PRIMER AMOR. Detritus existencial

Un hombre yace semidesnudo sobre una suerte de banco/catafalco arropado por una luz blanquecina que llega desde lo alto. Al poco tiempo, el hombre se levanta y comienza su monólogo. Un monólogo que se prolongará en torno a una hora y diez minutos y que tiene como sustrato hablarnos del que fue su primer amor.

Este es el resumen de la obra «Primer amor» que hemos podido ver en la sala Francisco Nieva del Centro Dramático Nacional.

Texto de Samuel Beckett, traducción de Anna Soler y versión de Sanchis Sinisterra. La obra está protagonizada por el actor Pere Arquillué.

 

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Estamos ante una obra árida. Desnuda. Debemos ser conscientes de la autoría a la que nos enfrentamos. Beckett no es apto para todos los públicos. Su obra más representada, «Esperando a Godot» probablemente posea otros artefactos que no posee «Primer amor» pues, en esta última, hay un uso muy consciente del lenguaje al estilo callejón sin salida. El texto es un claro ejemplo de la zozobra, de la insignificancia narrativa que pretendía Beckett; una acción despojada de toda intriga, vaciada, lacia. El teatro posdramático, que diría Lehmann. El lenguaje en «Primer amor» es ya, para el autor irlandés, escollo, impedimento.

La pieza cumple el objetivo, probablemente, del dramaturgo: llevarnos a su territorio yermo e inconcluso, a su agonizante imaginario de las relaciones humanas. Su mirada está psicoanalizada hasta el extremo como continuidad de la terapia que él realizó durante años llevada, no cabe duda, también a su escritura. Nos preguntamos hasta qué punto no estamos, en «Primer amor», ante una sesión clínica, ante un paciente soltando su libre pensar frente a un público que, a la manera de un psicoanalista ortodoxo de manual, solo mira, solo escucha desde el otro lado del diván.

La obra deviene en lejana, en ejercicio del desasosiego que marcó toda la existencia del Premio Nobel. Ninguna de sus obras escapa a esa filigrana. Decía el propio Beckett que buena parte de su vida se la pasó desenterrando escombros de lo que había vivido y vomitándolos una y otra vez. Solo hay que mirar sus obras con ojos de arqueólogo para percatarse de la dolorosa autoconciencia del autor.

Como paradigma de lo baldío, del juego arduo para sobrellevar sus propios síntomas, como experimento con el lenguaje abisal, la representación del vacío, y el monologo acercándose a los confines de uno mismo, «Primer amor» enfrenta al actor a un desafío descomunal: ser capaz de poner toda su pasión en un texto intencionadamente desapasionado sin conducir a los espectadores hasta los umbrales  de lo tedioso. ¿Cómo se vertebra una actuación desde ese encaje de bolillos dramatúrgico e interpretativo?

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Pere Arquillué sitúa a su personaje sobre la marca en el suelo en la que bien podría situarse también el Mersault de Camus, el Leopold Bloom del «Ulises» de Joyce o incluso, por qué no, el Holden Caulfield de J. D. Salinger. Personajes, todos ellos,  a los que nos  les quedó más remedio que oír sus diálogos internos y salir a la superficie narrando, como catarsis, para no morir ahogados en una acumulación de voraces historias internas.

Su posición es difícil y, pese a todo, el actor defiende el papel con gran solvencia apoyándose en una perfecta dicción, un verbo afinado y una construcción del personaje poderosamente consciente de su nadería, de su futilidad así como de una trama reducida a veleidades. Logra imprimir al personaje un estado falsamente estático,  esa inmovilidad tan propia de los personajes de Beckett, reconociblemente afligido, desequilibrado y torturado por sus flaquezas. Un personaje que, como el gato de Schrödinger, bien puede estar muerto, bien puede estar vivo.

La propuesta se presenta prudente, adusta, tan desabrigada de cualquier ornamento que entendemos que el propósito de la dramaturgia y la puesta en escena pasa por mostrar esa cualidad Beckettiana del vacío. No hay miedo al horror vacui. Todo lo contrario. La vacuidad se consiente como espacio escénico. El discurso no es poderoso, narrativamente hablando, y la apelación a lo discursivo no consigue mantener en pie una idea tan desnuda. La evocación de la relación del personaje con la prostituta, que fue su primer amor, no acaba de enganchar, no termina de ser un relato sugerente. Hay algo de relato a la intemperie.

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Por mucho que el actor intente y demuestre, vaya por delante, que sabe y que puede, el texto, con su pesadez por todo, su misantropía, con su arbitrariedad milimetrada, transmite letargo antes que melancolía, nostalgia o desolación. Toda la lucidez del absurdo está en Beckett pero a este «Primer amor» le falta poesía. No es fácil sacarle carne a un hueso completamente pelado.

Pere Arquillué es un Sísifo arrastrando una roca tan grande que el esfuerzo es palpable. Por esta misma razón, precisamente, la obra de Samuel Beckett no asustará a quienes acudan buscando ese alejamiento del mundo; a quienes vayan buscando a un ser aquejado de existencialismo como enfermedad incurable. Una suerte para toda persona que busque la mendicidad de las palabras, lo prístino de un lenguaje casi recalcitrante que ya ha dejado de ser lenguaje. La agonía infinita de los signos que no dejan de remolcarnos hacia donde ya no hay absolutamente nada. Porque todo es eso: nada.

Nadie pone en duda la altura narrativa de Samuel Beckett pero sí se advierte, aquí, que la propuesta de «Primer amor» es árida, viscosa; una montaña de palabras que son detritus y que no encierran dramatismo ni conflicto alguno. Un relato con ribetes solipsistas que solo constata aquello que el autor comentaba a menudo: «No existe pasión más poderosa que la pasión de la pereza». En este punto, debemos reconocerle  a  «Primer amor»  el mérito de lograrlo, con creces, al convertirse en una eficaz y penetrante oda a la pereza más inane.

 

PRIMER AMOR

 

PUNTUACIÓN:  2 CABALLOS

Se subirán a este caballo: Quienes vayan buscando la sequedad, la desnudez y el nihilismo de la palabra de Samuel Beckett.

Se bajarán de este caballo: Quienes busquen altura de vuelo poético y un teatro rico en matices.

***

FICHA ARTÍSTICA

Autor: Samuel Beckett

Versión: José Sanchis Sinisterra

Traducción: Anna Soler

Concepto: Pere Arquillué

Creación a partir de una idea original de Moisés Maicas y Pere Arquillué: Miquel Górriz y Álex Ollé.

Iluminación: Jaime Ventura

Espacio sonoro: Josep Sanou

Movimiento: Eva Roig

Producción ejecutiva: Anna Rius

Coproducción: Bitò Produccions, Grec 2010 Festival de Barcelona, Chekhov International Theatre Festival de Moscou, Velvet Events y Mola Produccions

Con la colaboración de Centre d’Arts Escèniques de Terrassa

 

Reseña de @EfejotaSuarez

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