temeraria. La ambientación se concentra solamente en unas sillas que hacen de sala de espera sobre un fondo neutro y unas cuantas voces en off que simulan ambiente hospitalario. Comprendemos la lógica de la imaginería: todo está centrado en las tres mujeres y sus relatos pero el teatro, a menudo, también necesita de cierto poder de evocación a través de las músicas, las imágenes, la tecnología.

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La fortaleza de la obra recae en las interpretaciones, desiguales, pero esforzadas. Destacamos la naturalidad por encima de todo. No es sencillo decir un texto tan naturalista con facilidad, sin impostar. Hablar como se habla en la calle, en una sala de espera, recrear esa atmósfera. Nos parece bien traída a la escena esa honestidad y destacamos sobremanera las actuaciones de Ana Roche y Lucina Gil que empastan con sinceridad, con franqueza en gran parte de la obra. Rosa Torres se nos presenta en cierto modo sobrecargada con un tono que la hace monocorde, su manera de contar el relato arrastra pocos matices y una suerte de gestualidad y nasalidad en exceso pusilánime desde el principio al final.

Si algo se ha sabido absorber en «Puntos suspensivos» es la naturalidad de lo cotidiano; la metáfora de la vida como una sala de espera en la que todos estamos haciendo tiempo, hablando de lo divino y de lo humano, ese lugar donde también tratamos de exorcizar nuestros pequeños demonios de los lazos familiares. La espontaneidad mostrada, aquí, sin intermediarios directamente al público. Un teatro libre, alejado de lo ampuloso y de lo experimental, de la verborrea de la intriga, quizá falto, a conciencia, de una poética que provoque un mayor rapto en el espectador. Una historia desprovista de sensacionalismos y rápida, sencilla. He ahí su mayor virtud y, al mismo tiempo, su mayor lance.

 

PUNTOS SUSPENSIVOS

PUNTUACIÓN: 2 CABALLOS Y UN PONI

Se subirán a este caballo: Quienes busquen historias cotidianas y familiares, del estilo «esto podría pasarle a usted».

Se bajarán de este caballo: Quienes acudan buscando dramaturgia con vuelo poético.

***

FICHA ARTÍSTICA

Dirección y dramaturgia: Esther Santos
Reparto: Lucina Gil (Violeta) / Ana Roche (Sofía) / Rosa Torres (Mara)
Ayudante de dirección: José Carlos Valencia
Diseño de luces y sonido: Estudio Acto Primero
Fotografía: Federico Sendra y Alfonso Bernabeu
Coproducción: Compañía Entre Líneas y Vania Producciones
Patrocinado: Kunlabori
Ejecutiva: Vania Producciones
Comunicación: Socialmedia: Ka Penichet
Cartel: Estudio Acto Primero
Maquillaje y Peluquería: Debora Rodríguez Valencia

 

Una crítica de @EfejotaSuarez

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